El orgullo de Melitón
(Un relato de amor en las lejanías)

María Dolores Tapia del Río



En un rincón de las Islas Filipinas vivía un hombre con su mujer y nueve hijos, un hombre fornido, moreno y muy trabajador. Se llamaba Melitón. Después de cuatro varones, su mujer parió una niña muy linda de cara ovalada, ojos oscuros y pelo de color azabache. No se parecía a sus hermanos. Melitón estaba muy orgulloso de su única hija. Cuando estaba hecha una dalaguita pidió a su señora, la mujer de su amo, que le enseñara a rezar y comportarse como una verdadera señorita. Maya, que es el nombre que le dieron a la niña, venía gustosa a la casa de la finca donde trabajaba su padre como capataz, para ayudar y aprender las costumbres de las otras señoritas que vivían ahí.

....Había un río que separaba Casa Grande, que así se llamaba la casa de su amo, de la casa donde vivía Melitón y su familia. Casa Grande estaba ubicada en un valle rodeado por montañas. Para trasladarse de un lado a otro tenía que coger su baroto y cruzar el río. Se presentaba para trabajar muy pulcro, con su bolo en su funda de madera colgando del cinturón y descalzo. Lo hacía todos los días excepto los domingos cuando la señora rezaba con toda su gente el rosario en la capilla que estaba en frente de la casa. A veces invitaba al párroco de la iglesia de un pueblo cercano para que viniera a decir misa, bautizar a algún niño o para casar alguna pareja.

....Dña. Catalina, la señora, trataba a Maya como si fuera un miembro más de su familia y cuando sus hijas se hacían vestidos nuevos, también se hacia uno para ella. Por el clima, eran siempre de algodón y de colores claros que hacían resaltar la piel suavemente morena de Maya. Muchas veces iban todas cantando al campo para coger flores y adornar la capilla donde estaba entronizada la imagen de la Virgen de la Medalla Milagrosa.

....El señor, D. Bernardo, estaba muy satisfecho con los servicios de su capataz, y le tenía mucha confianza. Sabía que Melitón admiraba mucho a la señora. Y aunque no fuera su trabajo, Melitón, nunca se negaba a hacer unas camas de tierra detrás del jardín de la casa, para que su señora pudiera plantar tomates, pechay y otras hortalizas, o cuando le pedía que trajera garrafas de agua de un manantial que brotaba entre las rocas de una montaña cercana, o cualquier otro recado que tampoco pertenecía a sus deberes como capataz. Solamente había una cosa que le preocupaba a Dña. Catalina de él. Una vez, Melitón, dijo bromeando, al ver al hijo pequeño en los brazos de su señora: “es tan bonito y gordito su hijo que un día me lo comeré con zumo de limón”.

....Después de algún tiempo se presentó en la finca un joven, alto, de tez casi blanca y muy bien parecido. Decía ser el hijo de una prima lejana de Dña. Catalina y que andaba buscando trabajo. Lo primero que se hizo, fue invitarle a comer, y luego Dña. Catalina y él tuvieron una larga conversación en la terraza, sobre sus ascendentes, padres, tíos y abuelos, y se dedujo que efectivamente existía un parentesco entre ella y aquel joven cuyo nombre era Torcuato. Se daba la circunstancia de que el padre de Dña. Catalina era un “cuarterón”, es decir, una cuarta parte de su sangre era española y su madre era mitad filipina y mitad china. Por otra parte, fue educada en un colegio privado de monjas españolas. La señora, era una mujer muy culta y hablaba tres idiomas, filipino, inglés y español.

....Don Bernardo, que era español, estaba dispuesto a dar trabajo a aquel desconocido, ya que prometía ser muy ingenioso y emprendedor. Necesitaba un hombre así para las numerosas tareas de su hacienda. Se le dio una casita de nipa para que se alojara, no muy lejos de Casa Grande. Torcuato estaba contento de haber encontrado un puesto como el deseaba. Y además haber encontrado unos señores tan bondadosos.

....Con el poco dinero que traía se compró un carabao para ayudarle a labrar la tierra que le concedió Don Bernardo, para que tuviera su propio arrozal y como medio de transporte. Ayudaba en las faenas del campo y se encargaba de la recolección del palay. Una vez que estaban los granos secos y metidos en sacos de yute, se llevaban al molino del pueblo en un carromato también tirado por un carabao para transformarlos en arroz, que es el plato principal de las comidas del país. Las plantaciones eran tan extensas que daban mucho trabajo. A Torcuato, le gustaba su trabajo y nunca parecía estar cansado.

