Loling y su secreto

María Dolores Tapia del Río


La joven estaba deseando que llegaran las vacaciones grandes. Son las vacaciones más largas de las dos que disfrutaban durante el año escolar. Sus padres habían prometido venir a recogerlas, a sus hermanas y a ella lo antes posible, en el colegio donde estaban estudiando como internas. Acababa de cumplir los catorce años y tenía muchos proyectos en su mente para disfrutar más del mar. ¡Cuanto le gustaba ir a la playa! Por fin llegó el día deseado y su padre le dijo que esta vez irían como otros años a pasar de las vacaciones en la casa que había mandado construir en un pueblo pesquero. Loling se acordaba mucho de esos otros años que pasaron las vacaciones en este pueblo llamado Barceloneta. Tenía una ermita muy pequeña y una escuela primaria para los hijos de los pescadores.

.....Lo primero que hizo al llegar era abrir los ventanales que daban al mar. Eran unas ventanas con los marcos decorados de conchas blancas y cuadradas por donde penetraba el sol y se abrían descorriéndolas de un lado a otro como si fueran unas puertas correderas. En la parte de delante había dos pares arriba y otras dos abajo, para abrirlas si fuese necesario y que entrara la brisa del mar entre las celosías, según el calor que hacía. Son muy típicas y podías dormir la siesta tranquilamente sobre unos banigs extendidas en el suelo. Allí estaba el mar al descorrer las ventanas tal como ella recordaba. Su casa era de dos pisos y veía el mar por encima de las casitas de los pescadores cuyos tejados eran de nipa las paredes de madera y los suelos de bambú. Casi todas tenían un patio donde sacaban los peces a secar como un tenderete de ropa. Solían ser tabagnugnus como los llamaban ellos en su dialecto, un pez parecido al bonito. Se abrían, se quitaban las vísceras, la espina dorsal, se limpiaban, se separaban las huevas y se ensartaban por la cola a unos junquillos y luego se ponían al sol. Una vez muy secos los llamaban badí. Eran muy apreciados, para hacer unos platillos con gatá y para dar el gusto a las verduras especialmente en los meses que no había mucha pesca. Loling era una chica muy observadora. Por eso sabía todo esto y muchas cosas más sobre las costumbres de la gente de aquel pueblo. A ella le encantaba hablar con ellos y incluso ayudarles en sus tareas. Le obsequiaban con las huevas cocidas que eran del tamaño de los garbanzos, harinosas y exquisitas.

.....Su tía Ludy, se reunía con ellos durante las vacaciones. Casi todas las mañanas muy temprano, les llevaba a la playa a pasear y a esperar a los pescadores que llegaban con su pesca. Unas veces compraban algunos peces y mariscos, y cuando había mucha se las regalaban. Había gente que asaban los peces a la orilla de la playa y ellas hacían lo mismo y les servía de desayuno. Doña Regina, la madre de Loling ya tenía zumos de calamansi o de piña preparados para cuando regresaban. Quería que sus hijas disfrutaran lo más posible de sus vacaciones, pues solían venir del colegio algo delgadas y su afán era que cogieran más peso

