Amor de obrero filipino

De la colección Aurora social por Pedro Alejandro Paterno.
(Manila: Imprenta “La República,” 1910)

(
Versión abreviada por Manuel García Castellón)



Dalaga1 gentil era Maring, con la esbeltez de nuestras cañas cimbradoras, con todo el albor de las sampaguitas, imagen de la propia patria . Berto, su novio, indio moreno y de espaldas hercúleas, era admirado y querido en los talleres, a no ser por uno que lo deseaba muerto: tal era Máximo, inspector de la fábrica donde trabajaban Maring y Berto. Máximo, hombre crapuloso y mísero, deseaba a Maring en un continuo y loco delirio.
....Aquella noche, terminado el trabajo, Berto buscó a Maring como de costumbre. Fue ella misma quien se le acercó:
¡Joy! ¿Por dónde mirabas, bobo? ¿Acaso no sabes que salgo por aquella puerta, y que salgo la última para poder unirme a ti sin escándalo?
....Fue entonces cuando en la esquina les saltó un hombre al encuentro. Era Máximo. Los ojos le despedían llamas.
— ¡Alto a los dos! Y tú, Maring, prepárate a venirte conmigo; lo mando yo, y me voy a morir si no me amas.
....Le estalló en pleno rostro la carcajada de Berto, el desdén de ella, la burla de los dos amantes. Ciego de rabia, Máximo quiso coger del brazo a Maring, pero Berto, alzándose como un tigbalang,2 le asestó un puño en pleno pecho. Máximo cayó sobre el barro, y sobre su cuerpo tendido pasaron Berto y Maring.
— ¿Le has dado muy fuerte? Parece muerto.
— No –contestó él. Le pegué en sitio donde no se puede matar; además, no le di con gran fuerza, pero ay de él si de nuevo intenta burlarse de nosotros; le parto el cráneo como a un butikí.3
....Siguieron hasta la calle de la Loma, donde ambos vivían, el uno cerca del otro. Pasaban todavía tranvías, coches y automóviles, gente rica y dichosa. Ellos ni siquiera los veían; no podían envidiarlos, más ricos, más dichosos. La noche guardó entre tinieblas sus secretos. La abuelita Nanay fue muy tonta al preguntarle a Maring si estaba cansada.
— ¿Cansada yo? ¡Qué tonta, Nanay!


..1..Dalaga: muchacha, en tagalo.
..2.Tikbalang: En el folklore filipino, humanoide fantástico y feroz, medio equino, que habita en las selvas y acecha a los viajeros extraviados para despedazarlos.
..3.Butikí: Especie de salamandra o lagartija.


Cap. II

Manila despertaba temprano, como una obrera. Berto pasó por casa de los abuelos de Maring, donde ella vivía, para ir juntos a la fábrica. Ella estaba aún en la cocina, haciéndose un chá 4 para desayunar con un trozo de bibinca,5 los ojos cargados de sueño todavía. Berto la besó en la nuca, sobre la mata de pelo.
— Hoy va a ser un gran día. He besado mi reliquia.
....Hervía el té. Comieron queso. Con queso la bibinca sabía mejor. Salieron juntos hacia la fábrica. Allí, el dios Trabajo los esperaba con los brazos en cruz, pronto al abrazo divino y redentor.
— Cuando estés preñada te parecerás a la divina Pastora, verás.
....Tenían fijada la boda para mayo, mes de las flores, cuando el bató bató canta dulcemente.
....Llegaron a la fábrica. Con lo primero que se dieron de manos a boca fue con Máximo. Berto habló recio:
—¡El perro de la fábrica!
—¿Perro? ¡Ya se te caerán las carnes cuando veas cómo muerde este perro, insolente!
....Quedaron los insultos en el aire. La provocación estaba en pie.
....Maring tenía miedo de aquel hombre solapado y miserable. Ya en la faena, pensó que Berto confiaba demasiado en sus brazos, sin saber que se mata por detrás y el valor y la fuerza son un mito ante el acero de la traición.


..4.Se trata de la infusión del té. Transcripción más afín al original chino, “t´shai.”
..5.Pastel, generalmente a base de harina refinada, miel, leche de coco y cardamomo.


III

Lloviznaba. La noche era negra. Como la noche, también eran negras las ideas de Máximo. Apoyado en un poste de luz eléctrica hablaba con dos malquistos:

— En aquella esquina le salís al encuentro. Tomad, a dos pesos cada uno. No le matéis, pues si no hay crimen la justicia no intervendrá. ¡Hala, a vuestros puestos! No deben tardar ni cinco minutos más.

