Amor Tirano

Enrique K. Laygo


Enrique K. Laygo, un excelente cuentista, nació del 16 de junio de 1897 en Lipa, Batangas. Estudió con los padres jesuitas en el Colegio de San Javier y el Ateneo de Manila, donde se graduó de Bachiller en Artes en 1916. Estudió Leyes, pero no la ejerció, sino que se hizo periodista, ingresando en la redacción del diario El Filipino dirigido por Claro M. Recto. Al cesar este periódico poco después, pasó a La Vanguardia,a invitación de Manuel Bernabé. En dicho diario, publicó algunos versos y casi todos, cuentos. Luego, aceptó el nombramiento de jefe de publicaciones de la Biblioteca Nacional. Al mismo tiempo, trabajó en el diario matutino El Debate, fundado y dirigido por Francisco Varona y Ramón A. Torres. Colaboraba también en otros periódicos y revistas como Excelsior, que solicitaban sus cuentos y novelitas. Fue premiado en varios concursos de cuentos, y en 1925, presentó al Concurso Zóbel una colección de narraciones bajo el título de Caretas, donde aparece Amor Tirano, y fue premiado por esta colección. Seis años después, publicó la colección con otros cuentos que había escrito para Excelsior, pero con el mismo título “Caretas”, con prólogo de Rafael Palma. Murió víctima de unos disparos de revólver el 28 de junio de 1932.


I

Por primera vez en muchísimos años, la casita solitaria que ocupaban las dos mujeres conoció lo que, no siendo dolor todavía, traía la amenaza de un dolor cercano e inevitable. Y de pronto, como si un alma atormentada se asomase a sus balcones, a sus ventanas, el aspecto alegre y coquetón de la casa, tan limpia que brillaba al sol, se tornó lóbrego y sombrío. Los vecinos como si algo adivinasen, empezaron a hablar en voz baja y hubo en toda la barriada un aire de ominosa expectación…


II

Las dos mujeres, tan distanciadas en edad, no eran parientes, pero se querían más que si lo fuesen. La vida en común, llevada a lo largo de años de mutua armonía, de tolerancia mutua, había sido feliz porque estaba hecha de mutuas concesiones. La vejez de Adela y la juventud de Araceli se complementaban y nunca vaciló la una en buscar el apoyo de la otra. La de más edad buscaba a veces el entusiasmo vital de la más joven, y la más joven buscaba el sedante influjo de la mayor. De manera tal que en la alegría como en el dolor, fueron siempre las dos copartícipes en la misma intensidad.

Las señalaban los vecinos con un poco de envidia:
—La amistad en plena perfección. No pudieran tenerla mejor si, envez de ser amigas, fuesen algo más todavía…madre e hija, por ejemplo…


III

Pero las dos mujeres, atentas a su propia felicidad, no contaban con la Vida. Un día, Araceli, ya con sus 17 años, una secreta ansiedad y, como arrastrada por el presentimiento de una revelación, fue corriendo al jardín. Lo encontró milagrosamente renovado, con un distinto sentido. Y le vibraron las aletas de la nariz al aspirar el perfume de las rosas y de los jazmines y ella misma se sintió cuajada de jazmines y de rosas. Además, en el cielo lucía un nuevo sol, tan luminoso, tan vibrante que Araceli lo creyó hecho de prismas de diamante.


IV

Y aquel día, Adela rezó más intensamente. A la edad que ella tenía—bordeando ya los 50 años—se tiene en los ojos cansados el poder de penetrar en las almas. Y antes que Araceli misma, la pobre mujer había visto una alma nueva, nacido al influjo del jardín dotado de nuevo sentido y del sol luminoso y vibrante.

Ni siquiera tuvo necesidad Adela de interrogar a la amiga. Le bastó verla sonrojarse, vibrar bajo la muda pregunta de sus ojos escrutadores.


