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Revista Filipina

Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina

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Primavera 2017
Volumen 4, Número 1

     
Revista Filipina, Segunda Etapa. Revista semestral de lengua y literatura hispanofilipina.
Primavera 2107, Vol. 4, N
úm. 1

ARTÍCULOS Y NOTAS



STEFAN ZWEIG, MAGALLANES Y LAS ISLAS FILIPINAS

MARÍA ROSARIO MARTÍ MARCO
Universidad de Alicante



     La ‘novela’ sobre Magallanes1 de Stefan Zweig se publica en 1938 en Viena2. En ese momento al autor austriaco ya le había sido vedado publicar en Alemania por ser judío. La obra se divulgó con finalidad instructiva y en edición muy esmerada, acompañada de apéndices con la cronología del heroico viaje, traducción al alemán del contrato de Magallanes con el emperador Carlos I de España y V de Alemania, un informe muy detallado acerca de los gastos de la flota de Magallanes, ilustraciones de época reproducidas en negro y los datos biográficos del autor.
     Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis, Brasil, 1942), doctor en Filosofía por la Universidad de Viena, autor como es sabido de obras extraordinariamente difundidas, así Momentos estelares de la humanidad o Novela de ajedrez, María Estuardo y tantas otras, fue fundamentalmente biógrafo, autor de novela histórica y, en cierto sentido, tanto historiador como ensayista. En esas tres determinaciones, que requieren particular discriminación y explicación de sus vínculos entrecruzados, se encuentra característicamente toda la clave teórica de Magallanes y, en general, de este gran autor que accedió al máximo favor contemporáneo de los lectores del siglo XX. Pero Magallanes posee además ese valor cenital que corresponde a toda narración grande de personaje y aventura que atisba la visión épica que aúna en forma primordial de humanidad la vida histórica y el hombre.
     Zweig viajó desde muy joven a la India, América y a la Unión Soviética. En 1936 prohibieron sus libros en Alemania. En 1938 viajó a Portugal y en 1941 decidió exiliarse voluntariamente en Brasil. Zweig es reconocido en el mundo literario por su capacidad narrativa, la delicada atención que dedica a expresar las emociones y un estilo indudablemente elegante. Zweig leyó mucho, sobre todo en lengua española, a fin de documentarse históricamente sobre el periodo de los descubrimientos. Consultó la historia de Colón y de Fernando Magallanes (Oporto 1480–Mactán 1521), biografías que despertaron en él fuerte impresión, particularmente de admiración ante el testimonio de valentía representado en la historia de los descubrimientos y de la conjunta historia naval. Como él mismo indica, decidió redactar esta biografía para compensar el sentimiento de vergüenza que le producía que se hubiera escrito tan poco sobre Magallanes (“aus Beschämung”); también que su hazaña hubiera quedado al margen y hubiera trascendido tan poco. Por ello le interesó la difusión de lo que denominó la “segunda Odisea” (“andere Odysseusfahrt”) o “la mejor odisea de la historia de la humanidad” (“die herrlichste Odyssee in der Geschichte der Menschheit”). En su emigración a Brasil y Argentina, Zweig traza un paralelismo entre su marcha al exilio definitivo de Sudamérica y el viaje de Magallanes. Fue la impaciencia originada por un trayecto tan largo y las emociones derivadas de tal viaje, siempre con el mismo cielo azul y las mismas gentes en el barco, rumbo hacia lo desconocido, aquello que suscitó en él la idea de proyectar una aproximación psicológica a la gesta de este gran navegante europeo y a la historia de los descubrimientos. Así se gestaron las condiciones para la creación de esta novela histórica. Zweig se documentó para narrar tanto con imaginación como mediante sentido realista esa proeza de la humanidad que durante mucho tiempo fue efectivamente uno de los más grandes sueños de los navegantes: dar la vuelta al mundo. Recondujo su sentido investigador en el empleo de códices como los de Ptolomeo, informes como los de Marco Polo, bibliografía sobre Ibn Baṭṭūṭa, además de acudir a estudios sobre la idea original del príncipe de Portugal, el infante Enrique el Navegante. Ya en la niñez habían impresionado a Zweig los viajes de ultramar de los conquistadores así como de los héroes anónimos, y dedicó sus esfuerzos a transmitir una parte de la historia naval que contiene la lucha contra los elementos naturales por océanos inexplorados, con lo que él denomina la “lengua del triunfo” (p. 170). Zweig quiso subrayar el papel del soldado desconocido, de los millares de soldados anónimos que iniciaron aquellas campañas por la conquista del mundo; muchos de ellos morirían de hambre y sed, otros serían asesinados por los indios o cayeron prisioneros; sólo unos pocos sobrevivirían para contar la aventura y uno sólo concentraría la gloria imperecedera del hecho conjunto (p. 39).
     Zweig se propuso transformar ese relato histórico en una miniatura más de la obra que compendia sus Momentos estelares de la humanidad, y que fue ampliando hasta convertirla en obra significada en el mundo literario. Según Zweig, el destino había señalado en los astros a un hombre que debía pagar un amargo tributo (p. 158) a cambio de un poco de felicidad.




