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Tomo X, no.3,
Invierno 2006-2007

Director:
Edmundo Farolán



En este número:

Editorial/Indice

La historia
de la escena filipina
fragmentos
Segunda Parte
(Cecilia Quiros Cañiza)

El Consejo de los Dioses
fragmento
(José Rizal)

Reseña verídica de
la revolución filipina
( Emilio Aguinaldo y Famy)

Gen. Emilio Aguinaldo
(1869-1964)
Drama histórico
(Edmundo Farolán)

La revolución filipina
fragmento
(Apolinario Mabini)

Arte visual y poesía:
Brazos abiertos

de Paulina Constancia
(Andrea Gallo)

Cartas de
nuestros lectores









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Edmundo Farolán

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Edwin Lozada
Reseña verídica de la revolución filipina
por don Emilio Aguinaldo y Famy
Presidente de la República Filipina

TARLAK (ISLAS FILIPINAS.)
Imprenta Nacional a cargo del Sr. Zacarías Fajardo
1899


I-III **IV-X**XI-XV**XVI-XIX



IV.

LA REVOLUCIÓN DE 1898


Volví al "MacCullock" para ordenar la descarga del equipaje y "efectos de guerra" que traía, habiendo tenido ocasión de encontrar en aquellas aguas de Cavite a varios revolucionarios de Bataan, a quienes entregué dos pliegos que contenían órdenes de levantamiento para la citada provincia y la de Zambales.

Antes de fondear en el Arsenal, encontré también varias bancas llenas de revolucionarios de Kawit, mi pueblo natal, los cuales me manifestaron que hacía dos semanas esperaban mi llegada, anunciada por los mismos americanos. No poca alegría sentí al ver a mis paisanos y parientes, antiguos compañeros de la temeraria campaña del 96 al 97. Aproveché aquella primera ocasión, pisando apenas la Comandancia de Marina en el Arsenal a las 4 de la tarde, para entregarles las demás órdenes de levantamiento.

Continué toda aquella noche con mis compañeros escribiendo más y más órdenes y circulares para el mismo fin; pues sin explicar cómo ni de qué manera, aglomerábanse despachos de todas partes, pidiendo noticia de mi llegada, a la vez que consignas para levantarse contra los españoles.

Dios, sin duda alguna, tenía señalado aquel momento para el derrumbamiento del imperio español en Filipinas, porque mi inesperada llegada no podía ser saludada ni sabida, con la rapidez y publicidad que aquellos hechos demuestran. Sesenta y dos voluntarios de San Roque y Caridad, armados de Remington y Maüser, organizados por los españoles, se presentaron al día siguiente, poniéndose incondicionalmente a mis órdenes. Al principio se alarmaron las fuerzas americanas por la llegada de dichos voluntarios y por precaución tomaron posiciones para defender la entrada del Arsenal; mas, enterado yo del caso, bajé a ver a dichos voluntarios, trasmitiéndoles órdenes de guardar el puesto de Dalajican, al objeto de impedir la entrada de las tropas españolas, que, según recientes noticias, así lo intentaban. Sabedores los americanos de lo ocurrido, se tranquilizaron, y dando la consigna correspondiente a toda la tropa americana, se ordenó al Comandante del "Petrell" para que me fueran entregados los 62 fusiles y municiones ofrecidos por el Almirante, como así, en efecto, se llevó a cabo; pues al poco tiempo, a eso de las 10 del día, las lanchas del "Petrell" traían y desembarcaban en el dique del Arsenal el referido armamento, que fue enseguida distribuido a los presentados, que por millares acudían pidiendo un puesto en las filas de la revolución y un fusil para ir a las avanzadas.

En la noche de aquel día, 20 de mayo, se me presentó el antiguo Jefe revolucionario, el Sr. Luciano San Miguel, hoy General de Brigada, a recibir órdenes, que le fueron dadas, para el levantamiento, de las provincias de Manila, Laguna, Batangas, Tayabas, Bulakan, Morong, Pampanga, Tarlak, Nueva Ecija y otras del Norte de Luzón, saliendo aquella misma noche, el Señor San Miguel a ejecutarlas. Los días 21, 22, 23 y demás del propio mes hubo un continuado desfile de revolucionarios presentados para tomar parte en el movimiento, de tal modo, que tuve necesidad de salir del Arsenal y pasar a otra casa del mismo Cavite, para dejar tranquilos a los marinos que guarnecían aquel establecimiento.