.....Un día les dijeron sus padres que él tenía que ausentarse durante un corto periodo de tiempo porque tenía que recorrer algunos pueblos costeros para buscar bosques de árboles para talar y mandar a la aserradora de su amigo con quien se había asociado. El pueblo tenía que tener un río para poder deslizar los troncos por el, formar unas gabarras que luego las remolcarían a un barco hasta la aserradora. Allí se transformarían en tablones de madera para enviar a la ciudad donde se emplearían para la construcción. Así era este negocio en que se había embarcado con entusiasmo Don Juan. Ellas lo comprendieron perfectamente y estaban dispuestas a esperarle hasta que volviese. Además, ellas tenían muchas cosas en que emplear su tiempo. Doña Regina pensaba renovar las plantas alrededor de su casa ya que la jardinería era su pasión. Así que Don Juan se fue tranquilo en una lancha motora alquilada, con su patrón, un hombre que conocía aquellas costas. Las costas del Bicol en la region de Luzón de las Islas Filipinas. En cuanto se fue su padre, Loling no perdió el tiempo. Al día siguiente a la hora de la siesta (esta costumbre era sagrada), Doña Regina se metió en su dormitorio pero Ludy y sus tres sobrinas extendieron unos banigs en el suelo del salón y se dispusieron a dormir la siesta poniéndose una batitas frescas de algodón. Primeramente, abrieron las ventanas bajeras del balcón delantero para que pasara entre las celosías la brisa del mar que venía por encima de los tejados de las casitas, cuyos habitantes, por supuesto, también estarían tomando su siesta. Había un silencio a esas horas en todo el pueblecito. Por ser la mayor de sus hijas Doña Regina le daba libre albedrío a Loling para que hiciera lo que quisiera, o meterse en su habitación o escoger un banig de los que estaban enrollados en un rincón del cuarto de entre todos los tamaños y colores que existían, para que durmiera su siesta. No sabía que su hija tenía unos planes distintos y más de su gusto.

.....Cuando vio Loling que todas dormían, se quitó sus sandalias, abrió la puerta del salón silenciosamente, bajó por las escaleras y salió por la portezuela del jardín que daba a la calle. Ya en la calle se volvió a poner sus sandalias y con toda tranquilidad y sintiéndose como un pájaro libre, cogió el caminito a la playa bordeando las casitas de nipa que ella solía contemplar desde su ventana pero, en lugar de ir a la derecha como hacían sus hermanas y ella con su tía muchas mañanas, se dirigió a la izquierda donde se encontraban las blancas rocas. Aquí se quitaba sus sandalias y empezaba a saltar sobre las rocas o simplemente se sentaba en alguna de ellas para deleitarse de la vista del mar ella sola, ver como subían y bajaban las olas o como se rompían contra las rocas. Algunas veces se acercaba a charlar con la dos mujeres que recogían ostras pegadas a las rocas casi sumergidas en el agua. Se oían el “tik-tik-tik”de los golpes que daban con la punta del mango de un cuchillo viejo sin funda (donde el metal es más duro), levantaban la carcasa de la ostra y con los dedos extraían el pequeño molusco del interior para depositarla en un recipiente con asa que llevaban atada a la cintura. Ella se atrevería a hacer lo mismo pero entonces se descubrirían sus pequeñas escapadas. Eso no podía ser, era “Su Secreto”. Al atardecer estas mujeres vendían su cosecha a las casas. Les oías vociferar “tijimmmmm” el nombre de estas ostras en su dialecto. Casi siempre la compraba Doña Regina que hacía una sopa exquisita con ellas.

.....Cuando Loling calculaba que en su casa pronto se despertarían de la siesta, iba por detrás de la playa junto a las plantas acuáticas y cogía un caminito hecho por las pisadas de los bañistas y al sentir el suelo seco se ponía sus sandalias y corría por un atajo hasta su casa. Algunas veces le daba tiempo de coger algunas frutas maduras de los árboles frutales que había plantado su padre en la huerta detrás de la casa al mismo tiempo que mandó construirla. Una tarde, mientras paseaba se percató de que una persona también se paseaba por el mismo lado de la playa o quizá le seguía a cierta distancia disimuladamente. No era la primera vez que lo hacía pero Loling nunca pensó que tuviera malas intenciones. En aquel pueblecito todo el mundo era bueno y nadie desconfiaba de nadie. De modo que no le importaba que le siguiera, incluso le hacía gracia. Vio su perfil de reojo y le pareció un chico joven algo delgado y más alto que ella pero llevaba un sombrero de paja y era difícil ver sus ojos. De modo que esto no le cohibía para nada en hacer sus pequeños descubrimientos en la playa. Él estaba libre de hacer lo mismo.