V

El dolor era todavía vago, sin contorno y sin perfil. El dolor no era más que una amenaza. Y Adela, alma piadosa, quiso acogerse el favor del cielo a ver si Dios, en su infinita bondad, alejaba el peligro. Y Adela, alma bondadosa, tuvo la debilidad de odiar lo único que podía odiar palpable y visible: el jardín aquel, empeñado en florecer hasta bajo la arena de los senderos y el sol aquel, empeñado en incendiar el mundo, hasta la tierra, desde el seno de las nubes.

Pero lo que más odió Adela, con un odio que tuvo que confesar a su confesor porque ya era pecado, fue aquel hombre que un día pasó frente a la casa y dio a su dolor una forma inevitable y definitiva.


VI

¡17 años! ¡El jardín, germinando florescencias hasta sobre las tapias, hasta por entre las grietas de los muros! ¡El sol, espolvoreando de oro hasta los más recónditos rincones! La sangre, agolpándose cantarina a las venas henchidas! ¡La Vida, la Vida…!

Y por el sendero fronterizo, un Hombre.

Aquel día, Araceli dio gracias a sus 17 años, al jardín, al sol, a la sangre, a la Vida…

Y dio gracias, toda encendida de rubor, al Hombre que pasaba…


VII

Fue el Amor. Así, en seco. No hubo necesidad siquiera de protestas y de mentiras—dulces mentiras. Eran dos almas recién salidas de la fragua creadora y tal como nacían desnudas de doblez e hipocresía, iban rectas a la mutua entrega.

—Te quiero—suspiró la una.
—Te quiero—suspiró la otra.
Adela, desde la constante vela de su cariño de amiga, lo presintió, lo adivinó, lo vio en seguida.


VIII

Pensó hablar así a la amiga:

—Tú eres una ingrata. Desde que nos decidimos a juntar nuestras vidas, no hubo nada en mí que no fuese tuyo, porque en ti vivía. Te quise más que una madre a su hija y no hubo sacrificio a que no estuviese dispuesta, por darte una alegría o ahorrarte un dolor. Mayor cariño que el mío no lo hubo en la tierra jamás. Y sin embargo, por un advenedizo, lo olvidas todo.


IX

Y tan que olvidaba todo que una vez, cuando el Hombre le propuso la fuga, apenas pudo objetar débilmente la razón de Araceli.

—La pobre, lo que va a sufrir…

Pero el hombre fue elocuente. Si el amor de los dos exigía aquel sacrificio, ¿por qué no iban los dos a hacer aquel sacrificio? Los dos, porque también él comprendía lo que era desprenderse de un cariño viejo, de una amistad que era la envidia de los vecinos, y amándola él tanto, cualquier dolor de ella era suyo. Pero el Amor era así: exigía, apremiaba…


X

Adela era una buena amiga. Ninguna podía serlo tanto como ella. Y supo ser grande, magnífica.

En sus ojos cansados—hoy más que nunca, de tanto llorar en silencio—existía el don de penetrar en las almas y ella veía muy claramente, como si se los restregasen a los ojos, los preparativos para la fuga. Aún más, sabía que a veces, en lo hondo de la noche, el viejo jardín palpitaba de besos. Pero por encima de su dolor y por encima de su odio, supo tener el valor de guardar silencio. Pero era tanta su pena que hasta se olvidó de rezar. ¿Para qué, si ya no cabía remedio?


XI

Los vio partir de madrugada, desde el cobijo de un balcón sumido en tinieblas. Los dos jóvenes, atentos a su propia felicidad, no volvieron la cabeza siquiera. Tenían bastante con el camino que se les abría por delante. Y así desaparecieron, sombras confundidas con las sombras, pero tan llenos de luminosidad interior que era el mundo un mundo en ascuas.

Lentamente, como si de pronto hubiese comprendido que la Vida ya no tenía ningún sentido, Adela se fue tronchando, tronchando, hasta quedar de bruces en el suelo, con los brazos abiertos en cruz…



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Tomo XI, no.1,
Primavera/Verano 2007

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(Traducción:

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