V.

EL GOBIERNO DICTATORIAL.


El día 24 se estableció el Gobierno Dictatorial, circulándose la primera proclama, que suscribí, como Jefe del citado Gobierno. De este documento se entregaron ejemplares al Almirante Dewey, y por su mediación, a los cónsules extranjeros residentes en Manila, no obstante la incomunicación en que nos hallábamos con dicha ciudad.

A los pocos dias, se trasladó el Gobierno Dictatorial a la casa que fue Gobierno Civil de los españoles en Cavite, porque la aglomeración de personas que de todas partes acudían, hacía estrecha la primera que se tomó de un particular, y en esta fue donde recibí la grata noticia de la llegada de la expedición de armas, que fueron desembarcadas en el mismo dique del Arsenal a la vista del cañonero "Petrell" siendo 1.999 el número de rifles, y 200.000 el de municiones con otros armamentos particulares.

Inmediatamente envié una comisión a dar gracias al almirante Dewey por la pronta llegada de la expedición, merced a sus gestiones, participándole a la vez, que se había fijado el día 31 del citado mes de mayo, para comenzar las operaciones. El almirante envió a su Secretario para felicitarme, así como a mi Gobierno, por la animación y actividad que se notaban a favor de la campaña, manifestándome al propio tiempo, que entendía muy próximo el día fijado para empezar el levantamiento, y que debía transferirlo para otro más lejano en el que las tropas revolucionarias estuvieran mejor organizadas. Le contesté por dicho Secretario, que podía estar tranquilo el señor almirante, porque estaba todo preparado, y los filipinos tenían muchas ansias de sacudir y librarse del yugo de los españoles, y esto suplía la disciplina, como lo justificaría el tiempo, agradeciendo, no obstante, sus buenos consejos.

Ordené enseguida la distribución a varias provincias, de las armas recibidas, destinando algunas para los revolucionarios de Káwit, que fueron introducidas en la noche del 27 de mayo, en el barrio Alapang.


VI.

LOS PRIMEROS TRIUNFOS


Al día siguiente, (28 mayo 1898) y a la hora de entregarse las armas a los de Káwit en el citado barrio, presentóse una columna de más de 270 soldados españoles de Infantería marina, enviados por el general español el Sr. Peña en persecución de dichas armas.

Allí fue donde se entabló el primer combate de la revolución filipina de 1898, que podemos llamar la continuación de la campaña de 1896 a 97, combate que duró desde las diez del día hasta las tres de la tarde, en que por falta de municiones se rindieron los españoles con todas sus armas a los revolucionarios filipinos, que entraron en Cavite con los prisioneros, cuya gloriosa ocasión aproveché para sacar a luz y hacer ondear la bandera nacional, que fue saludada por un inmenso gentío, con aclamaciones de delirante alegría y grandes vivas a Filipinas independiente y a la generosa nación de los Estados Unidos, habiendo presenciado el acto varios oficiales y marinos de la escuadra americana, que demostraron claramente sus simpatías por la causa de los filipinos, tomando parte en su natural júbilo.

Este glorioso triunfo fue el preludio de continuadas victorias; pues llegado el día 31 de mayo, fecha fijada para el alzamiento general, Filipinas entera se levantó como un solo hombre, a sacudir el poder de España.

El segundo triunfo se realizó en Binakayan, en el sitio llamado "Polvorín", donde fue atacado por los revolucionarios, el destacamento español, compuesto de unos 250 hombres, rindiéndose a las pocas horas por falta de municiones.

