Recuerdos de Filipinas.
Entrevista a Brooke Cadwallader
Andrea Gallo


Brooke Cadwallader Dóndiz y Clavería (Manila, 1948) nació en Filipinas de padre estadounidense y de madre filipina. Su padre (Brooke Cadwallader) había llegado de Estados Unidos después de la Primera Guerra Mundial, durante la época en la que Filipinas era una colonia americana; su madre (María del Carmen Dóndiz y Clavería), en cambio, era filipina de origen español. Cadwallader, por tanto, ha vivido en esa sociedad criolla y mestiza que ha estado presente masivamente en este país asiático hasta hace pocas décadas y que ha empezado a emigrar hacia Australia, América y Europa a partir de los años sesenta. Su testimonio es precioso porque contribuye a reconstruir la historia reciente de Filipinas desde un punto de vista privado, pero auténtico, de la evolución social, cultural, lingüística y política filipinas. Su lectura de los hechos que marcaron al archipiélago en la segunda mitad del siglo XX, no es simplemente la opinión de un testigo ocular de los eventos, sino que Brooke Cadwallader es, por afición, un fino estudioso e investigador de la cultura e historia de este país suyo; en efecto es miembro de la Asociación Española de Estudios del Pacífico (AEEP) y en sus ensayos se ha ocupado de estudiar la cultura filipina en sus diferentes aspectos con particular atención a la dimensión histórica y literaria y al aporte de la cultura hispánica. Aunque creció en la capital filipina, vive en la actualidad entre Europa y América.


A.G.: Como se ha mencionado, su padre se trasladó de Estados Unidos a Filipinas cuando ésta era aún colonia norteamericana; su madre pertenece a esa élite mestiza de cultura hispana que ha animado durante mucho tiempo (y hasta fecha reciente) la vida económica, política, social y cultural de Filipinas, un grupo que todavía está presente en el país; ¿hasta qué punto su familia era representativa de la sociedad filipina? ¿Y cómo ha cambiado la estructura social y cultural de Filipinas?

B.C.: Mi familia formaba parte de una élite y por tanto no de la sociedad filipina en general. En realidad, por razones económicas, lingüísticas y étnicas, en Filipinas no existía una, sino varias sociedades, con mayor o menor grado de interconexión. Aquella a la que yo pertenecía estaba compuesta mayormente de españoles, mestizos, europeos, norteamericanos y asiático-filipinos de habla hispana. Vivíamos en Manila o en los aledaños de ésta.

La ciudad de Manila donde pasé mis primeros 18 años quedó casi completamente destruida durante la Segunda Guerra Mundial y con ella pereció también, literal y metafóricamente, gran parte del tejido social y cultural de la preguerra. Desde luego que, en este proceso de cambio, mediaban también otros factores pero, a mi juicio, la desastrosa guerra de 1941-1945 despedazó la columna vertebral del país entero, la de mi propia sociedad inclusive. Las heridas físicas y económicas ocasionadas durante aquellos años tardaron muchísimo en curarse. A mi parecer no se han curado aún.

La cultura de Filipinas ya había ido transformándose rápidamente durante los años 20 y 30, en menoscabo de lo hispánico y en beneficio de lo angloamericano. Ésta fue también la trayectoria de nuestra cultura durante los años 50 y 60, pues ya para el año 1970 la cultura hispánica parecía revelarse sólo de modo indirecto y a esas alturas bien poco se oía hablar el español fuera de los domicilios de las familias de la élite de antaño, cada vez menor en número. La gran mayoría de la comunidad norteamericana, al igual que buena parte de la española, se marchó del país en la inmediata posguerra, pues entre los escombros de lo que habían sido su vida y su hogar se vislumbraba un futuro nada halagüeño.

A.G.: Usted lleva muchos años viviendo fuera de Filipinas, ¿cuáles han sido las razones de este cambio? ¿Simplemente el deseo de vivir fuera o también la imposibilidad de quedarse en el país como un ciudadano con todos los derechos?

B.C.: No nos convenía seguir viviendo en un país que se volvía cada vez más anti-norteamericano y anti-extranjero en general. Además el futuro económico de Filipinas seguía pareciendo oscuro y a esas alturas la grandísima mayoría de nuestra comunidad ya se había marchado.