Es precisamente en lo increíble que ha llevado a cabo, como la humanidad renueva la fe en sí misma (p. 12). („aber immer gewinnt nur an dem Unglaubhaften, das sie geleistet, die Menschheit ihren Glauben an sich selbst zurück“, p. 10).



     Zweig inicia la novela con un capítulo titulado Navigare necesse est, frase atribuida por Plutarco a Pompeyo en Vidas Paralelas, en el sentido de que lo importante es sobreponerse a las dificultades para lograr una meta elevada. Es de destacar que en la obra original en lengua alemana se desliza algún error importante pero comprensible, como llamar a Juan Sebastián Elcano, siempre “Del Cano”. Zweig emplea abundantes términos españoles, incluso frases sencillas o en imitación de la lengua castellana como los que apuntamos a continuación y que contienen sencillos errores ortográficos de influencia portuguesa o italiana: “Iffante” (p. 21), en referencia al Infante Enrique; la alusión a la “olla podrida” (p. 115); “no hay buenas estaciones” (p. 168), la referencia a las Islas Ladrones (“die Diebinseln, die Ladronen”, p. 192),; “Cabo Deseado, das ersehnte Kap” (p. 186); “gobernador dell armata” (p. 227); terra de fuego (“Feuerland”) (p. 172); tránsfuga (“Überläufer” p. 76), etc.
     Fernando Magallanes emprendió el viaje con el objetivo de conquistar las lejanas tierras asiáticas de las especias y alcanzar las mercancías índicas denominadas especiería, consistentes principalmente en pimienta, canela, nuez moscada, jengibre, quina y clavo, además de los aromas como el almizcle, ámbar e incienso y los arabicum indicum como el opio, alcanfor y la resina. Se sentía entonces en Europa una atracción hipnótica por estas rarezas exóticas orientales, todas ellas exuberantes, refinadas, distinguidas, cortesanas, costosas y preciosas, en palabras de Zweig. El viaje se convirtió en un periplo que logró dar la vuelta al mundo (“die ganze Erde zu umrunden”). Magallanes murió en Filipinas, en la isla de Máctán, cuando el trayecto ya estaba muy avanzado, como relata Zweig basándose en la crónica escrita por el italiano Antonio de Pigafetta, quien iba a bordo del barco como cronista oficial3. Zweig se inspira, pues, en estas crónicas de Pigafetta, uno de los protagonistas de la expedición, y secundariamente en el portugués Barros (p. 182) para plasmar la narración de la expedición y transmitir lo que realmente ocurrió. Se trata para Zweig del “más extenso viaje de descubrimiento”, de “la aventura más atrevida en la historia de la humanidad” (p. 108) y lo califica de gesto democrático.
     Poco se sabe de Magallanes. Zweig lo describe como un “soldado, mercader, psicólogo, geógrafo, astrónomo y conocedor de los mares” (p. 36) (“Kriegsmann, Seemann, Kaufmann, Kenner der Menschen, der Länder, des Meeres und der Gestirne”, p. 39), como un personaje de complexión pequeña, tostado por el sol, de carácter taciturno, reservado y sin especial don de gentes (p. 52). Magallanes, de origen portugués, se puso al servicio de Carlos I de España y el 22 de marzo de 1518 firmó un contrato con el rey, reproducido en el apéndice de la versión en lengua alemana, vigente desde el 10 de agosto de 1519, cuando inicia la singladura desde Sevilla. Magallanes y su tripulación partieron en cinco naves pequeñas, con 265 hombres decididos, de los que sólo regresarían 18, capitaneados en el último tramo del viaje por Juan Sebastián Elcano, pero que realizaron una de las empresas más grandes. Magallanes bautizó el tortuoso estrecho en el extremo sur de Sudamérica, el principal paso natural entre los océanos Pacífico y Atlántico, con el nombre del Canal de Todos los Santos, que la posteridad, agradecida, denominaría de Magallanes.



