Conversación con Elizabeth Medina sobre su libro
Sampaguitas en la Cordillera


por
Andrea Gallo


Elizabeth Medina (1954) a la que el público de «Revista Filipina» bien conoce, después de la publicación (1998) de la traducción en lengua inglesa de la primera biografía de Rizal (la que escribió el insigne filipinista español Wenceslao Retana y Gamboa entre 1897 y 1906), acaba de publicar el libro Sampaguitas en la cordillera. Reencuentros Chile, “libro-mosaico” de recuerdos y memorias en el cual nuestra autora intenta reflexionar de una manera peculiar sobre el tema de la identidad filipina hodierna.

¿Cúal es la razón que te inspiró en la composición de Sampaguitas en la cordillera?

“Libro mosaico” es el término justo. La principal razón fue personal y se remonta a 1988, cuando me planteé escribir “en serio”. Hasta entonces había escrito sólo diarios y cartas; no me sentía capaz de escribir ficción aunque lo había intentado en la temprana adolescencia. Ese año, mientras cuidaba una preciosa casa en Isla Grande de Chiloé en un lugar muy aislado frente a la Bahía de Manao, descubrí que tenía que ser escritora, pero ¿sobre qué escribir? No lo sabía. Espontáneamente, a la vuelta a la ciudad, partí escribiendo los recuerdos de mi madre. Tuve una serie de sueños sobre Filipinas que me hicieron “volver” al pasado y que me produjeron fuertes emociones de nostalgia, incluso algunos eran muy simbólicos y sabía que se referían a Filipinas más allá de lo personal mío. Cuando descubrí la historia de mi abuelo dos años más tarde, ejerció tal impacto psicoemocional sobre mí que me produjo lo que se llama una “epifanía” y cambió mi vida. La necesidad vital de tener memoria, tanto personal como familiar y nacional, se me hizo patente al permitirme resolver el vacío que me agobiaba desde la juventud. Reconocí que fue la falta de identidad lo que me impulsó a buscarme a mí misma lejos de mi patria, con toda una carga de culpa frente a ella. Entonces escribí la primera versión de Sampaguitas en inglés, pero luego entendí que encontrar una editorial filipina sería casi imposible, y se me ocurrió que debía intentar publicarlo en español para contar la historia filipina a los lectores hispanos. En definitiva el libro se escribió porque, parafraseando a Julio Cortázar, «lo que hace que uno sea un escritor, es tener la necesidad imperiosa de comunicar algo».

En Sampaguitas calificas la guerra filipino-norteamericana (1898-1901) de «primer Vietnam» ¿Por qué? ¿Cuáles te parecen que hayan sido las consecuencias que un pasado colonial tan complicado ha dejado en la psiquis del pueblo filipino?

Primero me siento obligada a aclarar que mi voz viene de un lugar muy extraño que aparentemente no guarda relación con el pensamiento de los círculos culturales filipinos al interior de la sociedad filipina, y menos aún de los filipinos expatriados en la sociedad norteamericana. No me considero una autoridad cultural ni mucho menos académica. Sí me considero una voz auténticamente filipina, si bien absolutamente marginada, y que no puede ser de otro modo: es una consecuencia más de la realidad de desgarro y fragmentación del alma colectiva filipina. Soy en cierto modo otra expresión de la consciencia sitiada de mi país, al punto de que ejercer el periodismo responsable en Filipinas es prácticamente una sentencia de muerte; situación que se replica en América Latina. No sé si hay otros escritores filipinos que han descrito la guerra fil-norteamericana como “el primer Vietnam” pero fue la primera guerra de conquista abiertamente librada por EE.UU. contra una nación que acababa de declararse una República. Hubo más de un millón de muertos, no combatientes en su mayoría. El pueblo filipino hoy casi no tiene recuerdo de esa guerra porque no figuró con la importancia que merece en nuestros libros de historia. Pero el hecho es que siempre ha habido una “resistencia cultural” a la injerencia de EE.UU. en los asuntos de mi país, resistencia que ha irradiado desde la Universidad de Filipinas (establecida durante el régimen norteamericano), y ha habido una tradición de resistencia armada tanto en el norte como en el sur. Pero las razones de ellas no son claras para la población civil, y los intelectuales tampoco han sabido explicar a cabalidad las razones históricas subyacentes, y creo que esa falta de claridad y profundidad se debe al control ya tradicional en Filipinas sobre las ideas y su difusión. Los filipinos, al no contar con información inteligible sobre su pasado, no pueden razonablemente desarrollar una cultura de crítica responsable y equilibrada, ni pueden establecer paralelos entre su historia y la de las otras naciones ex colonias españolas, porque tampoco se les enseña la historia entre 1572 y 1898 en profundidad.