....Cuando llegaba la temporada, los hijos de Don Bernardo en edad escolar, iban a la ciudad a estudiar. Venía una lancha motora a recogerlos y cuando llegaban las vacaciones también se encargaba de traerlos, con algún familiar. Maya se quedaba muchas veces a jugar con los dos más pequeños de la casa y Doña Catalina se encargaba de enseñarle a leer y escribir por las tardes. Aprendía enseguida por que era muy lista. Su padre estaba muy orgulloso de ella y tenía la ilusión que algún día fuera maestra. Albergaba esta y muchas otras ilusiones para su única hija.

....Así pasaba el tiempo en aquel rinconcito de la tierra. Un día, Maya yendo a ver a Amading, la lavandera de la casa, que vivía en una casita al final de un camino al lado del río, para llevarle el arroz que necesitaba para almidonar la ropa de la casa, como era la costumbre, se encontró con Torcuato. Este iba a recoger unos cocos secos de unos cocoteros cercanos para que la cocinera los rallara e hiciera el aceite necesario para la comida. Al ver de lejos a la joven que andaba con aires de princesa y canturreando alegremente, corrió hacia ella, pero con sigilo, para no asustarla se acercó y le preguntó...”¿A dónde vas, princesa?”…Maya no le contestó pero si le regaló una bonita sonrisa.

....Cuando llegó a casa de Amading, se enteró por esta que el joven era un pariente lejano de la señora y que trabajaba en la hacienda. Cuando volvió a su casa, Maya no podía olvidar la cara de aquel joven ni el tono tan suave de su voz. Desde entonces temía encontrarse con él porque pensaba que no iba a saber reaccionar ante sus galanterías. Pero por lo que respectaba al joven Torcuato, su afán de volver a verla era muy grande. La belleza y grácil figura de la muchacha le había impresionado profundamente. Su objetivo, desde entonces, era casarse con ella. Era la mujer que deseaba. Solamente ella podría hacerle feliz. Pero también sabía que tenía que seguir ciertas reglas para poder hacerlo. Torcuato supo que su nombre era Maya, y que su padre era precisamente el capataz de la finca, que a su vez era el que le transmitía las instrucciones del amo. ¿Cómo era que no la había visto antes?...se preguntaba. Lo que no sospechaba era que su padre la tenía muy protegida desde pequeña porque era “la niña de sus ojos”. Se propuso entonces hablar con él y pedirle permiso para cortejarla. Esta era una tarea muy difícil y que necesitaba mucha valentía conociendo el carácter tan serio de este hombre. Pero no había más remedio que intentarlo.

....Buscó una tarde, después de cumplir a la perfección con el trabajo que se le ha había encomendado, que era preparar la comida de los cerdos, limpiar las vasijas donde se les daba la comida, a sabiendas de que no era una de sus obligaciones, incluso se divirtió mucho llamando a los rechonchos animales, dando golpes a una lata vacía como si fuera un gong. Venían corriendo desde los matorrales y cocoteros en el campo. Después de todo esto, se aseó y le dijo a Melitón que quería hablar con él. Este no tenía ni la menor idea de lo que se trataba, pero se sentó enfrente del muchacho para escucharle. Torcuato fue derecho al grano y sin titubeos, le dijo: “Melitón, quisiera pedir su permiso para cortejar a su hija Maya porque pienso hacerla mi esposa…”

....Melitón se sonrojó y se quedo por un momento callado. Miró al muchacho y pensó, como un ser tan insignificante podía tener la osadía de arrebatarle a su hija, su más preciosa joya. Su primer impulso fue levantarse y no contestarle siquiera, pero como veía que estaba allí en frente de él esperando ansiosamente su contestación, le dijo: “No puede ser, mi hija es aún muy joven para casarse, y le advierto que no se le ocurra acercarse a ella para nada”. Se levantó sin más explicaciones dejando a Torcuato boquiabierto y aturdido. Torcuato se dio cuenta que el sol que antes brillaba fuerte ya se había ido y regresó a su casita de nipa solo y abatido. Su gran ilusión parecía inalcanzable.