.....Casi todos los días Loling realizaba su pequeña aventura en solitario, sin contar con nadie. Quería recordar todos los detalles, como se movían y escondían los caracolitos en la arena, las pequeñas sorpresas que traían las olas y los cambios de color del mar y el cielo etc. Se los guardaba todo para ella y pensaba que quizá algún día escribiría sobre todo aquello. Pero los domingos los dedicaba a su madre. Se ponían todos sus mejores vestidos e iban con Doña Regina a misa y a rezar ante el patrón del pueblo, San Pascual Bailón. A la salida su madre les invitaba a tomar algunas golosinas, charlaban con el cura y con la gente con quien tenían amistad y encargaban cosas para las necesidades de la casa. Un Domingo se acercó a Loling una niña un poco menor que ella y sonriendo le entregó una notita doblaba y se fue corriendo. No abrió la notita hasta quedarse sola en su dormitorio, decía: “Loling, me permito dirigirte esta carta para decirte que te he visto muchas veces paseando sola en la playa También me gusta mucho el mar. Quisiera acercarme a ti un día y hablar contigo pero mañana por la tarde me llevan mis padres a la ciudad para proseguir con mis estudios. Espero volver a verte a mi vuelta. Por favor, ten cuidado cuando saltes por las rocas. Te admira Toniyo. P.D. Supe tu nombre porque oí a tu madre llamarte desde fuera de la ermita un domingo por la mañana, para que te reunieras con ella. Perdona mi atrevimiento.”

.....A la mañana siguiente abrió uno de los ventanales para ver como estaba el mar a lo lejos, pero no pudo evitar de mirar en el patio de la primera casa al otro lado, vio a un chico sentado sobre un taburete en un rincón del jardincillo, entre dos árboles, leyendo. Le pareció familiar su aspecto; sintió palpitar su corazón y sabía que era Toniyo. Una voz femenina y maternal llamó desde dentro de la casa, y al levantarse para acudir, se le despejaron las dudas…¡era él!. Había dejado su sombrero en el taburete. Delante de la casa de Loling existía una tienda de un matrimonio chino donde iban a comprar casi todo el pueblo los aparejos para pescar, artículos de papel y juegos como cometas etc., pero nunca se había detenido a hablar con los dueños. Siempre corría a charlar con la familia de los pescadores. Se había dado cuenta que el matrimonio tenía un hijo más o menos de su edad y probablemente estudiaba en la ciudad como ella y sus hermanas. Su admirador vivía en la casa de enfrente y nunca lo había sospechado…¡qué casualidades de la vida!

.....Volvieron a Barceloneta durante las siguientes vacaciones pero la casa de Toniyo tenía las ventanas y puertas cerradas. El patio estaba vacío y abandonado. Hasta los árboles parecían tristes. A sus quince años recién cumplidos Loling recibía su primera decepción. Su padre quiso llevar a su familia al pueblo donde había encontrado bosques para talar y con un río caudaloso. También encontró una casa muy hermosa justo a lado del mar. El secreto de Loling, que hubiese querido compartir con Toniyo se quedó encerrado para siempre en su corazón. Habrá otras playas pero ella sabía que nunca serán las mismas playas donde había disfrutado tanto.


Glosario
Tabagnugnu: un pez parecido al bonito
Badí: pescado seco
Gata: leche de coco
Calamansi: un fruto cítrico, redondo y pequeño


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Tomo XV, no.3,
Otoño 2011
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Director: Edmundo Farolán




En este número:

Editorial

Nuestro idioma español
Flavio Zaragoza Cano

El lenguaje, el género
y el deseo en Hiligaynon

Corazón Villareal

Loling y su secreto
María Dolores Tapia

Balasan
Alejandro Sotto


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NÚMERO SÉPTIMO


Nueva Era;
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de la prensa filipina en español
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