....Se fueron los malhechores y él quedó solo. A poco oyó la voz de Maring pidiendo socorro. Oyó luego la voz estentórea de Berto llamándoles cobardes. Atravesó corriendo la calle hacia la esquina de la emboscada y allí vio a sus dos matones, tendidos y maltrechos. Inmediatamente, Berto cayó también sobre él como un rayo, llamándole canalla.
....Estaba sobre el barro, sólo, herido a golpes. La lluvia le lavaba la sangre de la cara. Se juró a si mismo matar a Berto.



IV

....Berto iba siempre prevenido, como se lo mandaba su Maring. Máximo, después de faltar una semana a la fábrica, pues molido a golpes, reapareció al fin más soberbio y desfachatado, más lleno de requiebros y de proposiciones de amor a la linda cigarrera. Se propuso rendirla con halagos. Fue al departamento donde ella trabajaba y se le acercó suavemente:
— Trabaja usted mucho, y no está hecha para el trabajo.
— El que no trabaja, que no coma—dijo ella.
....Era obvio que Maring no quería tratos, pero él estuvo como media hora hablándole, so pretexto de la inspección. Después se largó satisfechísimo de haber gozado con la dulce voz y el dulce mirar de Maring.
....Ella quedó inquieta. ¿Cuáles serían los propósitos de aquel hombre que ahora venía en son de paz, fingiendo humildades y ternuras, como si nada hubiera pasado? Se lo confió a Berto al salir de la fábrica.
— Bah, déjalo. Nada ha de conseguir. Yo no lo pierdo de vista. Lo que me temo es que alguna vez tenga que aplastarle la cabeza como a un dahon palay 6 para que deje de escupir veneno—la serenó Berto.
....De pronto en la calle surgió la alarma; se oyeron gritos, carreras, un galopar desbocado de caballos que, espantados por el tranvía, se habían desbocado; luego de estrellar al cochero contra un poste venían como rayos, llenos de espuma los belfos, arrastrando el carruaje en el que una pobre señora con dos niños gritaban pidiendo auxilio en congojas de muerte.
....Como un relámpago, la idea generosa se abrió paso en el pecho de Berto. Vio como en una película cinematográfica el peligro de aquellos débiles seres, solos y arrastrados a la muerte, a hacerse pedazos en la calle. Corrió al encuentro de los caballos sin oír los gritos de Maring, que querían robarle al peligro.
....Pero él ya estaba en medio de la calle. Los caballos, al ver el estorbo, torcieron hacia otro lado, pero Berto ya se había cogido de las riendas de uno y tiraba con todas sus fuerzas de coloso.
....Y al fin pararon rendidos, rota la boca de uno de los animales. Ya él sonreía ante las posibles víctimas que había hurtado a la muerte. La señora del coche le daba las gracias. Le daba dinero. Él rehusó tomar ni un sólo céntimo, balbuceando excusas, confundido:
— Gracias, señora. Yo tengo dinero, yo soy obrero. Guarde usted eso para los pobres, para las viejas.
Llegó el cochero al que se le habían soltado los caballos. Venía herido y lleno de barro. Se subió al pescante y arreó. El coche se perdió calle abajo con la señora y los niños, que aún iban llorando de miedo. Berto se volvió a Maring, quien todo lo había visto y que temblaba todavía de miedo:
— Bueno, vamos, no te pongas tan pálida. ¿Ves que no fue nada? Pero si no llego a detenerlos, sabe Dios que hubiera sido de la señora y chiquillos.
....En el mismo brazo salvador, férreo, se apoyó la amante. Cada día, nueva admiración por la fuerza y el valor de su amado le estrechaba más contra su hermoso corazón.


..6.Ahaetulla prasina. Serpiente de forma aplastada, propia del sureste asiático.

V

Pasaron días y días. Una noche, Maring y Berto se hallan en casa de Capitán Anyahan 7, vecino de la calle del mismo nombre, del distrito de Santa Cruz, donde se celebraba un duplo, velada de esas en que vecinos y amigos se reúnen para aliviar la pena de una familia enlutada. Tras las oraciones por el muerto, para entretener a los tristes se cuentan leyendas, se proponen charadas, se recitan y hasta se canta, según el humor y saber de los concurrentes. Aquella noche, luego que algunos jóvenes filósofos concluyeran sus historietas y mostraran sus juegos de prestidigitación, los dueños de la casa pusieron en manos de Maring una guitarra para que cantara un kumintang 8 en su lengua vernácula, que traducido decía así:

Cuando estés ya muy lejos por esos mares
y en lo mucho que sufro pienses a solas,
si exhalas un suspiro por mis pesares,
¡mándame tu suspiro sobre las olas!

