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Tomo XI, no.3,
Invierno 2007-08
Director: Edmundo Farolán


En este número:


Cuando llegues


El recuerdo nunca muere
de Emocionario,
versos de la adolescencia (1929)

Francisco Zaragoza

Versos contra
los indignos filipinos

G.Gómez Rivera
Carta abierta a José Rizal
Francisco Zaragoza

Nueva antología de
escritores
filipinoamericanos
con una intro. a P. Rosal y A.Girmay
E. A. Lozada

Como vidrio
Patrick Rosal

Lamento del gallo
Patrick Rosal, Aracelis Girmay


Memorias de
la guerra de Filipinas
en los recuerdos de
María dolores Tapia del Río

Andrea Gallo

Homenaje
al Profesor Leandro Tormo Sanz

Perla Primicias, Andrea Gallo


BIBLIOTECA DE
CRÍTICA LITERARIA FILIPINA

Número Primero
José Rizal y el canon
literario occidental:
El Consejo de los dioses (1880)

Introducción y edición de
Isaac Donoso Jiménez









Todos los derechos reservados /
Copyright © 2007 Revista Filipina,
Edmundo Farolán

Diseño: E. A. Lozada


Memorias de la Guerra de Filipinas
en los recuerdos de María Dolores Tapia del Río


Andrea Gallo


Con añoranza y nostalgia sigue recordando a su lejana Filipinas María Dolores, en donde nació y donde, con su numerosa familia, sufrió los apuros de la Segunda Guerra Mundial. Hija de padre español y de madre bicolana, primera de once hermanos, María, que vino a la luz en Naga, pasó su infancia y juventud en la isla de Luzón. Aquí ese tremendo conflicto que el Imperio Nipón provocó, la sorprendió con sus queridos cambiando sus destinos. En efecto, por causa de la guerra, los Tapia se trasladaron a España y fue aquí donde María, que en esa época tenía casi veinte años, pasó el resto de su vida, trabajando en un primer momento como secretaria y más tarde como traductora y profesora de inglés; aquí se casó con un español y tuvo cuatro hijos, pero nunca olvidó a su patria, donde, siempre que pudo, volvió y a la cual sigue sintiéndose ligada.

.....Como bien recuerda nuestra autora, tras la invasión de Corea y China, Japón empezó su ofensiva contra los territorios y colonias de los países occidentales en Asia y en el Pacífico, y con el lema “Asia para los asiáticos” y con una inquietud de dominio y odio hacia lo occidental, el Sol Levante invadió Filipinas que sufrió por tercera vez una colonización cruenta aunque de una duración de poco más de tres años. Estos sucesos y más bien el drama de la población civil que trataba de sobrevivir entre invasores y guerrilleros forman el tema de Mis memorias de la guerra de Filipinas, ( Barcelona, Parnass, 2006) primera obra en español de María Dolores Tapia Del Río, la cual también ha publicado recientemente una versión en inglés a cargo del mismo editor, My reminiscences of the Second World War in the Philippines.

.....La historia de la familia de María es común para otras familias de ese país: su padre, Bernardo Tapia, era un español de la provincia de Almería que se había trasladado a Filipinas a principios de siglo “para probar fortuna”. Allí se había casado con Talin Del Río, filipina hija de don Juan, “el más importante dueño de barcos de pesca de Libmanan”. La familia, residía en la región de Bicolandia, donde tenía una vida acomodada y feliz gracias a las actividades comerciales que el padre supo gestionar con capacidad, por lo tanto los hijos gozaron de una buena educación, y se criaron en colegios religiosos. El padre de María era aficionado a la lectura, poseía una colección de libros y “siempre le había gustado escribir y recitar poesías en los días señalados: cumpleaños, aniversarios, etc. Era muy romántico. De vez en cuando, mandaba alguna poesía o algún artículo a una gaceta en español que se publicaba en Manila”. Esta vida serena fracasó al entrar en contacto con el horror de la guerra y los jóvenes Tapia se enfrentaron a muchas travesías: la familia tuvo que trasladarse a una finca del interior donde tanto la presencia japonesa como la guerrilla de resistencia aliada de los norteamericanos, presionaban menos. Aquí en la hacienda de Magaras, al parecer por lo menos para los niños que no tenían plena conciencia de lo que realmente estaba pasando, “la vida [...] era muy agradable y significó un verdadero cambio. No había que pensar en los libros, aunque nuestro padre se encargó de ocuparnos con tareas de la casa que llenaban nuestras horas” y siguió así de forma algo idílica durante un tiempo, aunque no faltaban las preocupaciones, si es verdad que “de tanto en tanto llegaban hasta nuestra casa miembros de la guerrilla” por lo que “nuestras bodegas quedaron vacías en muchas ocasiones”; y una vez que los guerrilleros no consiguieron lo que querían, llegaron a amenazar con “quemar la casa y todo su contenido” y hasta llegaron a tener la “intención de matar a mi padre por pro-japonés”. En fin, cuando también el campo se hizo inseguro, no hubo más remedio para la familia Tapia que regresar a Naga, pero no ya para quedarse a vivir; en efecto Bernardo había tomado la decisión de dirigirse a Manila y desde allí embarcarse dirección a España, su añorada patria, para ofrecer a su familia una vida mejor. Él siempre había defendido la reputación de su patria y nunca había renunciado a la ciudadanía, incluso cuando el mantenerla se había hecho en el país tropical poco conveniente. Por ello los Tapia se dirigieron a la capital; pero no fue posible embarcar en el primer navío que el gobierno de Madrid había enviado para repatriar a sus conciudadanos, y ahí María y su familia tuvieron que buscarse la vida durante un año a la espera de un segundo barco que los llevara a Barcelona, a esa tierra prometida donde encontrarían paz y reconstruirían un nuevo futuro.