Resulta un puro eufemismo, para abreviar, la calificación de estrecho de Magallanes; porque, en realidad, es más bien un ininterrumpido cruce de caminos, un laberinto de vueltas y revueltas, de calas, fiordos, bancos de arena y complicadas redes líquidas, que los barcos lograban atravesar a fuerza de mucho ingenio y suerte (p. 153).



     Bautizó también la isla grande del estrecho con el nombre de “Tierra del Fuego”, hoy territorio de Chile y Argentina y un océano, el Pacífico (“il Pacifico”, Friedlichen p. 186), dada la paz monótona y, sin duda, mortal de sus aguas que provocaron escasez alimentaria, rebeliones y deserciones (“Aber wie grausam diese Friedlichkeit, welche Marter der Monotonie in dieser tödlichen Stille!, p. 186). Desorientados, ahogados en el mar y sin saber en qué dirección surcar por aquellos nuevos mares, la travesía empeoró en una cadena de necesidades y hambre, de ahí que empleara el nombre de Islas Desventuradas (p. 190), y relatara constantes peligros, enfermedades como el escorbuto y hablase de los sentimientos de incomunicación y soledad, de la calma espectral y la continua presencia de la muerte que les acompañaría en este itinerario.
     Tras muchas contradicciones como los motines de la tripulación, la difícil supervivencia y el hecho de que realmente a cada triunfo y conquista les acompañara una decepción, las naves recalaron en las islas de los Ladrones, llamadas también Islas Marianas, concretamente en la isla Guaján, muy alejada de las Islas Molucas o de las Especias, supuesta meta del viaje. El sufrimiento más terrible fue el de la desesperanza agravada con el sentimiento de hallarse errantes en el desierto del océano (“die Qual der enttäuschten Hoffnung (…), denn wie in der Wüste”, p. 189). Por fin, tras casi dos años cruzando mares desconocidos, el 6 de marzo de 1521, avistaron tierra. Se trataba de la isla de Suluán, bautizada como Isla de San Lorenzo, al sur del archipiélago filipino. El 16 de marzo llegaron a la isla de Yunagán, lo que significó que fueron los primeros europeos en divisar las Islas Filipinas, a las que Magallanes llamó Islas de San Lázaro. Dos meses después Magallanes moriría de manera inesperada, en la isla filipina de Mactán (Cebú) un 27 de abril de 1521. A su muerte le sucedió Juan Sebastián Elcano como capitán de la nave Trinidad, quien sí que logró con el resto de los 18 hombres supervivientes de la tripulación, finalmente atracar en Sevilla, un 8 de septiembre de 1522, con una sola nave, la Victoria. De esta manera destacadamente heroica se produjo la primera circunnavegación del mundo (“die erste Umrundung der Welt”, “die Weltumsegelung”).
     Una vez descubiertas las Islas Filipinas y desaparecido Magallanes, el resto de la tripulación discurrió penosamente por el laberinto insular que los condujo posteriormente a Mindanao y Borneo. El 6 de noviembre llegaron a las islas Molucas de Ternate y Tidore y hallaron allí por fin todo lo que ansiaban los europeos. Esta travesía final desde el archipiélago malayo comenzó el 13 de febrero de 1522 cuando salieron de un puerto de la isla de Timor. Efectuaron un breve y arriesgado trayecto a Cabo Verde desde donde partieron el 13 de julio. Atravesaron el Océano Índico y doblaron el Cabo de Buena Esperanza al que instintivamente dieron el nombre de Cabo de las Tormentas. Después bordearon toda África sin hacer escala en ningún puerto. Por fin, el 4 de septiembre de 1522, casi tres años después de haber salido del hogar, avistaron el cabo de San Vicente. El día 6 de septiembre se coronaba el hecho más grande de la historia de la navegación con la llegada a San Lúcar de Barrameda. Finalmente, el día 8 de septiembre atracaron en Sevilla.
     En su vuelta al mundo siempre rumbo al oeste, se les había escapado un día. Cuando Pigafetta comunicó el singular fenómeno de que el tiempo y las horas son diferentes en las distintas latitudes del planeta, los humanistas del siglo XVI se admiraron. Habían demostrado indiscutiblemente que la Tierra es una esfera que gira y que todos los mares forman un solo mar continuo. En un cuarto de siglo, con Colón y con Magallanes, la humanidad aprendió más de su hábitat que todos los siglos anteriores. Con ellos comenzó verdaderamente la Edad Moderna.
     Las ediciones en lengua española de la obra titulada Magallanes. El hombre y su gesta se distinguen en particular por la carencia de esos apéndices muy útiles y contienen únicamente el texto traducido. Las primeras traducciones fueron difundidas desde Barcelona por la editorial Juventud, pero hay que constatar que se trata de dos traducciones diferentes. La traducción de José Fernández Montesinos, empleada para el estudio actual en su edición de 2005, se publicó por primera vez en 1938, el mismo año de su aparición en alemán, y se reeditó en 1956, 1957, 1981, 1983, 1994, 1998, 1999 y 2010. Los derechos se cedieron posteriormente a las editoriales Debate (2005) y Debolsillo (2006). La segunda traducción es la de José Lleonart Maragall, que se editó en Barcelona desde 1945, 1950, 1952, 1955, 1957, 1964, 1972, hasta 1983 y en Guatemala (1957). Existen otras traducciones al español, como la versión de Alfredo Cahn, difundida en Buenos Aires (1938, 1943, 1945, 1946, 1951), México (1944, 1952, 1953, 1959, 1965, 1980) y La Habana (1970 1990) y la de Ismael Tapia divulgada en Santiago de Chile (1937). Es importante señalar que esta obra se ha traducido desde el original a prácticamente todas y cada una de las lenguas europeas.
     A continuación presentamos un extracto de la obra de Zweig a modo de antología, que contiene la llegada de Magallanes a las Filipinas y su muerte en Mactán. Seguimos la versión española de José Fernández Montesinos (1938) en su edición de 2005 en la editorial Debate (Barcelona).


