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Tomo X, no.3,
Invierno 2006-2007

Director:
Edmundo Farolán



En este número:

Editorial/Indice

La historia
de la escena filipina
fragmentos
Segunda Parte
(Cecilia Quiros Cañiza)

El Consejo de los Dioses
fragmento
(José Rizal)

Reseña verídica de
la revolución filipina
( Emilio Aguinaldo y Famy)

Gen. Emilio Aguinaldo
(1869-1964)
Drama histórico
(Edmundo Farolán)

La revolución filipina
fragmento
(Apolinario Mabini)

Arte visual y poesía:
Brazos abiertos

de Paulina Constancia
(Andrea Gallo)

Cartas de
nuestros lectores









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Edmundo Farolán

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Edwin Lozada
Reseña verídica de la revolución filipina
por don Emilio Aguinaldo y Famy
Presidente de la República Filipina

TARLAK (ISLAS FILIPINAS.)
Imprenta Nacional a cargo del Sr. Zacarías Fajardo
1899


I-III **IV-X**XI-XV**XVI-XIX



XI.

LA COMISIÓN ESPAÑOLA


El almirante cambiando repentinamente el curso de la conversación, me preguntó: ¿porqué no se alzan los vecinos de Manila, como lo han hecho ya los de provincias? ¿Será verdad que aceptan la "autonomía" ofrecida por el General Augustín con Asamblea de Representantes? ¿Será cierto el aviso que he recibido, que ha salido de Manila una comisión de filipinos para proponerles la aceptación de dicha "autonomía", y reconocer a Vd. el empleo de General, así como a sus compañeros, el que disfrutan?

Le contesté que los de Manila no se alzan porque no tienen armas, y porque como comerciantes y propietarios que son, temen que de levantarse, los españoles se apoderen de sus riquezas, quemando y destruyendo lo demás, por lo que aparentan aceptar la "autonomía" por política de engaño.

Pero que yo confiaba en que todos los filipinos de Manila eran partidarios de la Independencia, como se comprobaría el día de la toma de Manila por nuestras tropas. Para entonces creo que los vecinos de Manila vitorearán con nosotros la Independencia de Filipinas, haciendo nuevas demostraciones de adhesión a nuestro Gobierno.

Díjele también que era cierto había venido una comisión mixta a nombre del General Agustin y del arzobispo Nozaleda, la cual Comisión me había manifestado que venía obligada por los españoles, pero que hacía constar su adhesión a nuestra causa. Los individuos de la Comisión me expusieron que los españoles les habían recomendado dijeran que venían de "motu propio", sin misión concreta ni excitación de las autoridades españolas, figurando ser fieles intérpretes de todos los vecinos de Manila, pero que aseguraran que con tal de que se aceptara la "autonomía", el General Agustín y el arzobispo Nozaleda me reconocerían el empleo de General y los de mis compañeros, dándome un millón de pesos, las indemnizaciones no percibidas del pacto de "Biak-na-bató", y un buen puesto con gran sueldo en la Asamblea de Representantes, promesas a las que los mismos comisionados no prestaban crédito aunque algunos opinaban, que debía recibirse el dinero para restarlo de la caja del Gobierno español y como procedente de la contribución de los filipinos. Los comisionados concluyeron por asegurarme que ellos se alzarían en Manila, si se les proporcionaran armas, y que lo mejor que podía yo hacer era atacar Manila por los lugares que señalaban como puntos débiles, defendidos por destacamentos españoles fáciles de copar.

Di las gracias a la Comisión por su sinceridad y franqueza, y les dije, que se retiren tranquilos, haciendo presente a los que les habían mandado que no habían sido recibidos por falta de credencial, y que, aunque las hubieran tenido según lo habían visto y oído de otros revolucionarios, D. Emilio Aguinaldo no aceptaría sus proposiciones de "autonomía", porque el pueblo filipino tenía la suficiente ilustración para gobernarse por sí mismo y estaba cansado de ser martirizado por los abusos del poder extranjero, por lo que, no desea más que su Independencia, y así los españoles podían prepararse para defender su Soberanía, porque el ejército filipino les atacaría duramente y con constancia hasta tomar Manila.