....Melitón no dijo nada a su hija cuando fue a recogerla a la casa, pero sí se lo contó a su mujer. Cuando los más pequeños estaban dormidos sobre los banigs en el suelo de madera, le contó a su mujer lo que había pasado para desahogarse, pero nada de lo que ella pudiera decir a favor del muchacho influiría en su decisión. Ella era muy callada, sumisa, una buena esposa y una buena madre de sus hijos. Pero ella sabía que su hija un día se enamoraría de un muchacho, se casaría como ella y se iría a vivir son su esposo.

....Cuando Torcuato se levantó al día siguiente, ya se había formado una firme idea en su cabeza. No se dejaría intimidar e iba a hacer todo lo posible por convencer a Melitón de que se merecía a su hija. Desde ese momento no se acercaba a Maya, tal y como le había advertido su padre, pero conocía todos sus movimientos por Casa Grande y solamente se consolaba viendo su imagen desde cierta distancia. Pero por otra parte, Maya no podía comprender como aquel muchacho, que parecía tener por ella una cierta admiración, no hacía nada para acercarse a ella y decirle algo bonito. A pesar de esto, ya le guardaba un pequeño sitio en su corazón y también ella le observaba desde una ventana, cuando venía a la casa por alguna razón o cuando hacía alguna faena del campo.

....Algunas mañanas como pasatiempo, Torcuato ponía trampas en el monte para cazar itiks para comer. Siempre se acordaba de regalar a la mujer de Melitón parte de su caza, utilizando para ello de intermediarios a los hermanos pequeños de Maya. Mientras que los hijos mayores de Melitón ayudaban a su padre en las faenas del campo los pequeños casi siempre jugaban a la orilla del río. Como también se dedicaba algunas tardes a poner trampas para coger cangrejos en el río, Torcuato regalaba, así mismo, a los niños parte de su pesca para que se la llevaran a su madre. Sentía una gran satisfacción al hacerlo porque para él era una forma más de percibir más cerca a su amada.

....Cuando la marea estaba alta, el mar se juntaba con el río que bordeaba la hacienda de Don Bernardo en su desembocadura. Entonces se podía salir por el río hacia la orilla del mar en un baroto y pescar, siempre y cuando que el mar estuviera en calma. También se podía uno bañar y tumbarse sobre la blanca arena. Había blancas y enormes rocas donde sentarse y observar las incomparables puestas de sol. Torcuato había descubierto muchas maneras de disfrutar de su tiempo de ocio pero anhelaba una compañera y esta no podía ser otra que su amada Maya. Andaba siempre triste pero resuelto en sus planes.

....Una tarde de mucha lluvia Maya se quedó en casa y Torcuato fue a hacer una visita a Doña Catalina. La señora, tan religiosa, aunque parecía estar siempre muy ocupada con su familia y las labores de la casa, era una buena observadora. Se había dado cuenta que Maya se había transformado en una bella mujercita y últimamente andaba por la casa algo seria y pensativa. Como quería que sus hijas estaban en la ciudad estudiando en el colegio, creía que Maya las echaba de menos. Lo que Doña Catalina no sospechaba era que la joven estaba enamorada.

....Aquella tarde Torcuato se sinceró con su tía Catalina mientras mecía en una cunita hecha de bambú a su pequeño, le escuchaba y pensaba cuan enamorado estaba de su protegida. Se le caían las lagrimas cuando el muchacho le contaba la forma en que Melitón le había despreciado sin apenas darle tiempo para contarle sus planes. Doña Catalina no podía hacer otra cosa que calmarle y prometerle que intercedería por él y hablaría con el padre de la chica en cuanto tuviera la primera ocasión. Sabía que Melitón era un hombre tozudo y de un carácter muy fuerte. No en vano los obreros le tenían mucho respeto y temían sus enfados.

....Mientras esperaba el momento en que Doña Catalina hablara con Melitón, Torcuato se dedicó a ampliar su casita, añadiéndole una bonita terraza donde colgó un duyan para poderse mecer en las noches muy cálidas. También hizo un pequeño jardín alrededor de la casa plantando gumamelas de todos los colores, rojas, amarillas, blancas y rosas. Cavó un pozo de agua para su propio abastecimiento. Todos los días pensaba como dejar su casita lo más cómoda y agradable posible. Hacía cualquier cosa con sus propias manos y no necesitaba de nadie. En estos momentos se sentía fuerte e ilusionado.

