El diario de Frankie Aguinaldo
(fragmentos)
Edmundo Farolán


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¿Qué es un bohemio? ¿Soy un bohemio? ¿Es verdad que los bohemios dicen que la vida es una tragedia? El médico español me puso una inyección. Pero, diablos, ¡qué grandes son las agujas de aquí, qué mala experiencia! Salgo ahora a dar un paseo por el parque. Me pondré ropa decente, a pesar de mi barba sin afeitar.

Los resultados de los exámenes universitarios salieron. ¡Pasé! Aprobado. La atmósfera de la creatividad. Uno puede crear a su propia manera, pero nadie puede crear realmente. Recuerdo al escritor J. D. Salinger, cuando hablaba de “la señora gorda”.



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Entonces sirvieron el té. Él no podía olvidarse. Se encontraba en un pueblo donde todo el silencio se había vuelto en una cierta clase de pérdida que se reconstruyó en una esperanza, un sueño:

—Volví a casa ese día. El vuelo duró veinte horas. Llegué. Manila se parecía a la que dejara veinte años atrás. Una Manila callada. Pensé en cómo reaccionarían mis padres con mi inesperada vuelta. Por alguna razón misteriosa, decidí presentarme de repente. Me enjugué el sudor de la cara. Ya había pedido la costumbre de aquellos calores. Me dije: “Quizás se alegren al verme”. Anduve rápidamente; me sentía muy emocionado de volver a casa. Pero eran las tres de la mañana y no hubiera querido despertarlos. Al alba, el aire de la ciudad se sentía tibio. Allá, Europa estaba fría. A la tibieza se añadían los colores de las luces de neón que todavía parpadeaban —rojo, azul, verde— llenas de la vida. Hacía mucho tiempo que sentía un cierto descanso, un descanso de todo. Era por enero. Me imaginaba el frío que haría entonces por Europa.

Anduve más y más rápido. Las calles me devolvieron recuerdos. Encendí un cigarrillo entre lágrimas. El cigarrillo se ahogó. Y yo también me ahogaba.

Sabía que había llegado a casa, pero la casa me aparecía algo extraña. Algo que me traía recuerdos, pero a la vez no podía comprender la situación. Ayer estaba en España; ahora estoy aquí. ¿Qué hago yo aquí? Me sentí de pronto como agarrotado. Me sentía perdido. Todo parecía misterioso.

Quise correr y corrí, pero a ningún lugar. Me cansé de correr. Sentía la brisa. De repente me vi solo y quise ver una vez más los rostros de mi niñez.

Unas pocas horas más tarde, me encontré con mis padres. Se alegraron de verme. Me preguntaron por qué no había regresado directamente a casa. Les dije que no quería molestarlos dado lo avanzado de la hora a mi llegada. Naturalmente, no comprendieron.

En realidad, no regresé a casa porque trataba de comprender por qué decidí volver a Manila de repente. Vagué por las calles para buscar una respuesta. Me di cuenta después de que no había ninguna razón para aquel regreso. De todos modos, me sirvieron té.

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Tomo XVI, no.1,
Primavera 2012
,

Director: Edmundo Farolán
Isaac Donoso Jiménez
Subdirector, Redactor




En este número:

EDITORIAL



UN HECHIZO ORIENTAL
Gastón Segura


UNA GIRA A QUIAPO
Guillermo Gómez Rivera


PIRATAS DEL PACÍFICO
Carlos A. Font Gavira


EL DIARIO DE
FRANKIE AGUINALDO
(Fragmentos)

Edmundo Farolán


BIBLIOTECA DE CRÍTICA
LITERARIA FILIPINA
NÚMERO OCTAVO

«EL JARDÍN DE EPICURO»:
CENÁCULO
MODERNISTA FILIPINO
Isaac Donoso Jiménez













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