Cuando el sol fulgurando desde el Oriente
rompa las grises gasas de las neblinas,
si una oración murmuras por mi alma ausente,
¡deja que me la traigan las golondrinas!

Cuando apague la tarde sus áureas galas
y en tinieblas se truequen las nubes rojas,
¡mándame un dulce beso sobre las alas
de las brisas que cantan entre las hojas!

Que yo, cuando la noche tienda su manto,
yo, que llevo en el alma su sombra bruna,
te enviaré con mis lágrimas mi pobre canto.
en la pálida y triste luz de la luna.


....Al terminar Maring su canto, un murmullo de satisfacción corrió de oído en oído, al modo tagalo, sin aplauso, celebrando la letra del kumintang, que había arrancado lágrimas de ternura a las dalagas. Y sin perder tiempo para que no se enfriara el ambiente, el dueño de la casa, Capitán Anyahan, se acercó a Berto y le suplicó recitara alguna composición de su Antología filipina. Berto, desde el rincón de la caída,9 donde se hallaba ensimismado aplaudiendo secretamente el éxito de su Maring, se levantó para obedecer al guinoo10 que le suplicaba. Con voz clara recitó la siguiente poesía:


AL LIMBÁS11

Limbás que te alzas raudo al firmamento
para perderte en ascensión gigante,
perdona tú si mi atrevido acento
perturba tus dominios un instante.

La gloria de tu anhelo fulgurante
la llevo yo en mi propio pensamiento,
y si portas la fuerza de un atlante
también sobra a mi espíritu el aliento.

Tú sobre el viento, yo sobre la tierra,
raudo limbás, los dos somos pequeños
y son falsas mis glorias y tus galas.

La misma suerte nuestra fuerza encierra.
¡Tú que puedes volar, no tienes sueños;
yo, que puedo soñar, no tengo alas!


....Cierto día, un carabao negro y rabioso, manchado de barro todo, cruzaba arremetedor por la vía; los transeúntes se apartaban corriendo; alguna carromata había ya salido mal parada; algún caballo herido, y eran en vano los tiros de revólver que más de un policía había disparado al animal. Éste seguía soberano de la calle, terror de las gentes, sin que nadie se atreviera a hacerle frente.,
....El carabao, nuestro búfalo oceánico, tan pasivo, tan humilde y trabajador, tiene cuando se enfada todas las fuerzas y furias de un baguio. Maring temblaba a a la aproximación del bruto, que les cogía de espadas; venía vertiginosamente, encendidos los ojos, lanzando resoplidos, haciendo retemblar la tierra bajo sus pesadas patas, alzando una nube de polvo. El animal iba a embestir a un niño de pocos años que la madre descuidada había dejado jugar por el arroyo. Ahora, Berto, que por la cola retenía al carabao con sus dos manos de hierro, gritó al nicho que se alejara. El niño salió corriendo; se perdió en su casa en los brazos d su madre, que le salió al encuentro.
....Las piernas de Berto flaqueaban, las venas de sus brazos hinchadas, que parecía que iban a estallar. Forcejeaba aún buscando con los ojos algún sitio, cuando sintió que sobre él pasaban dos tiros providenciales que hicieron huir al animal. Eran unos policías que venían persiguiendo al bruto. Tras ellos venía Maring, pálida de terror y de admiración.
....Entraron en una sucursal de “La Perla,” y allí don Engracio Monroy le dio a Berto una copa de coñac. Berto, todavía mareado, bebió el licor vigorizante de un trago. Maring, hablaba temblorosa, sin una gota de sangre todavía en la cara y las manos; Berto, estaba contento, ufano de haber salvado a un niño.


..7...Capitán era el título dado a los tenientes de alcalde en tiempos coloniales.
..8...Balada originaria de la región de Batangas. Suele acompañar la danza del mismo nombre, con música de guitarra y/o laúd.
..9...Galería interior en las casas de Manila. (Diccionario de la Real Academia Española)
..10.En la Filipinas prehispánica, el guinoo o maguinoo era un notable, miembro de la clase que, más tarde y entre los españoles, sería conocida como principalía.
..11.Ave de presa filipina, parecida al halcón, que emite un característico canto al levantar el vuelo.