A.G.: Hasta los años 30 el español era la lengua preferida por la élite mientras que el inglés se iba afianzando poco a poco incluso por imposición de las autoridades. ¿Cómo cambiaron las cosas en las décadas siguientes? ¿Qué lenguas se hablaban en su casa, en la escuela y en la sociedad manileña de los 50 y 60? ¿Es verdad lo que se dice, que en el seno de una misma familia era consueto hablar más idiomas, castellano los padres, inglés los hijos, etc.? Y ¿Dónde aprendió usted castellano? ¿En qué lengua se educó?

B.C.: La respuesta a esta pregunta, en buena medida, podría deducirse de lo que he expuesto más arriba: a partir de los comienzos del siglo XX, se hablaba cada año menos el español y más el inglés. Dada la implacable y persistente política educativa de EEUU, el desenlace de esta saga lingüística no podía haber sido otro. Se reduce a esto: a partir del año 1910 poco más o menos, eran poquísimos los colegios que permitían la enseñanza en español; ya para el año 1920 sólo el Ateneo de Manila tenía el español como lengua de instrucción y este mismo Ateneo pasó a adoptar exclusivamente el inglés a partir de 1925. Cerca de 1930 el inglés pesaba mucho más que el español en todos los ámbitos: el comercial, el periodístico, el industrial, el tecnológico. El castellano y las personas que lo hablaban seguían gozando de un mayor grado de prestigio en la vida social, situación que continuaba aún en los años 70 (según afirma el estudioso norteamericano Lewis E. Gleeck, Jr. en 1977). Sin embargo, a efectos prácticos el español se iba quedando progresivamente más marginado desde al menos 1910; y no poco a poco sino a pasos galopantes.

Soy de un hogar bilingüe en el que se hablaban inglés y español. En todos los colegios, tanto los públicos como los privados, se enseñaba en inglés en los años 50 y 60. El lugar asignado a la lengua tagala no debe ser tratado aquí, pues variaba mucho según la región y el tipo de escuela. Después de independizarse de EEUU, el gobierno filipino hizo obligatorio el español como asignatura en las escuelas secundarias pero este intento fracasó en parte debido a la falta de profesores preparados. Sin embargo se logró que el número de filipinos que entendían el castellano subiera apreciablemente.

Sí, era muy común que en el seno de una misma familia los niños mayores se hablaran en español y los niños menores en inglés. En los entornos familiares de muchos amigos míos, los niños nacidos antes de 1949 solían hablarse en español, mientras que los que habían nacido en 1951 y más adelante empleaban el inglés entre sí.

Yo me eduqué en inglés como todos, pero mi colegio tenía el castellano como asignatura obligatoria desde el primer año de la escuela primaria. Era ésta una situación muy excepcional, cuando no única.

A.G.: La idea de crear un idioma nacional filipino a base del tagalo remonta a la década de los años 30, ¿se hablaba filipino en los años 50 y 60 en Manila? ¿Quién lo hablaba? ¿En qué tipo de situación? ¿Y qué tipo de filipino se hablaba?

B.C.: En mi juventud, se hablaba tagalog (no precisamente el filipino, o pilipino, que no es una lengua popular sino en cierto grado sintética). Yo, por mi parte, al igual que la gran mayoría de mi comunidad, hablaba tagalog sólo con gente cuyo inglés o español era insuficiente. En mi caso particular, diré que hablaba español con un 50% de mis amigos aproximadamente, incluso con muchos que tenían, como yo, pasaporte estadounidense.

A.G.: Estrictamente ligado a la cuestión lingüística, está la cuestión nacional. ¿Cuáles eran en la posguerra las relaciones entre filipinos y la comunidad estadounidense que residía en Filipinas? A nível privado ¿había integración entre estos dos sectores? Y el grupo de origen chino ¿qué espavcio ocupaba en la sociedad que usted conoció?

B.C.: Las relaciones entre los filipinos y los estadounidenses fueron ambivalentes y muy accidentadas desde el año 1945, es decir desde antes del fin de la Segunda Guerra Mundial. Existe mucho material escrito sobre este tema tan complejo y basta decir que no todos los filipinos cantaban al unísono las glorias de los EEUU. Al decir esto me quedo corto. Incluso en pleno medio de la euforia de la victoria sobre Japón surgían diariamente dificultades y roces, a veces muy serios, entre filipinos y americanos. Había desavenencias hasta entre americanos residentes de Filipinas y representantes del gobierno norteamericano así como con miembros de las fuerzas armadas americanas, especialmente con soldados e incluso oficiales de la retaguardia. Muchos de estos soldados se enriquecían ilícitamente, aprovechándose de la confusión reinante entonces.