De nuevo tomé ocasión de esta victoriosa jornada para hacer ondear nuestra bandera nacional en los altos del cuartel del "Polvorín", que se halla a orillas del mar, a fin de que la santa enseña de nuestra libertad e Independencia, fuese vista y contemplada por todos los buques de guerra, que representando todas las naciones más grandes y civilizadas del mundo, se hallaban congregadas en la bahía, observando los acontecimientos providenciales que se verificaban en Filipinas, después de más de trescientos años de dominación española.

Apenas había transcurrido una hora cuando otra bandera nuestra se vio ondear en la torre de la iglesia de Bakoor, que también se halla a orillas del mar, señal de nuevo triunfo de las tropas revolucionarias contra las fuerzas españolas que guarnecían dicho pueblo, compuestas de unos 300 hombres, los cuales por igual falta de municiones se rindieron al ejército revolucionario.

Y así la revolución marchó de triunfo en triunfo, justificando el pueblo filipino su poder y su resolución de librarse de todo yugo extrangero, para vivir independiente, tal como yo le había afirmado al almirante Dewey, por lo que este señor y los jefes y oficiales americanos felicitaron calurosamente a mi y al ejército filipino por los innegables triunfos, comprobados por el gran número de prisioneros que llegaban de todas partes de Luzón a Cavite.


VII.

LA BANDERA FILIPINA


El día primero de Septiembre ordené que en todas las embarcaciones filipinas enarbolaran nuestro pabellón; hecho que se cumplió en primer término, por los marinos de nuestra pequeña flota, compuesta de unas ocho lanchas de vapor españolas y de otros cinco buques de mayor porte intitulados "Taaleño, Balayan, Taal, Bulusan", y "Purísima Concepción", donados al Gobierno filipino por sus respectivos dueños, los cuales fueron enseguida arreglados en nuestro Arsenal para el servicio de cañoneras, dotándoles de piezas de 9 y 8 centímetros, que se sacaron de los buques de la escuadra española.

¡Oh! qué hermosa y gallarda es nuestra bandera al aire desplegada desde los topes de nuestros buques, sobre las aguas propias de la bahía da Manila, alternando con las enseñas de otras grandes naciones, ante cuyos navíos iban y venían los nuestros con la reciente enseña de libertad e independencia! ¡Cuán respetada y admirada como nacida
entre legítimos ecos triunfales del bisoño ejército filipino ante las rendidas fuerzas regulares del gobierno español!

El corazón se dilata de gozo; el alma se enardece de orgullo; y el patriotismo se ve complacido en medio de tan grandiosa contemplación!


A fines del mes de junio visité al almirante Dewey, quien después de cumplimentarme (por los rápidos triunfos de la revolución filipina), me manifestó que los almirantes alemán y francés habíanle preguntado por qué consentía a los filipinos usar bandera no reconocida en sus embarcaciones, y que a semejante interpelación había él contestado que con su conocimiento y consentimiento usaban los filipinos dicha bandera; aparte de que por su valor y resolución en la guerra contra los españoles, merecían desde luego usar de dicho derecho.

Prorrumpí entonces en muestras de vivo agradecimiento ante tan valiosa y decidida protección del almirante, y ordené inmediatamente que la flota filipina llevara tropas a las demás provincias de Luzón é islas del Sur, para hacer la guerra contra los españoles que las guarnecían.


VIII.

EXPEDICIÓN A VISAYAS


Hízose esta expedición con mucha suerte, regresando nuestros vapores sin novedad alguna después de dejar las tropas en los puntos convenidos. Pero el "Bulusan" que fue a Masbate para recoger la columna del Coronel D. Mariano Riego de Dios y trasladarla a Samar, fue visto por los cañoneros españoles "Elcano" y "Uranus", atacándole el primero hasta el punto de hacerle zozobrar en aquellas aguas, no sin experimentar los vapores españoles, daños de alguna consideración, causados por nuestras tropas. La tripulación del "Bulusan" se salvó afortunadamente, ganando la playa a nado.


IX.

