Un hechizo oriental
Gastón Segura


Tenía todos los pronunciamientos para resultar otro lunes de alboroto y risas en la rebotica del Café Estar, donde excusados, por no decir que defendidos, por el torneo de ajedrez nocturno, nos reunimos los amigos a ciscarnos con saludable amenidad del mundo y sus calenturas, cuando de pronto se hizo un silencio imponente. Fue como si un gélido tajo hubiese detenido el Planeta. Al punto que quienes estábamos acantonados en la rebotica también fuimos contagiados por aquel vilo helador, y nos quedamos como estatuas y con los ojos fijos en la puerta que da al salón.

....Por allí venía como un hechizo, entre las mesas de los boquiabiertos ajedrecistas. Sí, era un hechizo de fino alabastro que a todos nos suscitó desde un cine remoto a Suzie Wong, sólo que como Monsieur Givenchy vestía a Miss Hepburn, con una de esas gabardinas blancas por media pierna, unos pantalones pitillo negros y un cachemira de cuello de cisne más negro aún. Nadie le había dicho nada y sin embargo había adivinado donde se hallaba el sanedrín del local, al punto que en segundos la teníamos delante, cuando sólo Octavio se atrevió a reaccionar, y fue para cederle gentilmente su cómoda y presidencial banqueta del rincón de la barra. Ella sacudió su melena, le dirigió una perturbadora sonrisa y se sentó. Los demás, palabra de honor, no dijimos ni mus; no podíamos. Y menos desde que ondeó la irresistible sedosidad de su pelo.

....Pero aquella estupefacción de pasmarotes de feria no podía durar, y ella misma la rompió en cuanto se pidió un Drambuie. Así se abrió el fuego de las presentaciones y así supimos que había nacido en Manila y que se llamaba Consuelo. Poco más supimos de ella porque todos nos disputábamos la palabra por caerle más simpático o por quedar medio centímetro más cerca de su fragante y etéreo cuerpo, y el colmo se producía cada vez que extraía de la pitillera un cigarrillo: los codazos volaban por acercarle la llamita del encendedor.

....A los tres cuartos de hora y de idéntica y silente manera a como había entrado, descendió del taburete y se despidió con un gentil beso de todos, y con algo más: justo antes de salir del café, se volvió y nos dirigió una enigmática y maliciosa sonrisa que nos ahogó en un trémulo rubor. Sólo Nano, que acababa de llegar de su trabajo en el restaurante, aceptó el desafío y, dejando la cerveza en el mostrador, partió decidido tras ella.

....Cuando aún no habíamos conseguido hilvanar una conversación porque su fantasma todavía enredaba nuestra fantasía, regresó Nano. Venía hosco y cariacontecido, y ante la pregunta general de nuestras pupilas no pudo sino confesar:

....—Ya la tenía a un par de metros, cuando se detuvo en un quicio y… Se puso a mear —y con los ojos desorbitados añadió:
— ¡Es un tío!



12 del 2 de 2012, a petición de Edmundo Farolán para la revista Revista Filipina que se bate por nuestra lengua en aquel lejano archipiélago.


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Tomo XVI, no.1,
Primavera 2012
,

Director: Edmundo Farolán
Isaac Donoso Jiménez
Subdirector, Redactor




En este número:

EDITORIAL



UN HECHIZO ORIENTAL
Gastón Segura


UNA GIRA A QUIAPO
Guillermo Gómez Rivera


PIRATAS DEL PACÍFICO
Carlos A. Font Gavira


EL DIARIO DE
FRANKIE AGUINALDO
(Fragmentos)

Edmundo Farolán


BIBLIOTECA DE CRÍTICA
LITERARIA FILIPINA
NÚMERO OCTAVO

«EL JARDÍN DE EPICURO»:
CENÁCULO
MODERNISTA FILIPINO
Isaac Donoso Jiménez













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