Al mismo tiempo fue a radicarse en Filipinas un nuevo grupo de norteamericanos oportunistas, de mediocre categoría muchos de ellos, cuyos modales, costumbres y hábitos chocaban con aquellos de nuestra sociedad compuesta de filipinos, españoles, americanos, europeos y mestizos. En resumidas cuentas, nos considerábamos “del país” y la mayoría de aquellos advenedizos americanos “recién llegados”, no.

Esta es una historia demasiado larga para ser tratada aquí pero basta decir que las relaciones entre americanos y filipinos, a lo largo de todos los años en que viví en Filipinas (1948-1972), se fueron deteriorando.

Salvo en casos excepcionales, no había integración, casi, entre estadounidenses y filipinos en la vida social. La inmensa mayoría de los americanos en edad escolar iban a la American School y solían vivir en barrios en que constituían una mayoría. Los norteamericanos frequentaban clubs privados en que se encontraban pocos filipinos, pero sí se encontraban un número considerable de españoles o mestizos de habla hispana. Insisto sobre este tema: los hispanohablantes constituían el sector social de mayor prestigio, y muchísimos norteamericanos de larga residencia en Manila se relacionaban con ellos por esta razón.

En lo que se refiere a los chinos, existe un problema de definición pues un gran número de filipinos son de ascendencia china pero no hablan chino ni son considerados como tal. Han figurado, por ejemplo, muchos filipinos de origen chino entre los más elocuentes e incondicionales exponentes y defensores de la cultura filhispánica.

Pero éstos aparte, ha habido siempre una comunidad china propiamente dicha que sí hablaba chino y cuyo grado de “filipinización” era menor. Éstos formaban una comunidad distinta y no vista con muy buenos ojos por muchos filipinos por varios motivos. Estos chinos, francamente, no formaban parte de la sociedad en que yo vivía y poquísimo contacto teníamos con ellos. Sin embargo desempeñaban un papel nada desdeñable en el campo comercial y en otros.

A.G.: La cuestión nacional con su diferentes interpretaciones es un tema candente que ha animado y condicionado el destino de Filipinas a partir de las últimas decadas de la epoca colonial española hasta nuestros días. ¿Cómo interpretaría el nacionalismo filipino? ¿Ha sido un movimineto de alguna forma inspirado por el marxismo? o ¿más bien de orientación filoamericana? o ¿ha asumido posiciones equidistantes y autónomas?

B.C.: A mi modo de ver, el nacionalismo filipino ha sido fruto de factores complejos pero sí que el marxismo ha sido un elemento importante. A estas alturas ha sido claramente comprobado que Moscú y la China continental respaldaban directamente muchos movimientos denominados nacionalistas por todo lo largo y ancho del “tercer mundo”. Esto es un hecho ya innegable. Además había periodistas que directa o indirectamente recibían dinero del Comunismo internacional dirigido principalmente por Moscú. También existían personas influidas por los comunistas, frecuentemente sin darse cuenta siquiera, acertadamente llamadas desde los tiempos de Lenin “tontos útiles”.

Sin embargo, el nacionalismo en su mayor parte no era debido al comunismo, pues antecedía a la revolución bolchevique. La verdad es que los americanos, aunque se hubieran granjeado el respeto cuando no el cariño del pueblo filipino durante la preguerra, sembraban a la vez las semillas de un eventual nacionalismo. En muchas ocasiones en la preguerra así como en la posguerra, los estadounidenses, tanto a nivel individual como a nivel político, hicieron cosas muy feas que desgastaron los sentimientos cordiales que existían entre ambos pueblos. Las crecientes oleadas de antiamericanismo se hacían sentir a partir de 1946, volviéndose más fuertes cada año. En los años sesenta el anti-americanismo se plasmó en grupos organizados que contaban con grandes números de adeptos. En muchos de esos grupos estaban involucrados los comunistas; sin embargo el anti-americanismo no podría haber llegado a esos extremos sin que hubiera habido previamente desavenencias basadas en hechos reales. Por eso sería erróneo responsabilizar únicamente al Comunismo Organizado de los sentimientos anti-americanos que, en mayor o menor medida, habían existido desde hacía décadas.