MAGALLANES EN LAS ISLAS FILIPINAS

(STEFAN ZWEIG, 1938)
Antología4
Selección de Mª Rosario Martí Marco

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Magallanes descubre un reino para sí
(28 de Noviembre de 1520–7 de Abril de 1521)

     El hambre y la necesidad les acosaban, viajaban con ellos y se levantaban ante ellos amenazadoras. Su indumentaria está fuera de uso, hay desgarrones en el velamen, las cuerdas se desgastan. Hace semanas que no han visto un rostro humano nuevo, no se han acercado a una mujer, no han catado el vino, la carne fresca ni el pan reciente y, en el fondo del alma, envidian a los camaradas que han desertado a tiempo hacia sus hogares. Y así navegan los tres barcos, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta, sesenta días, y todavía no se divisa la tierra, ni siquiera un signo de esperanza que les indique su proximidad. Y otra semana, y otra, y otra más; cien días: ¡tres veces el tiempo que empleó Colón en atravesar el océano! Con mil y mil horas vacías avanza la flota de Magallanes en el espacio vacío (p. 163). Desde el 28 de noviembre, en que vieron alborear en el horizonte el Cabo Deseado, de nada habían servido tablas medidas (p. 164). Cuando Magallanes creía haber dejado atrás Cipango, Japón, en realidad había recorrido apenas un tercio del océano desconocido que, por su calma, denominó el Pacífico, como desde entonces se llamó para siempre (p. 164). Pero ¡qué cruel calma, qué martirio el de la monotonía en aquel silencio de muerte! (p. 164). Y de día en día desmejoraban (las caras) en la callada desesperación (p.164). Disminuyeron los víveres de un modo desesperante durante esa inesperada travesía, y aumentó la estrechez (p. 165). Hallamos en Pigafetta una descripción del recurso a que acudieron, desesperados, los hambrientos (...). “Llegamos al extremo de comer, para no morir de hambre, los pedazos de cuero con que estaba recubierto el palo mayor” (p. 165). Enfermaron de escorbuto. Cortejo del hambre, en medio de horribles sufrimientos (p. 166). Tres meses y veinte días navegó. El sufrimiento más terrible: el de perder la esperanza (…) como en el desierto (p. 166). ¡Miserable engaño! Al llegar más cerca vieron que la isla, y otra más allá, que, en su exasperación, denominaron Islas Desventuradas, (“die Unglücksinseln”) eran tierras de rocas inhabitadas e inhabitables, un yermo sin hombres ni bestias, sin fuentes, sin frutos (p. 167). Al fin llegó el día 6 de marzo de 1521 (…), entonces volvió a oírse aquel grito en lo alto de la cofa: “¡Tierra, tierra!” (…) con la tripulación famélica (…). Un par de sus cabañas se derrumbaron bajo las llamas, pero no se llegó a entablar un verdadero combate, porque tan inexpertos eran en el arte de matar aquellos pobres hijos de la naturaleza (…). Por fin los hambrientos españoles pudieron tener agua fresca para los que iban a sucumbir, y emprendieron la requisa de productos alimenticios (p. 168).
     Sin duda tal requisa salvó a los que estaban a punto de morir de hambre. Hubo tres días de tregua. El acopio de frutos recién cogidos y el agua del manantial habían sido un reparo para los tripulantes. Una vez reanudado el viaje, murieron todavía algunos marineros de agotamiento, entre ellos, un inglés, el único que llevaban a bordo, y aún había una porción de enfermos y extenuados. Pero lo peor había pasado. Y las naves pusieron rumbo al oeste con nuevos ánimos. Cuando, al cabo de otra semana, el 17 de marzo, volvió a surgir la silueta de una isla, y otra poco más allá, Magallanes reconoció que el destino se había apiadado de él. Según sus cálculos, debían ser las Molucas. ¡Júbilo! ¡Júbilo! Había alcanzado su objetivo. Pero ni la ardiente impaciencia de asegurarse de su triunfo lo más pronto posible podía llevarle a la precipitación o a la imprevisión. En vez de desembarcar en Suluán, la más grande de las dos islas, Magallanes eligió para anclar otra más pequeña, que Pigafetta llamará “Humunu”. La eligió precisamente porque no tenía pobladores. Magallanes creía que, por atención a los enfermos, había que evitar cualquier encuentro con los indígenas. Antes de negociar o luchar, tenían que restablecerse los tripulantes. Mandó que los enfermos fueran bajados a tierra, confortados con el agua pura y la carne de uno de los cerdos que habían cogido en las islas de los Ladrones. Ante todo, reposo. Ya quedaría tiempo para la aventura. Pero, en la tarde del día siguiente, se acercó, desde la isla más grande, una canoa con unos indígenas que daban señales de confianza y amabilidad. Les llevaban unos frutos que el buen Pigafetta desconocía y que no se cansaba de admirar. Eran unos plátanos y unos cocos, cuya agua lechosa tenía efectos benéficos sobre los enfermos. Se inició un rápido trueque, que les permitió adquirir para los hambrientos unos pescados, aves de corral, vino de palmera, naranjas y toda clase de legumbres y de frutos, a cambio de unas campanillas y unos vidrios de colores. Y, por primera vez desde hacía semanas y meses, los enfermos y los sanos volvieron a comer a su satisfacción.