.....A través de una historia particular, la historia dolorosa y a la vez afortunada de una familia, la autora narra el drama de la guerra y la devastación material y moral que ese conflicto provocó en todo el país. Ella traza su vida de antes, la de una familia feliz, y relata los cambios que la guerra produjo en sus existencias y en las de los que conocían. No era aún adolescente cuando la guerra estalló, así que María creció durante esos años terribles de violencia y devastación: de la vida feliz en Naga, pasó a la vida algo bucólica pero peligrosa, aunque lejos de los rumores de la guerra, en la hacienda de Magaras; volvió a Naga durante la ocupación japonesa, y en fin, conoció una nueva realidad, la de un buen trabajo en la compañía aérea PAL, galanteada por oficiales americanos, en una Manila que ya no era la “Perla de Oriente” sino un cúmulo de ruinas, esperando un navío que los llevara a ella y a toda su familia a aquella madre-patria imaginada como la tierra prometida y tan diferente en su cruda realidad de la pobreza post-bélica: “España estaba sufriendo los últimos rescoldos de la Guerra Civil y observamos que todo estaba racionado, el pan, al que no teníamos demasiada afición, estaba casi negro”.

.....Esta lamentable y al mismo tiempo dichosa historia de esta numerosa familia bien representa el recorrido histórico de la Filipinas del siglo XX: un padre, venido de la lejana España, que se enamora de esas latitudes y de una dalaga, ese archipiélago de encanto y de repente una guerra brutal muda por completo el destino. Estos cambios tan violentos y radicales de la sociedad filipina se pueden observar claramente hasta en la vida cotidiana de los niños, y están ejemplificados en las variaciones de la educación escolar que María y sus hermanos recibieron. Nuestra escritora, como la mayoría de las chicas de aquella época, se educó en un internado de monjas que “eran españolas” mientras que “el profesorado [era] de habla inglesa, y las clases se impartían en inglés siendo el español una asignatura”. La guerra interrumpió el curso natural de la vida, así como la actividad en los colegios, que volvieron a funcionar sólo al estar mejor asentados los nuevos invasores, los cuales veían en la educación un punto clave para plasmar lo que debía ser el nuevo país, por lo tanto los alumnos pudieron “desarrollar [sus] estudios como antes, en inglés, pero estudiando el japonés. Si no aprobabas la asignatura de japonés, no podías aprobar las demás”. Al finalizar la guerra, Estados Unidos concedió la Independencia y “ahora el idioma que había que aprender como una asignatura más en los colegios y las escuelas era el idioma nacional, el tagalog”.

.....La vida de los Tapia – así como la de muchos millones de personas – durante la guerra estuvo llena de privaciones y problemas, de mucha amargura y frustraciones, de miedo, de dolor, de la preocupación por comer diariamente, en fin “valía más un pollo que la vida de una persona”; sin embargo en Mis memorias todo está contado, según una sensibilidad y visión del mundo peculiarmente filipina, de una forma más bien esfumada, donde el rencor, la rabia, la venganza, o incluso la legítima denuncia no ocupan el papel principal, y en contra los elementos que más destacan son las alegrías de la vida, la unidad familiar, la gratitud de estar vivo, un sincero y profundo sentimiento religioso de confianza total en Dios, la solidaridad humana y la bondad de la gente que se revela en la capacidad de seguir creyendo en el hombre y en su posibilidad de rescate.

.....La guerra, por supuesto, no fue menos dura en Oriente; salen menciones sobre las atrocidades infligidas por los japoneses a la inerme población civil, la necesidad a veces de ser “colaboradores” de los invasores y la dureza de los guerrilleros que también sabían aprovecharse de la situación. Sin embargo, a pesar de ciertos pasos indudablemente tristes, la narración – una prosa llana, sencilla, sin afectación, donde más que el orden cronológico, es el flujo de la memoria que va dictando y distribuyendo la materia – en su complejo no aparece lóbrega ni macabra, y se desarrolla más bien como un himno a la vida cantado por una persona que probablemente comprende que en esa inmensa tragedia ella y sus seres queridos han tenido la suerte de no perderse, de que los padres no sepultaran a sus hijos; no son por lo tanto las memorias de una superviviente, sino más bien una rendición de gratitud de quien, llegado a cierta edad, tiene el privilegio de mirar atrás y releer su existencia: “Aquí acabo mis Memorias de la guerra de Filipinas, cuyo recuerdo me ha llenado de tristes añoranzas e intensas emociones, para que las conozcan mis seres queridos, mis hijos y mis nietos”.

.....Anima toda la escritura un sentimiento de profundo amor que es “adoración” hacia la figura del padre, un hombre ejemplar, moralmente íntegro que, duramente puesto a prueba por la vida, siempre ha asumido sus deberes ante la familia y la sociedad dando un ejemplo de rectitud y fidelidad. Y este libro es un homenaje a su memoria, a ese padre que fue “un luchador nato e infatigable que no paró hasta encontrar su pequeño espacio en este mundo desde que nació. Desde Abla, un pueblecito de España, recorrió medio mundo y decidió volver a su patria para morir en ella junto a su esposa, a la que conoció en las lejanas y queridas tierras de Filipinas”.


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