Cabe subrayar también que en la Filipinas de los años 40, los años 50 y de la primera mitad de los años 60, el comunismo generalmente era odiado, condenado sin ambages y muy castigado hasta quedar su influencia reducida casi a zero, pero aún así, el nacionalismo, y el antiamericanismo que lo acompañaba, prosperaba continuamente.

Es de notar que aunque había muchísimas manifestaciones antiestadounidenses y que estas manifestaciones contaban con decenas, y hasta con cientos de miles de manifestantes, no recuerdo que hubiera ni una manifestación organizada contra España a lo largo de aquel período, lo cual me resulta interesante.

Yo, a título individual, me sentía amenazado en mi situación de norteamericano. No todo el antiamericanismo se hacía sentir a través de grupos organizados sino se respiraba en el aire y se sentía en la calle. A diferencia de la grandísima mayoría de mis conciudadanos, yo hablaba Tagalog y tenía un buen número de amigos filipinos, incluso de clase medio baja, y cabalmente fueron éstos que me pudieron convencer que yo, en cuanto americano, no tenía futuro en el país. Tuvieron razón.

A.G.: Usted pertenece a esa generación nacida inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, guerra que en Filipinas fue particularmente cruenta, habiéndose convertido el país en campo de batalla entre Japón y Estados Unidos, ¿qué recuerda de lo que le contaban los filipinos que sobrevivieron? ¿Cuál fue la percepción de esta guerra por parte de la población civil y de la aptitud hacia los americanos? ¿Cómo recuerda esos primeros años de independencia y posguerra?

B.C.: Durante los años 50 y 60, literalmente a diario, se oía hablar de la Guerra. Prácticamente todos admiraban y adoraban al Gral. Douglas MacArthur y se sentían agradecidos a las tropas de EEUU por habernos liberado del yugo japonés. Al mismo tiempo la mayoría del pueblo, sobre todo las clases medias y altas (es decir, nuestra comunidad), tenía un terror pánico a la expansión del comunismo global; un miedo de quedarse arrinconadas por éste. La caída de la China continental en manos de los comunistas en 1949, la revolución comunista en la Indochina Francesa y la chapuza que la administración de Truman hizo de la guerra de Corea literalmente hicieron que se marchase en 1950-1951 la mitad de los pocos norteamericanos que habían decidido permanecer en Filipinas después de acabar la Segunda Guerra Mundial. Además, la guerra librada contra los comunistas en Filipinas (1946-1954) constituyó otro factor que ahuyentó a norteamericanos y a españoles por igual, reduciendo así aún más el número de personas que integraban nuestra comunidad.

Aparte de lo susodicho, aún teniendo en cuenta el aprecio por EEUU que reinaba en Filipinas, como ya he dicho, había muchos roces entre filipinos y norteamericanos en la inmediata posguerra, tanto a nivel individual como a nivel político. Además, desde bien antes de 1950 comenzaban a salir muchos libros y artículos publicados en EEUU y también en Filipinas que ponían en entredicho la gestión del gobierno estadounidense respecto al ataque a Pearl Harbor, la llamada “capitulación de Yalta”, las derrotas sufridas por las tropas de EEUU frente a Japón en 1941-1942 y sobre todo, la vertiginosa expansión del comunismo, con la aparente anuencia del gobierno americano, en detrimento de Filipinas y del mundo libre en general. Se ha escrito, y se seguirá escribiendo, mucho sobre este tema. Basta decir que en aquel tiempo la palabra comunismo era la más sucia del léxico y que la imagen de Estados Unidos como país omnipotente y super-sabio quedó muy seriamente dañada. Los resentimientos contra EEUU crecieron de forma constante durante varias décadas. Esto fue lo que nos trajo la guerra.

A.G.: La política filipina parece hoy en día ahogarse en una situación de estancamiento y parálisis, y junto con la radicalización de los problemas mundiales por un lado, y la expansión de la corrupción a todos los niveles por el otro, parece no ofrecer esperanza alguna para el porvenir. Esto facilita en mucha gente una aptitud de añoranza de esas épocas en las que un poder político totalitario si lo controlaba todo, también daba la impresión de saber gestionar cualquier problema. En el caso de Filipinas hay quien recuerda la época de Ferdinand Marcos (1965-1986) como un período positivo y de desarrollo y hay quien la considera como la catástrofe del país. ¿Qué recuerda y qué puede decir de esos veinte años? ¿Le pareció realmente un período próspero o fue en cambio un momento de decadencia moral y difusión de la corrupción a todos los niveles que pervirtió irremediablemente al pueblo filipino?