....Como todos los domingos, la capilla estaba abarrotada de gente, los obreros con su familias y allegados, para rezar el rosario con Doña Catalina ante la imagen de la Virgen Milagrosa. No podían defraudar a la señora que era tan buena y solícita con todos y en especial con sus hijos y que siempre esperaba su asistencia. Además, después de los rezos había una merienda que preparaba la cocinera de la casa, donde se servía zumo de calamansi, baduya, poto y otros manjares. Antes de que se retirase Melitón y su familia, Doña Catalina le llamó a un lado del jardín y le dijo que quería hablar con él de un asunto muy delicado. Él ya sospechaba que le iba a hablar de su hija. “Melitón, quisiera hablarle de un joven que usted ya conoce y que según me ha contado, le había pedido permiso para cortejar a Maya y que usted no se lo concedió. Su hija cumplirá dentro de poco diecisiete años y tarde o temprano conocerá a chicos de su edad de estos entornos o de otros pueblos cercanos. Torcuato es un buen muchacho y no es porque sea algo pariente mío, pero abogo por él, porque he observado que es inteligente, honesto y muy trabajador. Sabrá respetar a su hija y acatar sus exigencias. Déjeles que se conozcan mejor y quién sabe, podría ser un buen ejemplo para sus hijos…¿Qué me dice…?”. Se le había presentado un gran dilema al viejo capataz de Don Bernardo. El siempre hacía lo que su señora le pedía, pero esta vez le pedía algo que iba en contra de sus más profundos sentimientos. ¿Cómo iba a consentir que un extraño acaparara el amor de su hija y se alejara de él para siempre?. Esto no era posible. Con la mano en el corazón, levantó la cabeza y balbuceó…. “lo…lo pensaré señora”, y se fue, con toda su familia para coger el baroto hacia su casa del otro lado del río.

....Había una gran tormenta cuando regresaban a su casa. Empezó a llover y el viento soplaba fuerte. Se oían como se caían las ramas de los árboles. Los troncos de los altos cocoteros se resistían y se doblaban. Esta vez parecía que la amenaza era un fuerte tifón. No dejó de llover en toda la noche y todo el mundo temía la crecida del río. Esto significaba que las casas que se encontraban en la orilla del río estaban en peligro. La gente, y especialmente Torcuato, estaban muy preocupados porque la casa de Melitón se encontraba muy cerca del río.

....Alguien llamaba dando fuertes golpes a la verja de Casa Grande, y como quiera que Don Bernardo ya estaba al acecho por si venía alguien a pedir refugio, mandó a un tao para ver quién era. Era Amading, la lavandera. El río ya se había llevado su casita y venía a refugiarse en la casa. Doña Catalina, enseguida le dio ropa seca y se reunió con los demás empleados en la cocina donde se desprendía un calor muy agradable y se cocinaba con leña. Nadie decía nada porque rezaban en silencio para que el tifón cesara pronto.

....Torcuato no estaba de ningún modo tranquilo. Por otra parte, estaba seguro que Melitón sabría qué hacer en caso de que llegara a inundarse su casa. Tenía dos barotos que usaba para su trabajo y para trasladarse a la otra orilla donde se encontraba Casa Grande o para regresar a su casa. Pero la corriente podía arrastrar las pequeñas embarcaciones hacia el mar y entonces perderían sus vidas irremediablemente. Torcuato pensaba en su amada y sabía que tenía que hacer algo sin perder ni un segundo. Se fue a Casa Grande, vadeando entre las altas hierbas que ya estaban casi sumergidas de tanto llover y pidió ayuda a Don Bernardo. Necesitaba la ayuda de dos o tres personas, llevar unas cuerdas fuertes y unas linternas. Tenía que rescatar a Melitón y a su familia contra viento y marea.

....Melitón, que siempre había creído poder defender él solo a su familia en cualquier adversidad estaba en aquellos momentos muy desesperado. Su casa se había inundado y ya había embarcado a todos los miembros de su familia en sus dos barotos, pero la corriente del río era tremendamente fuerte. Ni él ni sus hijos mayores podrían mantener las barcas a flote para atravesar el río sin que les arrastrara la corriente hacia el mar. El mar tan bondadoso a veces podía ser muy cruel y matarles a todos. Las olas eran tan gigantescas que les engullirían en un santiamén. Estaba realmente desesperado. Empezó a encomendarse a Dios y la Virgen para que le ayudara a salvar a toda su familia.