Creo que antes del régimen estadounidense, Filipinas llegaba a un primer momento de maduración cultural y política y que los estamentos ilustrados de la clase alta y media ya estaban articulados en términos modernos. La base social empezaba a tener nociones de identidad gracias a la labor desarrollada por la generación del Dr. Rizal, y justamente existía el debate entre cuál arma sería más eficaz para lograr un mayor desarrollo civil, económico, político y cultural para los filipinos – la organización política no-violenta, o el camino de la revolución armada. Lamentablemente tanto el tiempo histórico como la configuración de nuestro archipiélago estaban en contra. Las repúblicas latinoamericanas pudieron surgir en conjunto gracias al surgimiento de una clase criolla con una común identidad y un escenario geográfico continental; y EE.UU., Inglaterra y Francia acudieron en su ayuda de distintas formas, en distintos momentos. Filipinas fue la hija desdichada del siglo de las luces; llegó tarde y con el color de piel equivocado, y EE.UU. ya se había transformado en un águila hambrienta de colonias. Después de la anexión, empezó el descalabro psíquico de los filipinos. Hay que imaginar cómo fue todo eso. Fue, sin ninguna duda desde mi conciencia de hoy, un trance “tétrico” y mortal. Y creo que sólo el arte sería capaz de comunicar la escala del horror y desgarro que significó para los filipinos, que se encontraron en un primer momento héroes luchando por la libertad, y ganadores, para de repente encontrarse convertidos en corderos llevados en masa al matadero. La lucha contra los españoles, casi sin armas de fuego, seguido por la guerra de guerrilla contra los norteamericanos, en peor desventaja aún frente a sus gattling guns, y encontrándose con un nivel de barbarie que no tuvieron los españoles, con el empleo de tácticas estrenadas contra los indígenas de Norteamérica como la matanza de los búfalos. En Filipinas, un dato no difundido es que hubo una matanza del cebú, el animal de tiro que era y es la base de la agricultura.

Después de la rendición del ejército revolucionario liderado por Aguinaldo, empieza la embestida cultural, económica y política. Y por si esto no fuera suficiente trastorno para la psiquis filipina, nos sobreviene escasos 40 años después, el trauma de la Ocupación japonesa. Y con el país en ruinas, EE.UU. nos otorga la inmediata independencia.

Todo esto es sumamente surrealista, visto con ojos reflexivos y desde la distancia. Pero dentro de Filipinas, es prácticamente imposible de apreciar.

¿Te parece que los intelectuales y escritores filipinos saben reflexionar de forma crítica sobre los grandes problemas del país?

Sólo puedo dar una opinión desinformada, pero creo que mi intuición no está lejos de la verdad si sugiero que los intelectuales y artistas filipinos necesitan urgentemente de fuentes de inspiración ajenas a EE.UU. y Europa, que reflejen con mayor fidelidad su propia situación – México, Centroamérica y Latinoamérica. El panorama cultural filipino está muy reducido e influenciado siempre por Estados Unidos y Europa, y en consecuencia tiende hacia la frustración o el nihilismo. Ni siquiera se alimenta de las corrientes culturales asiáticas.

Un tópico en tus escritos, y muy presente en Sampaguitas, es la fuerte interconexión cultural entre Filipinas y Latinoamérica ¿por qué te parece tan importante este tema?

Porque creo que América Latina es la hermana mayor de Filipinas. Más aún, porque Hispanoamérica es sumamente importante para el futuro, no sólo de Filipinas sino de todo el planeta. Incluso se está abriendo mucho a la influencia asiática, sobre todo en términos religiosos. Hispanoamérica es el futuro coloso, porque está llena de vida nueva en todo sentido. Ya el resto del mundo se nutre de ella. Entonces, ¿por qué no Filipinas también? Experimenté mi renacer como filipina en esta tierra sagrada, y si fue buena y generosa conmigo, lo será con toda mi familia.

¿Por qué escribes en español?

En realidad, he escrito mucho más en inglés pero mi ethos como escritora es servir de puente entre los filipinos y los latinoamericanos, porque creo que lo hispanoamericano es el elemento que nos falta para lograr una sinergía a otro nivel y desencadenar un nuevo proceso, una renovación cultural y espiritual en Filipinas – que sería también la de Hispanoamérica. Y cómo no: de los pueblos al interior de España. Porque los españoles, los catalanes, los vascos, los gallegos, los asturianos etc., tienen mucho que ver con el renacer futuro de nuestros pueblos, esta vez no en una relación de vasallaje, sino de transformación recíproca, de hermandad, de unión espiritual.

¿Por qué te parece importante valorar y defender la herencia hispánica y la lengua castellana?