B.C.: Cabe recordar que la era de Marcos tuvo dos fases: la democrática (1966-1972), y la dictatorial (1972-1986). Como es lógico, durante esos 20 años unos prosperaron y otros no. Por supuesto que la Filipinas de 1966-1986 no fue un paraíso ni mucho menos, sino un país abatidamente pobre como lo es todavía y como lo había sido mucho antes de Marcos. Lo mismo podría decirse sobre el grado de corrupción política.

Marcos prometía un “cambio” (como dice un eslogan muy repitido en la actualidad política estadounidense) pero, como ocurre tantas veces, el “cambio” puede cobrar vida propia con resultados imprevistos. Cuando Marcos impuso Martial Law (estado de excepción) su acción fue aceptada e incluso aplaudida por un amplio sector de la opinión pública. Recibió también el respaldo de muchos conocidos “nacionalistas”.

En aquellos tiempos se percebía una situación caótica en lo político y que las cosas en general se estaban descontrolando de manera desenfrenada. La mayoría de los filipinos conocidos míos (y eran de todas clases sociales) estaban más que hartos de la política, de toda la política, con su corrupción e impotencia. Muchos de estos, filipinos de raza, me decían con toda sinceridad que quien hacía falta era un Francisco Franco; no Lenin, no Stalin, no Mao sino Franco. Muchísimos me lo decían y yo podría dar nombres. Sería una lista bien larga.

Frente a la imagen que se tenía a la sazón de una grande y creciente amenaza del comunismo internacional, sobre todo durante la guerra de Vietnam y su desenlace, muchos fueron los que optaron por un líder fuerte que pusiese fin a los disturbios, a la inseguridad civil y al desorden que existían en el país. Ocioso sería decir que los adversarios políticos de Marcos no se dieron por satisfechos con el golpe de estado de 1972, pues eran ellos que más tenían que perder.

En opinión de varios estudiosos, en Filipinas el apego a la democracia no había echado fuertes raíces. De ser así, sólo podría decirse que la gestión norteamericana fue un fracaso, y así creo yo. Durante la Mancomunidad e incluso antes, con la anuente conciencia del gobierno americano, Manuel Quezon logró constituirse en quasi-dictador, al timón de un sistema a efectos prácticos unipartidista sin que ello molestase mucho al gobierno americano ni al pueblo. De hecho éstos consideraban y siguen considerando a Quezon un héroe.

Más adelante Marcos se mostró tan ineficaz como sus antecesores ante los embates económicos y otros descalabros que azotaban al país. También abusó del poder y en su gobierno hubo mucha corrupción. Pero repito lo antedicho: la corrupción e ineficacia antecedían a Marcos y no desaparecieron al desaparecer su gobierno.

A.G.: Usted conoce muy bien la historia y la cultura filipinas y es un óptimo conocedor de la literatura hispanofilipina, ámbito de estudio tristemente ignorado por el mundo académico tanto filipino como de los hispanistas en general. ¿Qué idea tiene de la producción cultural y literaria que surgió en Filipinas a partir de la época colonial española? ¿Lo considera un fenómeno marginal o presenta unas peculiaridades que merecen ser conocidas y propagadas?

B.C.: Creo que la literatura hispano-filipina no era un fenómeno marginal sobre todo antes del año 1950. Por supuesto que contiene mucho de interés histórico y cultural y sería lamentable que se desapareciera. Era la literatura que mejor expresaba los sentimientos y la Weltanschauung de la gente más culta del país, cosa que no puede menos que interesar a todo estudioso serio.