     La primera impresión de Magallanes fue el hallarse ya al final de su ruta, en las islas de las Especias. Pero no eran estas las Molucas, Enrique, el esclavo de Magallanes, entendería su lenguaje. No; estos no eran sus paisanos. La casualidad les había llevado a estos archipiélagos. Una vez más habían resultado erróneos los cálculos de Magallanes, que le hicieron seguir un curso en el océano Pacífico diez grados demasiado hacia el norte. Con su error había descubierto un grupo de islas que ningún europeo había mencionado ni sospechado siquiera: el archipiélago de las Filipinas, ganando así para el emperador Carlos una nueva provincia destinada a permanecer más tiempo en poder de la Corona de España que cualquiera de las que descubrieron y conquistaron Colón, Cortés y Pizarro ( pp. 168-170).
     Unas horas, un par de días más de viaje les quedaban solamente, durante los cuales aparecieron ya los contornos de unas islas a derecha e izquierda. Por fin, al cuarto día, el 28 de marzo, un Jueves Santo, la flota abordó en Massawa para un descanso antes del último empuje hacia el objetivo tanto tiempo perseguido en vano. En Massawa, una isla diminuta, insignificante, del archipiélago filipino, que en los mapas corrientes requiere la lupa para no pasarla por alto, Magallanes vivió uno de los más grandes momentos dramáticos de su carrera. En medio de su oscura y penosa existencia, esos momentos felices irrumpieron como una llamarada, compensando con su embriagada intensidad la aspereza y pesadumbre de las innumerables horas de paciencia. El motivo exterior se disimuló esta vez más que nunca. Apenas los tres barcos forasteros se acercaron imponentes, con sus velas hinchadas, a las riberas de Massawa, la población se reunió, curiosa y alegre, en espera de los extraños. Pero Magallanes, antes de desembarcar, tuvo la precaución de enviar a su esclavo Enrique como mensajero de paz, pensando, muy cuerdamente, que a los indígenas les inspirará más confianza un hombre de tez tostada que uno de aquellos hombres blancos, barbudos, vestidos de un modo raro y armados.
     Pero entonces sucedió lo inesperado. Los isleños medio desnudos rodearon a Enrique entre charlas y risas, y el esclavo malayo se quedó atónito. Había oído primero palabras sueltas y ahora entendía lo que le decían, lo que le preguntaban aquellos hombres. El que fue arrebatado a su hogar, volvía, al cabo de los años, a oír acentos de su propia lengua. Momento memorable, pues la historia de la humanidad no puede olvidar aquel, en que por primera vez desde que la Tierra se mueve en el universo, un hombre vuelve a su patria después de dar la vuelta al mundo. Es indiferente que sea un simple esclavo. No en el hombre, sino en su destino, hallamos aquí la grandeza. Este insignificante esclavo malayo, del cual sólo conocemos el nombre que como esclavo le pusieron, Enrique que fue sacado de la isla de Sumatra al chasquido de látigo y arrastrado luego por las Indias y África hasta Lisboa, fue el primero, entre las miríadas de pobladores de la Tierra, que a través de Brasil y la Patagonia, de todos los océanos y mares, había vuelto al lugar donde se hablaba su misma lengua; a través de cien mil pueblos y razas y estirpes que dan distinta forma fonética a cada concepto, regresó a aquel único pueblo que le correspondía y por el cual era comprendido.
     En ese momento Magallanes tuvo conciencia de que había logrado su fin. Viniendo del este volvía a bordear el círculo de idioma malayo que había abandonado doce años atrás con rumbo al oeste. Pronto podría devolver sano y salvo a Malaca al esclavo que compró allí. Si esto sucedía mañana o más tarde, o si era otro y no él quien llegaba a las islas prometidas, era indiferente. Porque lo propio de su empresa quedaba ya cumplido en ese momento único que da testimonio, por primera vez y para todos los tiempos, de que el hombre que avanza perseverante en el mar, ya sea hacia el sol o bien contra su curso, tiene que volver necesariamente al mismo sitio de donde salió. Lo que los más sabios sospechaban hacía miles de años, lo que soñaban los ilustrados, acababa de demostrar que era cierto, con su tesón, un hombre único. La tierra es redonda. Ahí tenéis un hombre que la ha rodeado (pp. 170-172). Magallanes había encontrado el derrotero occidental de las Indias que en vano buscaron Colón, Vespucio, Cabor, Pinzón y otros navegantes. Había descubierto tierras y aguas que nadie vio anteriormente, había cruzado con éxito un océano inmenso antes que otro europeo, antes que hombre alguno de todos los tiempos (p. 173). Pero el más íntimo peligro de un hombre está en su propio genio, y el genio de Magallanes era la paciencia: su gran capacidad para esperar y para callar. Más fuerte que el anhelo de la entrada triunfal y de la gratitud que le expresara el dueño de ambos mundos era en él la idea del deber (p. 175).