....Ya empezaba a amanecer, cuando divisó unas luces al otro lado del río. Había tres personas haciéndoles señales con linternas. Eran el joven Torcuato y sus compañeros. Al mismo tiempo que les hacían señales con las linternas, recogían las ramas más fuertes y largas caídas por el temporal para luego atarlas y hacer una especie de puente de un lado y otro del río. Melitón comprendió inmediatamente lo que querían hacer y con la ayuda de sus hijos mayores hizo lo mismo desde su lado. Juntaron ramas, no sin mucha dificultad, por la fuerza de la corriente y las ataron al tronco de un robusto árbol desde ambos lados del río. Se ataron ellos mismos con las cuerdas por la cintura, y sujetándose a las ramas, fueron a recoger a los miembros de la familia uno por uno agarrándose a las ramas y con el cuerpo colgando del improvisado puente. Primero ayudaron a los cuatro pequeños, luego a las mujeres. Melitón y sus hijos mayores ya se habían atado y cruzaban por sí mismos. Eran momentos de mucha angustia porque tenían que agarrarse fuerte a las ramas y no dejar que la corriente les arrastrara. Al final consiguieron cruzar todos sanos y salvos echándose sobre la hierba casi sin aliento. Estos momentos tan angustiosos habían acabado pero estaban terriblemente agotados.

....La mujer de Melitón, al contar sus hijos, se percató que faltaba uno, el mayor. El padre asustado se levantó y cuando se disponía a cruzar de nuevo el río para buscarle, uno de los niños dijo que le había visto a su hermano salir de la capilla al terminar los rezos, diciendo que se iba al pueblo para ver a su novia. Entonces Melitón se dejó caer al suelo y cerró los ojos. Estaba dando gracias a Dios, pero al mismo tiempo pensaba en Torcuato, aquel joven que él había despreciado, ahora había salvado su vida, la de su mujer y sus hijos. Estaba tremendamente agradecido pero a la vez confuso. Doña Catalina ya había dado instrucciones para que vinieran inmediatamente a Casa Grande. Allí les dieron ropa seca y comida caliente. Maya, su madre y los pequeños fueron alojados en la casa, y a Melitón y sus hijos mayores se acomodaron en un rincón del almacén que estaba debajo de la casa. Torcuato volvió a la suya no sin antes asegurarse que toda la familia estaba bien y tranquila y atendida como querían los señores. Entre tanto todos rezaban para que pronto cambiara el tiempo.

....Dos días después dejó de llover y el viento soplaba cada vez menos. Melitón y sus hijos mayores se acercaron a la orilla del río y vieron que había dejado de crecer. Vieron que su casa había desaparecido excepto los troncos que sujetaban el suelo de madera. Tampoco existían las escaleras de bambú. Sabía que tenía mucho trabajo por hacer y no esperó más para cruzar el río. Vio una barca flotando boca abajo cerca de la desembocadura del río que no había sido arrastrada por la corriente mar adentro. Nadó hacia ella y se sorprendió al ver que era una de las suyas. Sintió una gran alegría al ver que el baroto que había confeccionado con sus propias manos no le había defraudado. Con ayuda de sus hijos lo trajeron a la orilla y en aquel momento le embargó una sensación de enorme fuerza para salir adelante.

....Conocía a su amo, y sabía que estaría de acuerdo que construyera la casa de su familia lo antes posible, incluso antes de volver a sus tareas cotidianas. El tifón tan devastador, ya se había alejado. Quién sabría decir durante cuánto tiempo podría vivir tranquilamente con su familia pues los tifones en aquel país eran muy frecuentes y nunca avisan, ni la gente sabe si serán livianos o fuertes. Sólo queda seguir viviendo sin perder la esperanza en el futuro y luchar cuando estos atacan. Con la ayuda de sus hijos, empezó a reconstruir su casa. Primero juntaron todo el material necesario: troncos de bambú, hojas de nipa, tiras de junco y además tablas de madera que Don Bernardo le dejaba coger de sus almacenes. De hecho, le dejaba coger todo los que necesitaba para reconstruir su casa lo antes posible. Esta vez la construiría de tal manera que resistiera cualquier tifón futuro.

....Con la ayuda de las mujeres, se entrelazaban tupidas planchas de hojas de nipa que se sujetaban a unos listones de bambú. Estas planchas que se colocaban una encima de la otra sobre unos bastidores fuertes del techo formaban el tejado. Tanto las paredes, el suelo y las escaleras se hacían de madera. La puerta y las ventanas de bambú y madera. Dentro de la casa se hacían particiones de bambú pulido. No solía haber muchos muebles, pero sí, unas esteras grandes hechas con hoja de palma llamadas banig para dormir en el suelo, donde la temperatura era más fresca. Luego se enrollaban durante el día en un rincón de la casa. La cocina solía ser un anexo de la casa.