También encargué a los comisionados dijeran a Nozaleda, que abusaba mucho en el ejercicio de su elevado cargo, conducía contraria a los preceptos del Sumo Pontífice, que si no la enmendara me vería, el día menos pensado, precisado a sacar a luz cosas que le llenarían de vergüenza, y que sabía que unido a Augustín habían comisionado a cuatro alemanes y cinco franceses que disfrazados me asesinarían bajo la equivocada esperanza, sin duda, de que muerto yo, el pueblo filipino se sometería tranquilamente a la Soberanía de España; error crasísimo, porque si hubiera sido asesinado, el pueblo filipino hubiera seguido con mayor calor la revolución, surgirían otros hombres como yo que vengaran mi muerte. Y por último, les recomendé a los comisionados que dijeran a los vecinos de Manila se ocuparan en sus industrias y comercios, pudiendo estar tranquilos con respecto al Gobierno nuestro, cuya norma de conducta era la rectitud y justicia, pues no teníamos frailes que corrompieran aquellas virtudes cívicas, que el Gobierno filipino procura ostentar ante los ojos de todas las naciones. Que trabajaran, pues, en sus negocios y no pensasen en salir
de Manila para este campo, donde había escasez de recursos, y porque ya había demasiada gente que servía al Gobierno y al ejército; si algo nos faltaba eran armas.

La Comisión me preguntó qué condiciones impondrían los Estados Unidos y qué ventajas darían al pueblo filipino, a lo que contesté que era difícil responder a la pregunta en vista del compromiso que tenía de callar los términos del convenio; concretándome a manifestarles se fijaran en los actos de Soberanía que ejercía nuestro Gobierno Dictatorial, especialmente en las aguas de la bahía.

Estas palabras hicieron mucha impresión en el almirante, hasta el extremo de interrumpir la traducción de mis palabras por el intérprete señor Leyva, y me interpeló diciendo: ¿Porqué ha revelado Vd. nuestro secreto? ¿Quiere decir que Vd. no cumple con mi consigna y el silencio ofrecido?

Le contesté que ninguna revelación había hecho del secreto referente a él y al Cónsul. El almirante, dándome las gracias por mi reserva, se despidió en unión del General Anderson, no sin suplicarme suspendiera por entonces el ataque contra Manila, porque ellos estaban estudiando un plan; para tomar con sus fuerzas Intramuros, dejando la toma de los arrabales para las nuestras.

Encargóme, sin embargo, que estudiara por mi parte otro plan para combinarlo con el suyo, con todo lo cual me conformé.


XII.

NUEVAS TROPAS AMERICANAS


Al poco tiempo, llegaron tropas americanas y con ellas el General Merrit, presentándose al Gobierno Dictatorial el Secretario del almirante con dos jefes para pedir que se les concediera ocupar nuestras trincheras de Maytubig, desde la playa hasta el Camino Real, donde se unirían en cordón con las tropas filipinas que ocupaban Pasay y Singalong; a lo que también accedí, debido a las solemnes promesas del repetido almirante y naturales esperanzas de ellas nacidas sobre el apoyo y reconocimiento de nuestra Independencia.

Diez días después de ocupado por las fuerzas americanas, Maytubig, sabedores de ello los españoles que estaban en frente fortificados en el polvorín de San Antonio Abad, durante la noche sorprendieron las avanzadas americanas que compuestas de pocos individuos no tuvieron más tiempo que para saltar de la cama y replegarse hacia su centro, abandonando sus fusiles y 6 cañones.

Oído el tiroteo por nuestras tropas acudieron inmediatamente en auxilio de los amigos y aliados, haciendo huir a los españoles y recuperando los fusiles y cañones de su poder, cuyos armamentos ordené fueran devueltos a los americanos en ley de buena amistad.