Es la vida misma para mi raza, para que logre consciencia de que le pertenece todo el mundo. Conceptúo a mi nación en su actual estado como un niño autista, encerrado en su propio mundo y con urgente necesidad de sentirse pertenecedor a la humanidad toda. Porque la cultura y la lengua no son únicamente vehículos de la autoafirmación a ultranza, que las convierte en una prisión, una excluyente ideología. Eso tuvo su papel en otros momentos históricos, pero ya no sirve para el planeta hoy por hoy. Debemos convertir las culturas y las lenguas en una posibilidad de comunicación y crecimiento sin límite, y el mundo ya sabe esto pero los filipinos aún no (aunque ya nació una nueva generación multicultural en el extranjero – ¡pero cargando con el desconocimiento del relato originario de sus progenitores filipinos!). Porque es verdad que necesitamos saber quiénes somos, pero al mismo tiempo, debemos saber igualmente que somos todos los pueblos del mundo; somos muchos y a la vez, uno solo. Y si no logramos forjar una nueva condición de trasvase humano basado en el amor, estamos sonados. No tenemos futuro. El viejo patrón de “tengo, tengo, tengo, tú no tienes nada” (una canción infantil chilena, a lo mejor española también: Arroz con leche) ya no corre. O todos tenemos todo, o ninguno tendremos nada.

¿Los filipinos se están dando cuenta de la importancia de lo hispánico en vuestra cultura e historia? ¿Qué espacio tiene un intelectual y escritor que, como tú, utiliza el español?

Me atrevo a afirmar que sí, cada vez más. He percibido que la nostalgia cunde en Filipinas, y en las comunidades expatriadas, que hoy dirigen la mirada hacia las imágenes, los textos, las memorias del pasado. Un pintor que ha hecho una labor de titán en esta dirección es Santiago Bosé.

Mi papel en realidad no es el de figurar en el “mainstream” de la cultura filipina. Ejerzo mi pequeña labor de conscientización en pequeños círculos de filipinos que entablan diálogos en Internet. Me ha costado un mundo hacer entender que no estoy en la “parada” de ensalzar la cultura de los llamados “coño boys” – la mentalidad arrogante y displicente de los mestizos de español frente a lo autóctono, al filipino común cuya cultura consideraban inferior a su propia pseudocultura. Debo explicar que la cultura mestiza hispanofilipina en Filipinas se degeneró por falta de vida, fue condenada tras la muerte de la generación ilustrada de fines del siglo XIX en un club social, una clase de élite sin capacidad regeneradora ni canales de expresión de peso, frente a la embestida de la cultura popular estadounidense.

De hecho, el rechazo a todo lo hispanofilipino fue la reacción cultural de quienes sentían profundo resentimiento social hacia la élite hispanofilipina (sobre todo hacia los criollos, filipinos de apariencia europea), y que se asimilaron con entusiasmo a la cultura norteamericana que les prometió la asimilación libre, sin obstáculos, y lo más importante, el liderazgo político y enriquecimiento material, bajo el signo del inglés.

¿Cuál piensas que será el futuro del español en Filipinas? ¿Las instituciones que lo promocionan deberían fomentarlo más?

Creo que el español tiene futuro en Filipinas si los filipinos dentro y fuera del país logran consciencia de su importancia para la recuperación de nuestra memoria histórica, y para la configuración de una imagen propiamente filipina de nuestra experiencia colonial en términos globales (que incorpore la experiencia hispanoamericana) y profundamente humanizados. Creo que para esto es imprescindible que los filipinos nos enamoremos de nuestro pasado, porque eso nos permitirá superar la valla muy real que significa recuperar el español – o sea mejor dicho, QUERER recuperarlo. Es totalmente factible, ya observo el cambio en algunos filipinos intelectuales con quienes he estado dialogando en los últimos años. El español, hay que decirlo, pasó a ser parte de nuestra memoria genética y está ahí, latente. Los filipinos podemos recuperar el español muy rápidamente, si se hace con voluntad amorosa. Para lo cual será necesario que una nueva generación, abierta y con auténtica vocación de servicio cívico-cultural, logre el acceso a los ámbitos decisorios del gobierno.

Las instituciones culturales ya existentes que promueven la cultura y lengua hispana no cumplen el rol de impulsores, más bien intentan conservar lo poco que sigue existiendo, es la idea de invertir la menor cantidad de energía para conseguir objetivos mínimos. Lo que cambiará la situación de inercia es imponer una nueva inercia, y eso sólo lo logrará la irrupción de lo nuevo, de un misil mental que, para penetrar el alma filipina, debe conjugar dos elementos: lo religioso y lo amoroso. En otras palabas: veneración por el verdadero pasado, y unión fraternal.

¿Podemos esperar que pronto salga otro libro tuyo?

Siento la necesidad de escribir ficción que recree y explique en términos de vivencia humana, en imágenes evocativas, ese complejo, doloroso y bellísimo pasado que perdimos y que hemos de finalmente comprender y recuperar.



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Tomo XI, no.1,
Primavera/Verano 2007

Director: Edmundo Farolán



La historia de la escena filipina ,
(conclusión)
Cecilia Quiros Cañiza

La Pesca
Jesús Balmori

Amor Tirano
Enrique K. Laygo

El sombra del tiempo
(en chabacano)

Flora del Rosario

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Una excursión a Malolos
y Hagonoy, Bulacán
Guillermo Gómez Rivera
 
Olvidemos las elecciones,
completemos la revolución

inconclusa la de Bonifacio
Alejandro Lichauco
 
(Traducción:

Guilermo Gómez Rivera)

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