La muerte ante el triunfo (7 de abril de 1521–27 de abril de 1521)

     Al cabo de seis días de mar tranquilo y feliz travesía, la flota se avecinaba a la isla de Cebú; numerosas aldeas indicaban ya desde lejos que estaba bastante poblada (p. 177). Como aliado del rey de España, el rey Carlos de Cebú había de tener desde ahora un prestigio superior al de todos los otros. No fue ligereza, sino calculada política el ofrecimiento que Magallanes hizo al rey de Cebú de asistirle militarmente si alguien se atrevía a sublevarse contra su autoridad. De forma casual, la ocasión de demostrarlo se presentó pronto. En una diminuta isla, Mactán, opuesta a Cebú, gobernaba un rajá llamado Silapulapu, obstinado rival de Humabon (p. 183).
     En esa noche de un viernes, el 26 de abril de 1521, al embarcarse Magallanes con sus sesenta hombres para atravesar el brazo de mar que separa ambas islas, los isleños dijeron haber visto sobre un tejado un pájaro negro desconocido, semejante a una corneja. Lo cierto es que de pronto, sin que nadie supiera por qué, todos los perros empezaron a aullar; y los españoles, no menos supersticiosos que los hijos de la naturaleza, se persignaron, atemorizados. Pero ¿cómo había de volver atrás, frente a un jefe desnudo y su pandilla, un hombre que había realizado el viaje marítimo más grande, solo porque se ponía a graznar un cuervo?
     Por desgracia de Magallanes, aquel jefe sin importancia tenía un aliado de primera calidad en la configuración de la playa. A causa de las rocas coralíferas, los botes no lograban acercarse a la orilla, por lo que no podían los españoles, desde el principio, poner en juego lo más importante de su acción: el fuego de mosquetes y ballestas, que solía dispersar con un solo ruido a los indígenas. Sin pensar en cubrir su retaguardia, los sesenta hombres, con sus pesadas armaduras, saltaron al agua. Los restantes permanecieron en los botes. Magallanes iba al frente, porque “como buen pastor, no quería abandonar a su grey”, escribe Pigafetta. Atravesaron con agua hasta la cintura el largo espacio hasta la costa, donde la horda numerosa de los indios les esperaba aullando, dando voces y blandiendo los escudos. Y pronto chocaron los dos frentes.
     La más fidedigna de las diferentes descripciones del combate puede ser la de Pigafetta, que, seriamente herido por una flecha, perseveró cerca de su amado capitán. “Saltamos al agua ―dice―, que nos cubría hasta el lomo, y tuvimos que chapotear hasta la playa, que estaba a dos buenos tiros de arco, mientras nuestros botes tenían que quedar atrás a causa de los arrecifes. En la playa encontramos mil quinientos de los isleños repartidos en tres grupos que, en medio de un griterío horrible, se precipitaron hacia nosotros. Dos de los grupos nos envolvieron por los flancos, y el tercero nos atacó de frente. Nuestro capitán dividió sus hombres en dos grupos. Nuestros mosqueteros y ballesteros hicieron fuego durante media hora desde los botes, pero nada consiguieron, porque sus balas, flechas y picas no podían, desde tan lejos, llegar a atravesar los escudos de madera, y a lo sumo, herían en los brazos al enemigo. El capitán, viendo esto, dio en voz alta la orden de no tirar más ―es evidente que para ahorrar municiones en previsión del ataque final―, pero no le oyeron. Al ver los isleños que nuestros disparos les causaban poco daño o ninguno, ya solo pensaron en el avance. Gritando cada vez más alto, saltando de un lado a otro para evitar nuestros tiros, resguardados por sus escudos, se nos acercaron en masa, arrojándonos flechas, picas y lanzas de madera con la punta endurecida al fuego, piedras y lodo, hasta el punto de no darnos lugar para defendernos. Algunos de ellos llegaron a arrojar alabardas con puntas de bronce contra nuestro capitán”.
