La Pesca

Jesús Balmori


Jesús Balmori nació en Bacolor, Pampanga el 10 de enero de 1886. A los 17 años, consiguió publicar su primer libro de versos, Rimas Malayas. Escribió también novelas, dos de las cuales fueron publicadas: Bancarrota de Almas y Se Deshojó la Flor. La tercera, Pájaros de Fuego fue inédita. Era un escritor prolífico, escribiendo versos satíricos en varios diarios manileños: La Vanguardia, El Debate y Voz de Manila. Su colección de poesías, Mi Casa de Nipa, ganó el gran premio de poesía en el concurso literario nacional bajos los auspicios de la Mancomunidad de Filipinas en 1940 y fue publicada el año siguiente. Escribió una obra teatral, Filipinizad a los filipinos, donde critica los valores norteamericanos que corrompían a la juventud filipina. Luchó varias veces con Manuel Bernabé en justas poéticas conocidas por “Balagtasan”, derivadas de Balagtás (Francisco Baltazar), conocido como “Príncipe de los poetas tagalos”. Falleció el 23 de mayo 1948 después de escribir su último poema, A Cristo. La Pesca es uno de sus cuentos cortos no muy conocidos.)


I

Aquella noche el viento ululaba furioso, sacudiendo las hojas de los plátanos que caían tronchadas en revuelto desorden sobre el centenar de metros de solar que rodeaba la rústica cosecha. Y en la noche densa, negra, invadida de inmensos nubarrones, ni una sola estrella fulguraba con sus pétalos de luz.

Decididamente habría tempestad, y acaso todavía, un baguio. No caía aún, en verdad, una gota de agua del espacio poblado de tinieblas, pero el mar, allí cerca, rugía violento, hirviente, y sus olas, altas y sonoras, restallaban coronadas de cascadas de espuma, abatiendo con su estruendo los gritos del vendabal.

Era bien entrada la noche. En la casucha del viejo Tomás, el pescador, la macilenta llama de un mísero tinboy esparcía su indeciso claror en torno a los pobres enseres y los pobres seres moradores del nido aquel de cañas frágiles y deshechas nipas estremecidas y voltejeadas por el viento. Y en la semiclaridad de la ambigua estancia brilloteaba la aterrada cabeza de Tomás, los ojos rojos, moteados de sangre, como los de un bacoco putrefacto; los labios rojos llenos de buyo y de mascada y la frente alta, noble, hermosamente coronada de plateados rizos como las crestas de las olas. Frente de bravo, de luchador, de héroe del mar.

También dejaba entrever la difusa luz de las marchitas facciones inexpresivas de la vieja Juana, esposa de Tomás. Y la dulzura juvenil y floreal de los ojos y labios y todo el busto encantador de Remedios, la hija de los viejos, la dalaga soñadora del tugurio, flor de la playa, zurcidora gentil de sonrisas y de redes.

De pronto, el viejo Tomás se alzó, encendió el farol rojo de su banca pescadora y asió la gran red de intrincadas y fuertes mallas, dispuesto a partir. La esposa y la hija protestaron unánimes.

—¡Tomás, por la Virgen de Guía, no salgas esta noche!
—Padre, por el Sagrado Corazón, irse a pescar con este tiempo es ir a buscar la muerte…

Pero el viejo Tomás sonreía….

—¡Bah!...¡miedos, sensiblerías, nervosísmos de mujeres!

Si sabría él, pescador hacía treinta años, a que atenerse en esto del buen o mal tiempo y del mal o buen mar…Que se callaran la boca las miedosas. El necesitaba pescar, y pescaría…¡Ya lo creo que pescaría…y por todo lo alto, con todo el vendabal aquel y el mar aquel picado y tan revuelto…pues no faltaba más…¡A mar revuelto, ganancia de pescadores!
Y traspuso lentamente la puerta de la casucha, mientras las dos mujeres caían la una en brazos de la otra, desoladas…


II

Dentro de aquel mes, dos semanas después de aquella noche, Remedios se casaría con Tinoy, el más joven pescador de la Ermita, un hermoso y fuerte mozalbete arriesgado y bravo hasta la temeridad si luchaba con las olas, pero tímido y lírico como un niño si el combate se lo presentaban los dulces ojos o la dulce sonrisa de cualquier mujer.

¡Buen muchacho, excelente muchacho el tal Tinoy! Y el viejo Tomás, que lo trataba y lo quería como a un verdadero hijo, pensaba en su felicidad y la de su hija para cuando dentro de pocos días se unieran para toda la vida, a los divinos pies de la morena Reinecita del pueblo, María de Guía, María del Pandán.