El General Noriel se oponía a esta devolución, alegando que dicho armamento ya no era de los americanos, cuando lo ocuparon las fuerzas filipinas del poder de los españoles, pero, desatendí esta razonada oposición de mi General, ordenando terminantemente la devolución de las armas a los americanos, demostrando con ello clara y evidentemente la sincera amistad de los filipinos. Dichos fusiles y cañones con abundantes municiones, fueron, pues, devueltos a los que entonces eran nuestros aliados, apesar de que el General Noriel y sus fuerzas los habían conquistado a costa de la vida de muchos compañeros.

Poco después llegaron más refuerzos americanos y otra vez el almirante Dewey, por medio de su Secretario interesó más trincheras para su ejército, alegando que eran ya cortas las que antes les había dado, concediéndoseles entonces su continuación hasta cerca de Pasay.


XIII.

EL 13 DE AGOSTO


Llegó el día 13 de agosto en que noté un movimiento general de ataque contra Manila por parte de la escuadra americana y de las fuerzas de tierra que estaban al mando del General Anderson en Parañaque.

Seguidamente ordené a mis tropas, para que atacaran en todas las líneas, consiguiendo el General Pio del Pilar entrar por Sampalok y atacar a las tropas españolas que defendían el puente Colgante, las cuales se retiraron hacia el puente de España. La columna de nuestro General Gregorio H. del Pilar tomó los arrabales del Pretil, Tondo, Divisoria y Paseo de Azcárraga al Norte de Manila, y la del General Noriel, por la parte de Pasay, tomó los arrabales de Singalong y Pako, siguiendo detrás la columna americana y flanqueando las fuerzas españolas que defendían la línea de S. Antonio Abad; visto esto por los jefes españoles, ordenaron la retirada de sus tropas hacia Intramuros, con lo cual las fuerzas americanas que ocupaban las trincheras del frente, entraron, sin pegar un tiro, por los arrabales de Malate y Ermita; pero allí se encontraron con las tropas del General Noriel que se habían posesionado de los referidos arrabales y establecido sus cuarteles en el convento de Malate y Ermita, en los edificios que fueron de la Exposición regional de Filipinas, en la Escuela Normal y en la casa del Sr. Pérez, en Pako.

En Santa Ana, parte Este de Manila, logró copar el General Ricarte cinco columnas españolas, auxiliado por tropas del General Pío del Pilar.


XIV.

PRIMEROS NUBARRONES


Los nuestros veían desembarcar fuerzas americanas en las playas de la Luneta y paseo de Santa Lucía, llamando la atención de todos el que los soldados españoles que había en la muralla de la Ciudad no tiraran contra aquellas, misterio que al anochecer de este día, se explicó por la noticia de la capitulación de la plaza hecha por el general español, señor Jáudenes, al general americano, Mr. Merrit; capitulación que se reservaron los generales americanos, con infracción de lo convenido con el almirante Dewey, sobre formación de planes para atacar y tomar Manila, juntos y en combinación los dos ejércitos, americano y filipino.

Esta inexplicable conducta de los jefes americanos se hizo más evidente con los telegramas que el General Anderson en dicho día 13, me dirigió desde Maytubig, rogando que ordenara a nuestras tropas no entrasen en Manila, petición, que fue denegada, toda vez que era contraria a lo pactado y a los altos fines del Gobierno Revolucionario, que al tomarse el inmenso trabajo de sitiar Manila durante dos meses y medio, sacrificando miles de vidas y millones de intereses materiales, no podía ser, seguramente, con otro objeto más que con el de capturar Manila y la guarnición española que defendía con firmeza y tenacidad la plaza.

Pero el General Merrit tenaz en su propósito, rogóme ya no por medio del almirante, si no por el del Mayor Bell, retirase mis tropas de los arrabales, a fin de prevenir peligros y conflictos que son siempre de temer en una doble ocupación militar y evitar también en ello a las tropas americanas, el ridículo; ofreciendo en sus tres escritos, negociar, después de realizados sus deseos, a lo que accedí, pero no de pronto y de una sola vez, sino haciendo retirar gradualmente a nuestras tropas, hasta llegar a los blokhaus, con objeto de que lodos los habitantes de Manila fueran testigos de nuestros hechos militares, y de tan consecuente conducta con nuestros aliados americanos.