     “Este, para meterles el miedo en el cuerpo, envió alguno de los nuestros con orden de incendiar sus cabañas, lo cual los enfureció más. Acudieron algunos de ellos al incendio, que devoró veinte o treinta viviendas, y mataron a dos de nuestros hombres. Los isleños restantes, acrecentada su cólera, se precipitaron hacia nosotros. Al darse cuenta de que nuestro busto quedaba defendido bajo la cota, pero no las piernas, fueron estas el objeto de sus golpes. Al capitán le atravesaron el pie derecho con una saeta envenenada. Enseguida dio la orden de retroceder al paso. Pero casi todos nuestros hombres huían a la desbandada, de modo que solo quedaron con él seis u ocho, y como cojeaba desde hacía años, nuestra retirada era más lenta. Expuestos por todos los lados a las lanzas y piedras que el enemigo arrojaba sobre nosotros, no había resistencia posible. No nos servían las bombardas que teníamos en los botes, porque lo superficial del agua en aquel sitio obligaba a quedarse demasiado lejos. Íbamos retirándonos paso a paso, sin dejar de luchar un momento, y estábamos ya a un tiro de arco de la playa, con agua a la rodilla; pero los isleños no dejaban de seguirnos tercamente, cogiendo a su paso los venablos que antes nos habían lanzado; de manera que podían servirse de los mismos cinco o seis veces. Habían notado la presencia del capitán y él era su blanco preferido; dos veces dieron en su casco, que rodó al suelo. Pero él, con los pocos que le rodeábamos, mantenía su puesto sin intentar ya retroceder; y así luchamos más de una hora hasta que uno de los indios logró dar en la cara al capitán con un proyectil de caña. Encendido en cólera, Magallanes atravesó el pecho del atacante con su lanza; pero esta quedó clavada en el cuerpo del muerto, y al intentar el capitán desenvainar la espada no pudo acabar su acción, porque una pica que le lanzaron le hirió en el brazo. Cuando los contrarios se dieron cuenta, se precipitaron contra él, y uno de ellos le abrió tal herida de un lanzazo en la pierna izquierda que le hizo caer de bruces. Enseguida, todos los indios se le echaron encima y le acribillaron con lanzas y otras armas. Y así quitaron la vida al que era nuestro espejo, nuestro consolador y fiel caudillo”.
     De este modo insensato acabó, en el momento más alto y magnífico de sus realizaciones, el navegante más grande de la historia, en una miserable escaramuza contra una horda de isleños desnudos. ¡Un genio que, cual Próspero, había dominado a los elementos, venciendo todas las tempestades y sometiendo a los hombres, fue vencido por un ridículo insecto humano, llamado Silapulapu! Pero tan torpe desdicha sólo podía quitarle la vida, no la victoria; porque, estando ya coronada su empresa, después de un logro tan por encima de los demás, su destino individual fue casi indiferente. Por desgracia, la sátira siguió de cerca la tragedia: los mismos españoles que pocas horas antes miraban endiosados, por encima del hombro, al príncipe de Mactán, se humillaban ahora hasta tal punto que, lejos de ir por refuerzos y arrebatar el cadáver de su capitán a los que le mataron, mandaron tímidamente a un intermediario a Silapulapu para que tuviera a bien devolverles el cuerpo, que pretendían recuperar a cambio de un par de cascabeles y de unos trapos de colores llamativos. Pero con gesto más airoso que el de los no muy heroicos compañeros de Magallanes, el desnudo triunfador desechó el tráfico. No sería él quien vendiera por unos espejillos, abalorios y terciopelo de colores el cadáver de su enemigo. El trofeo valía más. A través de todo el archipiélago se había divulgado ya que Silapulapu el Grande había derribado al extranjero señor de rayos y truenos con la misma facilidad que se coge un pájaro o un pez.
     Nadie sabe lo que hicieron aquellos míseros salvajes con el cadáver de Magallanes, a qué elemento dieron su parte mortal: si al fuego, a las olas o al aire devorador. No hubo testigo, ni rastro de su tumba. Todo vestigio de aquel hombre que arrebató al océano infinito su último misterio desapareció en el misterio de lo desconocido.