Y el viejo Tomás, que había sufrido en esta vida toda suerte de miserias, toda clase de penalidades, y que no comprendía la felicidad sino era con un saco repleto de brillantes pesos, tenía su idea…

Por eso salía, exponiendo su vida a la pesca aquella noche…¡Si el cielo le ayudaba y llenaba el mar sus redes y sus redes la banca, se hacía de ciento o más de pesos que, unidos a una docena de cientos de pesos más que la vieja guardaba, servirían para comprar la dicha de sus hijos, el bienestar, la salud, la alegría y la ventura de los hijos!

Ellos ya eran viejos, ya no necesitaban nada, nada sino un pedazo de tierra, más tarde o más temprano, en el que reposar eternamente en el rincón de algún vetusto cementerio. La vida y el amor y la felicidad eran para aquellos, los otros, los jóvenes. ¡Para eso se habían sacrificado y seguirían sacrificándose todavía él y su pobre vieja!

Se lanzó mar adentro, en la banca que crugía a los golpes furiosos de las olas. El viento, arremolinador, le cortaba la piel, frío y agudo, como la hoja de acero de una espada. Y en el negro y profundo abismo sobre el que avanzaba alzándose o despeñándose entre las crestas hirvientes y restallantes de las olas, el farolillo rojo de la banca era el único fulgor entre tantas tinieblas, titilante, parpadeante, goteante, como una lágrima de sangre…


III

Mar adentro, mar adentro, el viejo Tomás columbró con su vieja mirada de limbás otro farol rojo, semejante al suyo, fieramente sacudido como una rosa de escarlata sonríe el temblor del mar.

Fue uno o dos instantes nada más. Luego desapareció, como apagada por el viento, como tragado por las olas. Y el viejo Tomás le dio un vuelco el corazón. ¿Quién pudiera ser el atrevido o el avaro de no importarle qué género de felicidades como él que así como él se jugaba la vida en la noche tormentosa, en la mar tenebrosa, bajo los cielos y los elementos despiadados?
¡Bah! …¡Cualquiera iba a adivinar quién!...¡Algún infeliz, o algún héroe, como él mismo, Tomás!

Siguió avanzando, penosamente, expuesto a cada instante a estrellarse con la banca, a zozobrar…Y en el lugar de más furia y de mayor peligro, al fin saltó la red, que cayó pesadamente bordando en el agua alborotada un círculo de orlas y de encajes.

Cuando al cabo de cierto tiempo recogió la red, la red no encerraba entre sus mallas sino el cadáver de un hombre…

El viejo Tomás se santiguó, tendió al muerto en el fondo de la banca y arrancando el rojo farolillo de la borda fue a reconocer al desgraciado compañero. Y sus ojos, entonces, se dilataron en un estrabismo bárbaro; y su alma crugió como el maderamen de la banca golpeada por el viento y las aguas; y a su vez él quedó postrado, parecía desfallecer, morir….

El muerto pescador era Tinoy.


IV

Un sol opaco, pobre, ilumínico, como de cobre, lucía en la mañana gris, cuando el viejo Tomás saltó a la playa cargado con el cadáver del amado de su hija, envuelto entre las redes. Ella, la hija, le aguardaba loca de contento en la playa, viéndole tornar sano y salvo, con el enorme y pesado lío entre los brazos.

Y gritaba, fuera de sí, tremante de alegría. —¡Madre, madre! ¡Salga Vd, venga Vd…aquí está padre!

Y fue entonces cuando el viejo Tomás, con el rostro salpicado por las amargas gotas de las olas y las lágrimas, depositó en la arena su pesca.

¡Y fue entonces cuando, por sobre los rugidos del huracán, se alzaron como una bandada de aves heridas los inmensos sollozos y los ayes dolorosos de una pobre dalaga a quien el mar le arrebató un amor mucho más adorado y preciado que su misma vida!


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Tomo XI, no.1,
Primavera/Verano 2007

Director: Edmundo Farolán



La historia de la escena filipina ,
(conclusión)
Cecilia Quiros Cañiza

La Pesca
Jesús Balmori

Amor Tirano
Enrique K. Laygo

El sombra del tiempo
(en chabacano)

Flora del Rosario

Conversación con
Elizabeth Medina
sobre su libro
Sampaguitas en la Cordillera
Andrea Gallo

Una excursión a Malolos
y Hagonoy, Bulacán
Guillermo Gómez Rivera
 
Olvidemos las elecciones,
completemos la revolución

inconclusa la de Bonifacio
Alejandro Lichauco
 
(Traducción:

Guilermo Gómez Rivera)

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