....Melitón no decía nada cuando veía venir a Torcuato para ayudarles, como si fuera lo más natural del mundo, tampoco estaba muy seguro de lo que el joven pensaba. Le observaba en silencio mientras trabajaba o hacía algún comentario con sus hijos. Su corazón ya albergaba una profunda simpatía hacia él y pensó que efectivamente sería un buen ejemplo para sus hijos. Éstos, para su satisfacción, ya le profesaban una cierta admiración. Solamente tenía que dar un paso adelante y sería aceptado como un miembro más de la familia, pero el orgullo de Melitón no lo dejaba dar ese primer paso.

....Cuando estaba lista la casa para ser habitada, toda la familia se trasladó con alegres exclamaciones por lo bonita que había quedado. Los más pequeños enseguida empezaron a buscar caracoles entre las pequeñas rocas a la orilla del río y quizás algún que otro objeto familiar que podría flotar en el agua y que no se había llevado la marea. Para su regocijo encontraron unas alcancías de coco que les había hecho su padre y unos flotadores también de coco.

....Maya, por otro lado, ya no podía evitar sentir una gran atracción hacía Torcuato y tenía que disimular este sentimiento delante de todos. Poco tiempo después del tifón, Doña Catalina, se percató del cambio de su protegida. Se había hecho toda una mujer, hacendosa, risueña, discreta y callada. La señora estaba contenta y satisfecha con los visibles cambios en el carácter de Maya y pensó que ya estaba lista para ser desposada y tener su propia casita. Ella también recordó que se había casado a los dieciocho años. “Buena tarea la esperaba”. Lo primero que tenía que hacer era dar una fiesta campera e invitar a toda la gente cercana, por supuesto, a Melitón y su familia, y a Torcuato. Y no faltarían sus hijas que pronto vendrían para sus vacaciones.

....El sol brillaba en todo su esplendor. Los campos tan intensamente verdes prometían buenos frutos, y la gente volvía a sus costumbres habituales como si el mal tiempo hubiera sido solamente una triste pesadilla. Iban y venían felices cumpliendo con sus tareas y con la esperanza de que todo volviera a la normalidad. Pensaban en la próxima cosecha de arroz que les tendría a todos muy ocupados, y lo que esto significaba para todos ellos; la base del sustento de todas las familias.

....Melitón ya tenía una casa nueva con ciertas mejoras, gracias a la ayuda de todos. La señora de Casa Grande hacía muchos planes. Sabía que sus hijas, tan animosas, le iban a ayudar. No había tiempo que perder para llevar a cabo lo que tenía en mente, casar a Torcuato y a Maya, y hacerles de una vez felices. Dejó correr la voz que habría una fiesta el domingo siguiente después de los rezos, con música, merienda, bailes, a la que todo el mundo estaba invitado.

....Llegado el día, los hombres vinieron con sus barongs, algunos trajeron sus guitarras y bandurrias. Las mujeres con sus niños venían con sus mejores blusas y sayas. Las hijas de Doña Catalina ayudaron a la cocinera a preparar platos exquisitos y los hombres extendieron unas mesas debajo de unos frondosos árboles en la explanada en frente de la iglesia. Había como siempre manjares típicos del país, mucho zumo de pomelo y calamansi. Después del rosario, se reunieron para merendar, una merienda especial amenizada por los músicos, lo que significaba que habría bailes y canciones. Cuando los músicos comenzaron a tocar las primeras notas del baile “La Cariñosa” se levantaron los mozos para buscar una pareja, ya que éste es un baile por parejas. Uno tiene que bailar alrededor de su pareja haciendo gestos cariñosos. Se percibía una gran emoción en la cara de los asistentes cuando vieron a Torcuato acercarse a Maya, que estaba radiante, para pedirle que fuera su pareja de baile. Antes de acceder miró a su padre y éste asintió con la cabeza, muy sonriente. “Como les brillaban los ojos cuando ella se puso delante de él”, se sentían por fin libres. Después de este baile tan hermoso y excitante fueron a hurtadillas a unos columpios que había en el jardín de Casa Grande. Allí Torcuato le dio un beso muy ardiente en la frente y ella le devolvió un beso muy tierno en los labios, sellando así su amor. Ya era oscuro pero la luz de la luna les iluminaba con una suave benevolencia en aquel feliz atardecer.