VIII

En aquella semana no se hablaba en la fábrica de otra cosa más que de la última proeza de Berto. Repetíase de una sala a otra que, si Berto quería, de un puñetazo tiraría cualquiera de aquellas máquinas de hacer cigarrillos, que tenía una fuerza sobrenatural. Se recordaron otras heroicidades de aquel Hércules, y poco a poco le iba rodeando a Berto una aureola de Quijote malayo con la única diferencia de llevar Berto el hierro de la armadura en las propias carnes, pero siempre dispuesto a desfacer entuertos y esgrimir el mandoble de su brazo, todo en gloria de Dios y de su dama Maring.
....Vino Máximo so pretexto de inspección, como todas las veces, sonriendo conejilmente para mostrarse agradable, quizás para mostrar dos dientes de oro. Como nunca, aquel día le pareció a Maring repugnante y mísero. Venía siempre oliendo a perfume barato, siempre moviendo, viniera o no al caso, la mano derecha por lucir un anillo de tumbaga con cuatro diamantes falsos como él.
....Pocas ganas de conversación tenía la novia de Berto, y aquello se iba poniendo bastante feo. Hacía meses que Máximo venía desarrollando su nuevo y pacífico plan de campaña, pero infructuosamente; sin embargo, no desesperaba, y aunque ella cada día le mostraba más repugnancia, él, cogido al clavo ardiendo de alguno leve sonrisa provocada por alguna de sus muchas estupideces, que la otra reía burlonamente, se creía con derecho a esperar algo.



IX

Que había que cambiar de táctica y teorías, era cosa de todo punto indiscutible. Así lo comprendía Máximo, en plena convicción ya de que sus planes de astucia caían a tierra como pájaros golpeados en la frente.
....Y devanábase los sesos en pensar de qué modo podría hacer. Caviló y caviló. Luego, irguiéndose de pronto, se dispuso a jugarse el todo por el todo dirigiéndose al departamento donde Maring trabajaba. Ahora sabría ella lo que era jugar con fuego, pisotearle el alma, burlarse de su adoración. Ella y Berto saldría expulsados de la fábrica como Adán y Eva del Paraíso. Él sería el ángel de la espada flamígera que ordenaría la expulsión. Eso, eso; todas las fábricas estaban llenas, sobraban obreros en Manila. Eso, eso; o quererle a él, al gran inspector, o ir a morirse de hambre lejos, muy lejos de sus ojos. Berto iría a parar a Bilibid12 y ella, Maring, se prostituiría.
....Sonrió. Le daban gloria ahora esas ideas. Los ojos pequeños le brillaban dentro de las órbitas. Y así, sonriendo, se acercó a Maring, quien una vez más le contestó adustamente al saludo empalagoso. A sus indecorosas proposiciones, ella respondió escupiéndole en la cara las palabras, mientras sus manos jugaban con unas enormes tijeras, prontas a herir:
— Usted es un cerdo, un babuy13 inmundo, muerto de hambre de mujeres. Váyase a hacerle esas proposiciones a las volanderas de Sampaloc. A mujeres como yo, ni se atreva, porque aunque no fueran honradas, no podrían encapricharse con un mico de su especie.
....Aguantó él el chaparrón de injurias, con vergüenza infinita al ver que las otras obreras todo lo oyeron. Él se fue con el rabo entre las piernas, acentuando más la sonrisa, la sonrisa sardónica que ahora tenía tonos lúgubres.


.12.Célebre prisión de Manila, instituida por España en 1865 por Real Decreto. Sirvió de campo de internamiento para los independentistas. En época posterior sería utilizada tanto por los japoneses cuanto por los aliados.
.13.Babuy: cerdo, en tagalo.