EL VAPOR «COMPAÑÍA DE FILIPINAS»


Al poco tiempo se presentó en Cavite el vapor español "Compañía de Filipinas", apresado por los revolucionarios en aguas de Aparrí. Inmediatamente fue artillado y despachado con tropas para Olongapó; pero hubo de darse orden a otro cañonero nuestro para que volviera a petición del almirante Dewey, a fin de resolver la reclamación del cónsul francés acerca de dicho vapor. Enterado el almirante de que el "Compañía de Filipinas" había sido apresado con bandera española, se abstuvo de entender en el asunto, remitiéndome la carta reclamación del cónsul francés, afirmando el Almirante que él y sus fuerzas nada tenían que ver en el asunto.

Asi concluyó este incidente, que demuestra con claridad el reconocímiento y la protección que dispensaba el almirante Dewey a la revolución filipina.

El «Filipinas», que así se llamó desde entonces el vapor en cuestión, siguió en viaje a Olongapó, y a su vuelta llevó la expedición de tropas para libertar del poder de España las provincias del valle de Cagayán y las islas Batanes.--Este vapor que de nuevo cambió de nombre y que hoy se llama "Luzón", se encuentra en el río grande de Cagayán, varado por haber sufrido avería, en su máquina.

En todas las expediciones, nuestros barcos antes de zarpar saludaban al "Olimpia" como buque insignia, cumpliendo así deberes de cortesía internacional, siendo contestados nuestros saludos con iguales demostraciones de amistad.


X.

LA PROCLAMACIÓN DE LA INDEPENDENCIA


El Gobierno Dictatorial dispuso la proclamación de la Independencia filipina en el pueblo de Káwit, para el 12 de junio. Al efecto envié una comisión para dar conocimiento de ella al almirante, invitándole al propio tiempo para asistir al acto, que se verificó con toda solemnidad. El almirante mandó a su Secretario para excusar su asistencia, alegando que era día de correo.

A fines del mismo junio, el cañonero español "Leyte" huyó para Manila, de los ríos de Macabebe en donde estaba sitiado por fuerzas del General Torres, y llevaba parte de las tropas y voluntarios que mandaba el coronel filipino D. Eugenio Blanco; pero habiendo sido visto por un crucero americano, se rindió voluntariamente. El almirante Dewey me entregó todos los prisioneros y todas las armas, menos el vapor, pero más tarde reclamó la devolución de los prisioneros, después de la Capitulación de Manila.

En 4 de julio llegó la primera expedición militar de Estados Unidos al mando del General Anderson, siendo alojados en el Arsenal de Cavite.

Poco antes de llegar esta expedición militar, y las que después vinieron con el General Merrit, el almirante Dewey, envió a su Secretario, al Gobierno Dictatorial pidiéndome permiso para colocar las tropas americanas en Tambó y Maytubig, lugares de los pueblos de Parañaque y Pasay; a todo lo que el Gobierno Dictatorial accedió debido a las honradas promesas del almirante Dewey arriba consignadas.

En el mismo mes de julio, se presentó en Cavite el almirante acompañado del General Anderson, y después de los saludos de cortesía, me dijo:--Ha visto Vd. confirmado todo cuanto le he dicho y prometido.--Qué bonita es vuestra bandera.--Tiene un triángulo y se parece a la de Cuba.--Me dará Vd. una de recuerdo cuando yo regrese a América?

Le contesté que estaba convencido de su honrada palabra y de la ninguna necesidad de extender en documento sus convenios; y que en cuanto a la bandera, podía contar con ella aunque fuera en el momento.

Dewey continuó: "Los documentos no se cumplen cuando no hay honor, como ocurrió con lo que Vd. pactó con los españoles que faltaron a lo escrito y firmado. Confíen Vds. en mi palabra, que yo respondo de que Estados Unidos reconocerá la independencia del país. Pero les recomiendo guarden por ahora mucha reserva en todo cuanto hemos hablado y convenido. Y además, les suplico tengan paciencia, si nuestros soldados atropellan a algún filipino; pues como voluntarios carecen aún de disciplina."

Contesté al almirante que tendría presente todas sus recomendaciones de reserva, y que en cuanto a los abusos de los soldados, ya se habían dado las órdenes convenientes sobre el particular, haciendo al almirante igual advertencia con respecto a nuestros soldados.


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