Hasta entonces y hasta la fecha en que rompieron los americanos abiertamente las hostilidades contra nosotros, había abrigado en mi sima las más fundadas esperanzas de que los jefes americanos hicieran valer ante su Gobierno, los pactos celebrados verbalmente con el jefe de la Revolución filipina; no obstante las señales en contrario que se notaban en su conducta, sobre todo, en la del almirante Dewey que, sin motivo alguno, un día del mes de octubre se incautó, de todos nuestros buques y lanchas.

Enterado de tan extraño proceder, estando ya el Gobierno Revolucionario en Malolos, envió una Comisión al General Otis para tratar del asunto, quien remitió y recomendó al almirante a nuestros comisionados, los cuales no fueron recibidos por el almirante, no obstante la recomendación del General Otis.

Apesar de este proceder de los jefes americanos, tan contrario a todos los pactos y antecedentes arriba referidos, seguí observando con ellos, la misma conducta amistosa, enviando una comisión que fue a despedirle al General Merrit, cuando su marcha para París; acto que al agradecerlo dicho General, tuvo la bondad de manifestar a nuestros comisionados, que defendería a los filipinos en los Estados Unidos: así mismo envié al almirante Dewey un puñal con su vaina, todo de plata, y un bastón de caña finísima con puño de oro labrado por el mejor platero filipino, recuerdos de afecto y antigua amistad, que el almirante aceptó, consolando de esta manera y en cierto modo mi alma afligida y la de todos los filipinos que formaban el Gobierno Revolucionario, haciendo de nuevo renacer en el corazón de todos, las alhagüeñas esperanzas de un arreglo con el almirante Dewey.


XV.

ESPERANZAS FALLIDAS


Pero desvanecidas quedaron tales esperanzas, cuando se recibió la noticia de que Mr. Dewey había obrado y obraba así contra el Gobierno Revolucionario por orden del Exemo. Mr. MacKinley, que sugestionado por el partido imperialista, había decidido anexionar las Filipinas, cediendo tal vez a la ambición de explotar las inmensas riquezas naturales que oculta nuestro virgen suelo.

Esta noticia cayó como un rayo en el campo de la revolución.--Unos maldecían la hora y el día de haber tratado verbalmente con los americanos; otros, censuraban haber cedido los arrabales.--Y los más, optaban por enviar una comisión al General Otis para provocar declaraciones francas sobre la situación, formalizándose el tratado de amistad, si Estados Unidos reconocía nuestra Independencia,--o se rompían en el acto las hostilidades, si se negaba a ello.

En tan grave situación a todos aconsejaba moderación y prudencia, pues aún esperaba en la justicia y rectitud del Congreso de los Estados Unidos que no aprobaría las tendencias del partido imperialista, y escucharía la voz del almirante Dewey, que, como alto representante de América en estas islas, concertó y pactó conmigo y el pueblo filipino, el reconocimiento de nuestra Independencia.

No de otra manera, con efecto, se debe pensar en tan grave asunto; pues si América confió en el almirante Dewey, el honor de sus armas en tan lejanas tierras, bien pudieron también los filipinos confiar en las honradas promesas de tan cumplido caballero como bravo marino, seguros de que el grande y noble pueblo americano no desautorizaría ni expondría al ridículo, al ilustre vencedor de la escuadra española.

Del mismo modo induce a hacer este juicio la circunstancia no menos evidente y notoria, de que los demás jefes americanos, que vinieron después de las sonadas victorias del almirante, los Generales Merrit Anderson y Otis proclamaron al pueblo filipino que América "no venia a conquistar territorios si no a librar a sus habitantes de la opresión de la Soberanía española". Sería, por tanto, exponer también el honor de estos jefes al ridículo universal, si Estados Unidos desautorizando su oficial y pública conducta se anexionara las islas por conquista.



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