X

Se comentaba entre los obreros la nueva heroicidad de Berto. El hecho, triste hecho que casi a diario presenciamos en nuestra Manila culta, capital de la región oceánica, era que un policía americano intentó atropellar a un pobre obrero en la misma puerta de la fábrica. El obrero, acobardado ante el corpachón y la porra policíacos, aunque en nada había faltado, se rendía con esa maldita pasividad que entre nosotros parece ya signo de esclavitud por ignorarse los propios derechos cívicos. Y Berto, que todos los días aprendía algo en el Manual del ciudadano filipino, sabedor de hasta dónde alcanzaban sus derechos y terminaban sus deberes para no caer en desacato de las autoridades, retó al poder. Berto puso en evidencia el cesarismo de los diocesillos callejeros, y ante las repetidas órdenes de que callara gritó más, y amenazó con golpear al rubio guardia. Al sonar la campana de la fábrica, los obreros entraron, con Berto a la cabeza, dejando al polís plantado en medio de la calle sin poder hacer nada contra Berto, que sabía ejercitar sus derechos.14
— ¡Bien, Berto!
— ¡Bravo, Berto!
— Tú no temes a nadie; eres como Tasio.15

....Sonó una voz agria y destemplada sobre la cariñosa ovación al obrero digno. Era la voz del inspector, de Máximo.

— ¡Silencio todos! ¿Qué algarada es esta, brutos? ¿Os creéis que la fábrica es un meeting de esos donde os ponéis como locos vociferando lo que ni siquiera entendéis? ¡Aquí se viene a trabajar, pedazos de bestias, y al primero que rechiste lo echo a la calle!
....Callaron todos, encogidos bajo la arenga. Sólo un grito fresco y varonil rugió chancero:
— ¡Viva Bernardo del Carpio!16
— ¿Quién ha sido? ¿Tú, Berto?
— ¡Sí, señor!
— ¡Hombre, pues no faltaba más que esto, que también ante todos los obreros me faltaras! Te juro por éstas que hoy mismo te largas a la calle.
— ¿Yo?
— ¡Sí, señor; a la calle como un perro! ¡No vienes a la fábrica sino para armar escándalo y faltar el respeto a todo el mundo, sirviendo de mal ejemplo! ¡Todo te lo he estado sufriendo, pero lo de hoy ya no lo soporto, has rebasado los límites!
— Está bien.
....Los obreros, miedosos ante la expulsión del compañero que creían fuerte y poderoso, se apartaron de él al ver cómo había aguantado el sermón del Inspector. ¡Le tenían más miedo a Máximo que a Dios, aquella gente! ¡Qué cierto es que la esclavitud engendra tiranía! Se fueron cada uno por su lado; Máximo a buscar al jefe para avisarle de aquello, Berto a buscar a Maring para contarle la nueva canallada del inspector.
....Maring lloró al saber que su Berto ya no iría a trabajar con ella. Luego, más calmadamente, exclamó:
— Pues si tú te vas, yo me voy contigo. Tienen que echarnos a los dos.
....Oyeron ruido en el depósito de gas, junto al departamento de Maring.
— ¿Qué será eso?
— Nada, algún tubo que habrá caído. Oye, mi vida, no te apene el que tenga yo que irme, pues aunque esté fuera de la fábrica vendré como ahora, a traerte y llevarte después a casa. Nada temas, pues cielo mío, trabajo lo encontraré pronto y mejor que aquí. Puedo ganar más. Mis brazos no se han formado para liar hoja de tabaco.
....En aquel momento, otro ruido como un estallido, y luego como un crepitar de fuego, turbó a ambos. Se distrajeron de ello ante la presencia de Máximo, que así dijo a Berto:
— Tú, fuera de aquí. El jefe quiere hablarte antes de despedirte.
— Bien.
....Berto se fue, no sin dejar caer sobre el vengativo Berto una mirada de desdén y repulsión. El inspector se quedó allí, frente a una Maring petrificada y aterrada. Ya le iba a hablar cuando un estruendo acompañado de temblor cabalgó por todas las salas de la Fábrica y una ola de fuego se alzaba ante el depósito del gas, el depósito que quedaba junto al departamento de Maring.
— ¡Fuego!


.14.El texto expresa aversión a la policía impuesta por el sistema de protectorado o “mancomunidad.” Curiosamente, es con dicho protectorado, y a pesar de sus iniciales arbitrariedades, cuando los filipinos comienzan a utilizar y hacer valer el concepto de derechos cívicos.
.
15.Tasio es el personaje filósofo y a la vez reivindicativo de la novela de Rizal Noli me tangere.
.
16.En la Edad Media española, Bernardo del Carpio protagoniza una serie de proezas o pruebas de valor que, a semejanza de otro Hércules, le encomienda su rey. Celebrado en un ciclo de romances medievales y comedias áureas, a Bernardo del Carpio se le atribuyen numerosas hazañas, entre ellas la derrota de los franceses en Roncesvalles. Obsérvese la inverosimilitud del texto: los obreros de una fábrica filipina conocen un texto de la literatura medieval española, prácticamente reservado a especialistas.