La vuelta sin el caudillo (27 de abril de 1521–6 de septiembre de 1522)

     Ocho muertos dejaron los españoles en la lamentable escaramuza contra Silapulapu, una cifra insignificante en sí misma. Pero la pérdida del jefe señala aquel día como el de una catástrofe (pp. 186-191). Destituyeron al bajá y pusieron en su lugar el triunvirato formado por Gómez de Espinosa como capitán del Trinidad, Juan Sebastián Elcano como capitán del Victoria, y el piloto Poncero en calidad de gobernador de la Armada (p. 199).

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1  Stefan Zweig, Magellan, Der Mann und seine Tat, Nachbemerkung des Herausgebers Knut Beck, Frankfurt a. M., Fischer Tachenbuch Verlag, 2011, 293 pp.
2  Stefan Zweig, Magellan. Der Mann und seine Tat, Wien, Herbert Reichner Verlag, 1938, 373 págs. Contiene una selección magnífica de 40 ilustraciones de las que aquí ofrecemos una selección.
3  Cf. Antonio Pigafetta, Primer viaje alrededor del mundo relato escrito por el caballero Antonio Pigafetta, editor Manuel Valls y Merino, Imprenta de Fortanet, Madrid, 1899. Traducción del original que no se conserva: Il viaggio fatto da gli spagniuoli a torno a'l mondo, Venezia, L. A. Giunta, 1536. Cf. Antonio Pigafetta, Die erste Reise um die Erde. Ein Augenzeugenbericht von der Weltumsegelung Magellans 1519-1522. Herausgegeben und übersetzt von Robert Grün, 18 Abbildungen und 2 Karten, Stuttgart, Edition Erdmann in K. Thienemanns Verlag, 1983 (1968).
4  Stefan Zweig, Magallanes. El hombre y su gesta, traducción de José Fernández, Barcelona, Debate, 2005, 221 páginas.

APÉNDICE ICONOGRÁFICO:

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1.
Retrato de Magallanes que se encuentra en la colección de retratos
del Archiduque Fernando del Tirol.

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2.
El emperador Carlos V en 1520.  Grabado dede Hyeronimus Hopfer.

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3.
Puerto de San Lucar de Barrameda (España).Grabado en cobre de la obra de viajes 
Reisewerk de Theodore de Bry, 1594.

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4.
Sudamérica. Fragmento del mapa del mundo en la Cosmopraphie de Sebastian Münster, Basilea 1544.

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5.
Barcos en las Islas de los Ladrones. Grabado en cobre  de la obra de viajes 
Reisewerk
de Theodore de Bry, 1594.


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6.
La muerte de Magallanes. Xilografía de la
 Cosmographie Universelle de Trevet (1575).

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7.
Primera página de la 
Crónica del Primer viaje alrededor del mundo de Antonio Pigaffeta en la Ambrosiana de Milán.

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8.
Magallanes. Xilografía del libro del holandés Arnold Montanus, 
Die Unbekannte Neue Welt oder Beschreibung des Weltteils Amerika, en traducción al alemán de Olfert Dapper (1673).

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9.
El Viaje de Magallanes, Viena, Ed. de Herbert Reichner, 1938.