....La boda de Torcuato y Maya sería el acontecimiento más importante en aquellos días. Se envió un recado al cura del pueblo cercano para que viniera el primer domingo del mes siguiente. La modista tenía mucho trabajo confeccionando el vestido de la novia, y de las hijas de los señores. El ramo de la novia llevaría las más bonitas flores del jardín. Los jazmines, las rosas y las sampaguitas estaban en flor. Su corona la confeccionarían con amor y delicadeza sus amigas, las hijas de Doña Catalina. Estaban tan entusiasmadas con los preparativos de la boda de Maya que se oían muchas risas y jolgorio por toda la casa.

....Ya todo estaba listo. Llegó el día señalado y todo el mundo se puso sus mejores galas. Maya salió de Casa Grande del brazo de su padre, que para aquel día llevaba un traje adecuado y zapatos nuevos. Torcuato iba vestido con un barong de piña que se había comprado para esta ocasión, y claro está, Doña Catalina fue la madrina. Se celebró la boda con mucha algarabía, pues se aprovechó la ocasión para también bautizar a algunos niños que habían nacido esos días. Los padres de estos niños también aportaron exquisitas viandas. No faltó de nada en el banquete, que se celebró al aire libre. Hubo música y baile, serenatas y canciones típicas. El valle donde se encontraba este lugar resonaba por la mucha alegría. Era el lugar donde Don Bernardo y Doña Catalina habían fundado su hogar, su paraíso.

....Don Bernardo poseía una casita más arriba del valle, en lo alto de una montaña, donde los cazadores descansaban después de cazar. Desde allí se disfrutaba de unas bonitas vistas y se divisaba el mar. Era el sitio ideal y allí fueron invitados Torcuato y Maya para pasar su luna de miel. A los pocos días regresaron a la casita que había construido Torcuato con mucha ilusión y que tanto le enorgullecía. El se aseguró de que no faltara ningún detalle para que su esposa estuviera satisfecha y contenta.

....Pasado un tiempo, cuando nadie lo esperaba, se oyeron unas llamadas ante la verja de Casa Grande. Eran Maya y Torcuato con su hijito en brazos pidiendo ayuda porque el niño se asfixiaba y no sabían que hacer. Doña Catalina miró a la criatura e inmediatamente le chupó las fosas de la nariz varias veces, escupiendo la mucosidad seguidamente y el niño empezó a respirar. Estaba padeciendo un catarro muy fuerte. De madrugada, los padres muy agradecidos, volvieron a su casita con su retoño en brazos que respiraba ya con facilidad.

....Doña Catalina al verles salir caminando, alejándose, tan tranquilos y contentos, pensó… “allí va una pareja de jóvenes dispuestos a formar una familia en este lejano rincón del mundo….. ¡Que Dios les bendiga!”



GLOSARIO DE TÉRMINOS

Baduya: Plátanos fritos
Banig: Esteras hechas con hojas de palma
Barong: Camisa de caballero hecha con fibra de piña
Baroto: Canoa
Bolo: Machete
Calamansi: Limones muy pequeños, limas.
Carabao: Mamífero rumiante utilizado para el trabajo
Dalaguita: Mujercita
Duyan: Hamaca, chinchorro
Gumamela: Flor típica (hibiscus)
Itik: Patos salvajes
Nipa: Hojas de palma muy anchas
Palay: Arroz con su cáscara
Pechay: Verdura similar a las acelgas
Poto / Puto: Bizcocho de arroz
Sampaguita: Flor nacional parecida al jazmín
Saya: Falda larga con dibujos típicos
Tao: Hombre empleado en el campo



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Tomo XIII, no.2,
Verano 2009


Director: Edmundo Farolán




En este número:


¿Desengaño o
reconciliación?
Ángel Brichs Papiol


....Y el Señor desembarcó

en Filipinas
Juan Hernández Hortigüela


El orgullo de Melitón
(Un relato de amor

en las lejanías)
Maria Dolores Tapia del Río


Junta con

el embajador Luis Arias
Guillermo Gómez Rivera


Reconocimiento flamenco
Guillermo Gómez Rivera


Notas lingüísticas

hispanofilipinas
Edmundo Farolán


Cartas de nuestros lectores













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