XI

Estaban rodeados de un muro de llamas. Sin embargo, Máximo no la soltaba, abrazado a ella, besándola y besándola. Maring, loca, crispada ante la muerte y el deshonor, fuera de sí, sin saber cómo escapó de los brazos de aquel pulpo, clamando a Dios en su desesperación. El fuego estaba pronto a arrollarles como una ola; las paredes y el techo, prontos a desplomarse como mantos de brasas sobre ellos...
....Y afuera en la calle, gritos, campaneos, chorros de agua cayendo sobre la fábrica a través de las potentes mangas. Y en medio de todo, él, Máximo, despreciando a la muerte, luchando a mordiscos por poseer a Maring, por morir con ella ya que no podía vivir entre sus brazos.
....Miró. ¡Oh, aunque ahora quisiera no podría salir ante el fuego abrasador! Le zumbaban los oídos; la lumbre le asfixiaba. Maring, envuelta en humo antes de abandonarse, dio un grito de locura:
— ¡Berto!
....Y cayó él, Berto, como llovido del cielo, de la ventana por la que había trepado desde la calle, al saber que Maring seguía allí dentro, en el instante mismo en que Máximo se inclinaba sobre Maring para matarla con su impuro deseo.
— ¡Ah! –rugió.
....Y lo cogió del cuello y apretó, apretó fuerte, con toda su alma, hasta que el cuerpo del inspector cayó como un muñeco de trapo. Arrojó el cadáver lejos, a la nube de fuego que avanzaba cargada de rayos.17 Luego se inclinó al amor de sus amores, que yacía en el suelo. La recogió entre sus brazos y huyó hacia el balcón, todavía perseguido por las llamas.
....Abajo le tendían una red; le esperaban los que le habían visto trepar. Una bomba les echaba agua. ¡Dios misericordioso! Arrojó a Maring, cerrando los ojos para no verla caer. Después, todo chamuscado y arañado, saltó a su vez. Abajo lo recibieron los obreros con frenéticos aplausos y gritos de victoria.
....Maring estaba allí, en pie, esperándole. La habían despertado el agua y la caída. Él se arrojó a sus brazos. Se besaron con nuevo amor. Allá arriba, entre el fuego quedaba el crimen, el pecado hecho cenizas. Ellos se iban para siempre, cogidos del brazo, muy juntos, a la vida, a la gloria.


FIN

.17.“...el crimen, el pecado hecho cenizas.” ¿A qué pecado se refiere el autor, el pecado de quién? ¿A la pasión que lleva a Máximo a intentar un estupro no consentido? ¿Al homicidio perpetrado por Berto, aprovechando la turbulenta circunstancia? Fuerte como era Berto, ¿no le hubiera bastado con neutralizar al abyecto, a quien ya sabemos cobarde y más débil físicamente, y que acto seguido sea el fuego lo que se encarga de la llamada “justicia poética”? En su texto, el autor no se plantea el correspondiente problema moral, o bien quizá dé a entender un contexto social sin otra justicia que la que el héroe se pueda tomar por su propia mano. La resolución narrativa no deja de extrañar en un autor que había recibido un doctorado en Derecho Civil y Canónico.


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Tomo XIII, no.1,
Primavera 2009

Director: Edmundo Farolán




En este número:

Pedro Alejandro Paterno
Manuel García Castellón

“AMOR DE OBRERO FILIPINO”
De la colección Aurora social, por Pedro Alejandro Paterno.
(Versión abreviada
por Manuel García Castellón)


La historia del mono
El calabacín blanco
(Cuentos filipinos de la Revista Seda)
Introducción: Martín Lo Coco
Traducción: Irene Lo Coco

El escenario de las Islas Filipinas
en las crónicas y cuentos
de Emilia Pardo Bazán
.
María Luisa Perez Bernardo

Los Dominicos y los Chinos:
Los chinos (sangleyes)
como problema espiritual
y social en Filipinas
Juan Hernández Hortigüela

El enjuiciamiento
de Rizal fue justo

Guillermo Gómez Rivera

Los Revolucionarios Filipinos
y el español

Javier Ruescas

Nuevas perspectivas
para la lengua española
en Filipinas
Rafael Rodríguez-Ponga

Un siempreviva
¿Soberbia flamenca?
Dos poemas de G.G. Rivera:

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