El famoso historiador norteamericano Benedict Anderson ha señalado algo muy importante y válido acerca de las letras filipinas. Comentando sobre los cambios efectuados por los americanos en el sistema educativo, Anderson afirma que lo que se cambió no fue sólo en el campo lingüístico sino también en el campo cultural; un cambio más bien de cosmovisión. Las letras filipinas escritas en español reflejaban un énfasis europeo y la cultura grecorromana, la clásica. La literatura hispanofilipina estaba repleta de alusiones al mundo helénico y romano. El griego y el latín eran asignaturas obligatorias al igual que el estudio de la historia antigua. Con la llegada de los norteamericanos vino el cambio de prioridades culturales que todos conocemos, afectando, por tanto, la literatura filipina en inglés. Y quedaron afectadas no sólo la literatura sino toda la cultura del país hasta tal punto que, al leer la literatura filipina en las dos lenguas, a mí me daba la sensación de que se trataba de dos países diferentes. No importaba que una obra escrita en inglés y otra en español estuviesen escritas en el mismo año; parecían venir de tiempos y sociedades muy distintas.

A.G.: El castellano que usted habla lo aprendió en Filipinas, en el ámbito familiar. Es imprescindible el aporte hispánico en la moderna cultura filipina, y aunque los filipinos no sean latinoamericanos tienen mucho en común con ellos. ¿El intelectual filipino – estudioso, escritor, periodista, cineasta, etc. - tiene una idea clara y correcta del aporte hispánico y de la integrante cultural que éste supone? ¿Se da cuenta de la importancia de esta aportación dentro del complejo de la cultura filipina?

B.C.: Decía el célebre escritor filipino Nick Joaquín que durante todo el período en que Filipinas era colonia de Estados Unidos, España tenía mala prensa y que era hora de atribuirle finalmente los debidos méritos a España. Las instituciones norteamericanas intentaron, no sin éxito, pintar España de colores poco favorecedores a lo largo del período colonial. Esto, sin duda alguna, influyó, como mínimo, en dos generaciones de intelectuales filipinos. Aquí se trata de una historia muy larga y enrevesada pero, a mi modo de ver, salvo notables excepciones, la intelectualidad filipina no ha reconocido debidamente la gran aportación de España, y así ha sido tanto en la preguerra como en la posguerra.

A pesar de todos los esfuerzos hechos entre 1898 y 1941 por los gobernantes estadounidenses por dañar, cuando no destruir, el prestigio de la cultura española, los hispanohablantes seguían siendo (al menos hasta los años 70) el grupo más prestigioso de la sociedad manileña. Durante los años 50 y 60 muchas familias (norteamericanas inclusive) mandaban a sus hijas a España a estudiar en colegios exclusivos para perfeccionar su dominio del español y también para aprender mejor a “portarse en sociedad”. Este fenómeno lo conozco de cerca, pues muchas de estas chicas eran amigas mías e incluso, en algunos casos, eran mis primas norteamericanas.

A.G.: A finales de 2007, la presidenta Gloria Macapagal Arroyo declaró en Madrid que en Filipinas se restauraría la enseñanza obligatoria y capilar del español, ¿le parece ésta una medida útil y oportuna? ¿Y realmente cree que el gobierno podrá cumplir con este compromiso?

B.C.: Me parece estupendo que el gobierno filipino se comprometa a ayudar la causa del idioma español en Filipinas. Lo único es que no sé hasta qué punto cuenta el gobierno con recursos adecuados para tan descomunal tarea.

A.G.: ¿Cuál piensa que será el futuro del español en Filipinas? ¿Y cuál debería ser el papel de España, y de Hispanoamérica en la defensa del idioma?

B.C.: El futuro del español en Filipinas parece algo incierto y esto es lamentable. Cualquier ayuda que pudiesen prestar España y otros países del mundo hispanohablante sería un acto de gran nobleza.
.


 
^arriba^


portada invierno-08-09 archivos enlaces contactar

Tomo XII, no.4
Invierno 08-09

Director: Edmundo Farolán



En este número:

Un cuento folclórico filipino:
Verdad y Falsedad

Traducción: Darío Seb Durban

Recuerdos de Filipinas.
Entrevista
a Brooke Cadwallader

Andrea Gallo

La Esclavitud
en las Islas Filipinas

Juan Hernández Hortigüela

Las Filipinas
en busca
de su identidad hispana.

Dr. Enrique Javier Yarza Rovira.

Una antología
de la literatura española
reciente

Pablo Cuevas Subías

Gloria Macapagal de Arroyo:
¿Promover el español
en Filipinas?
José Mario Alas

Dos cartas
a la Directora
de IC en Madrid

J.H. Hortigüela, G.G. Rivera







Todos los derechos reservados /
Copyright © 2008
Revista Filipina,
Edmundo Farolán
Diseño: E. A. Lozada