El poeta Edwin Agustín Lozada
La poesía filipina en español continúa manifestándose

Manuel García Castellón
University of New Orleans


Un barco cargado de sueños anónimos
¿hasta dónde llegará?
E. A. Lozada

Bien sabido es que la literatura filipina en español periclita paulatinamente hacia mediados de los 60, más coronada que ultimada con la ilustre figura de Manuel Bernabé. Sin embargo, han de reconocerse y justipreciarse tardíos intentos personales de continuar el ciclo, tales como Federico Espino Licsi en la misma Filipinas, Edmundo Farolán desde su exilio canadiense y, muy últimamente, Edwin Agustín Lozada, quien versifica en español desde San Francisco de California.

Edwin Agustín Lozada, nació en San Fernando de La Unión, Filipinas, en 1958. Dejó el país natal a los diez años, emigrando con su familia a Estados Unidos. En San Francisco State University cursó su licenciatura en español y estudios de música, obteniendo asimismo su certificado de aptitud docente. Pasó en Madrid el curso 1980-81, ampliando estudios de Cultura y Civilización hispánicas en la Universidad Complutense. Recibió una beca de la San Francisco Individual Artist Commission en 2001, año también en el que publicaba su primer poemario en español, Sueños anónimos. En 2003 le seguía otro libro, Bosquejos. Ambos le fueron editados por la Carayan Press (www.carayanpress.com) con texto bilingüe español-inglés. La traducción inglesa es recreación del mismo autor.

Sueños anónimos/Anonymous Dreams está marcado, en sus inicios, por una nostalgia elegíaca por la pérdida de un ser íntimamente sentido: “Éramos inseparables / aun cuando no estabas”(15). “Te busco en la inmensa mar de tu silencio. ¡Qué extraño! ¿Habrás cambiado de nombre?” (35). Tristemente evocadora es la composición “En un café,” donde el poeta reconoce que, “indefenso,” cae “en el abismo del recuerdo” (55). Y es que el recuerdo tiene vida propia, independiente de toda contingencia física: “Se irá todo / cuando cierre los ojos y me secuestre el sueño./ Se irá todo, menos tu recuerdo constante” (141).

El mal de ausencia y la soledad se compensan con la exultación ante la naturaleza, con la cual el poeta se identifica de manera ya romántica, ya panteísta, ya hilozoica. En un feliz símil de fusión con el elemento, el poeta dice al ser amado: “De repente / estoy nadando liberado / en el océano vasto, eterno y apasionado de tu beso” (91). El cielo estrellado es parte de su propio interior: “Alzo la mirada y se me revela el júbilo de los cielos ... Te definen los astros y la luna” (185). Con visos de filósofo oriental avisa parenéticamente: “Sabes que perteneces a un orden natural y universal, / estar seguro sin pensar ni preguntar nada / ... buscas dentro de tu ser y hallas la estrella interior que te está esperando con fuerza infinita” (187).

La libertad en la composición es casi total a lo largo del poemario, pero hay concesiones a la forma tradicional en el soneto alejandrino “El mantón,” canto a la regia prenda de flecos que, procedente de China y vía Manila, a partir del siglo XIX se convierte en atuendo típico de Andalucía y Madrid. Casi formal es también algún que otro romancillo. En otro orden de formalidades, hay un recurso al caligrama en los versos simétricos de “Inquietud,” que a nuestro parecer también ofrece un eco orientalista de hai-ku.

La música es una referencia frecuente. Hay alusiones al flamenco (“Tiento,” 11), a la terminología musical (vg. “Preludio,” ”staccatissimo,” “subito forte” (23); y así también al vals, a la fuga, al cha cha cha, a la cueca chilena... En los versos a la cueca chilena, el poeta-músico capta y transmite el son del ritmo criollo. A tal respecto, Chile es el país que el poeta ha recorrido físicamente buscando el espíritu de Pablo Neruda, sin duda una de las mayores inspiraciones de Lozada en cuanto al sentido de comunión telúrico-cósmica. También es posible que deba a Neruda cierta intertextualidad en la composición “Pimiento,” evocadora de las Odas elementales del Nobel chileno.

Al final del primero de sus volúmenes, Lozada da una traducción personal del célebre “Último adiós” de José Rizal, la cual por fortuna se realiza sin los intentos de metrificación inglesa que, por parte de otros traductores, tanto han desvirtuado su original espíritu esproncediano. También inspirado por la tragedia de Rizal, Lozada escribe la larga alocución “Treinta de diciembre de 1896,” donde invoca al héroe filipino para confirmarle el eterno compromiso de la poesía con la libertad y la dignidad humanas.

En el segundo libro, Bosquejos/Sketches, nos parece que la voz del poeta se ha afinado en su intimidad, cual se ve en los hermosos poemas finales cual “In memoriam,” “Para siempre,” “Por el campo,” "El viaje.” Éste último, de tono nuevamente elegíaco, es un ritornello a la temática inicial de Sueños anónimos, cual un corazón que vuelve a su intimidad. Aquí ciertamente se da un paso más en la expresión castellana, que fluye con toda propiedad, incorporándose bellas cadencias y ritmos internos. Hay rimas asonantes que dan cuenta de la familiaridad del autor con la versificación tradicional, quizá a través de la lectura de los poetas hispano-filipinos. La conexión con España, vieja Madre Patria de la Filipinas hispánica, surge aquí en el apartado “Canciones andaluzas,” donde se homenajea a Lorca con ecos que ciertamente remiten al sentir flamenco y lorquiano (i.e., “Siguiriyas” 55).

En Bosquejos, una vez más, música y poesía se dan la mano, incluso explícitamente, cuando el poeta afirma la interconexión de las artes y que vivir sin ellas haría intolerable la existencia. La poesía es aquí alabada como “divina,” y Dios mismo es el supremo poeta en “Y así nació la poesía” (15). No falta aquí tampoco la vena oriental en el sentido feliz y lúdico de la naturaleza (65), así como la cariñosa evocación de los cuentos de la abuela Margarita, transmisora de la magia del mundo ancestral filipino (76).

Edwin Agustin Lozada, en sus dos poemarios, ha ofrecido una obra plena de lirismo, intimismo elegíaco, sentido cósmico del ser. Debe seguir cultivando su arte. Su “barco cargado de sueños anónimos” debe conducirle al puerto donde éstos se descargan, es decir, donde se expresan o transmutan en sublime decir, cada vez más trabajado y cincelado. Su lengua poética, en castizo castellano, sabe nutrirse admirablemente de los símiles de la naturaleza. En esto, el poeta le presta al castellano una recóndita y delicada nota oriental, lo que de verdad confiere a su espíritu la calidad de “poeta fil-hispano” o hispano-filipino, como se quiera. Convenimos, pues, con Guillermo Gómez Rivera, miembro de la Academia Filipina de la Lengua, que Lozada se une a la misma tradición literaria que diera a Rizal y Recto y, en definitiva, a todo lo que define a Filipinas en su grandeza como nación de estirpe hispánica.



Obras citadas:

Lozada, Edwin Agustín. Sueños anónimos / Anonymous Dreams.
San Francisco: Carayan Press, 2001.
—.Bosquejos / Sketches. San Francisco: Carayan Press, 2003.


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Tomo X, no.2,
Otoño 2006

Director: Edmundo Farolán



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