La historia de la escena filipina
(fragmentos)
Conclusión
Cecilia Quiros Cañiza
(La autora terminó sus estudios de B.A. en el colegio de mujeres, Bryn Mawr
en Pennsylvania, EEUU. Publicamos aquí con su permiso fragmentos de su tésis final.)



Teatro Zorilla (Manila, 1893). Fotografía. Gerónimo Berenguer de los Reyes Museum, Cavite.
The World of 1896.

CLARO MAYO RECTO

“La libertad,” aconseja el español-filipino Don Florencio al periodista Antonio en La ruta de Damasco, “es muchas veces obra de siglos” (Recto, La ruta de Damasco). Escrito en 1913, el primer drama del político Claro M. Recto ganó el premio del concurso literario del periódico El Renacimiento Filipino al celebrar su tercer aniversario. Una de las obras fundamentales para el desarrollo del teatro filipino, La ruta de Damasco marca un periódo de transición imperialista del control español a la era americana de su tiempo. Distinto a los dramas subversivos que florecían en aquella época, la obra de Recto es una dramatización de la situación tensa bajo el nuevo imperio, y una preocupación sobre el camino hacia una verdadera independencia. Un elogio a los periodistas nacionalistas que lucharon contra los americanos, La ruta de Damasco planifica la trayectoria de su propia carrera como estudiante de derecho y periodista hasta hacerse abogado y político, y también la cruzada romántica asociada con el Partido Nacionalista que él dirigía.

Antes de entrar el campo político (perdió las elecciones presidenciales de 1957), Recto era poeta y publicó Bajo los cocoteros, un libro de poemas, en 1911. Su poema El elogio del castellano de 1917 ganó el primer premio del Casino Español de Manila. Y el triunfo de sus dos obras teatrales, La ruta de Damasco y Solo entre las sombras, estrenadas en la Gran Ópera de Manila en 1913 y 1919 respectivamente, confirmaban su amplio talento y futura promesa. Sus defensas del legado hispano-filipino le llevó a hacerse afiliado de honor de la Real Academia de la Lengua Española, además de otras academias en España y en su patria.

“Oh lengua sacrosanta / de Fray Luis y Miguel, Lope de Vega, / del Arcipreste, Calderón y Góngora….sinfonía fantástica que irrumpe / del arpa gigantesca de las selvas”, escribe Recto del castellano en su poesía Elogio del castellano. En este poema famoso, el político agradece la llegada de los españoles y su larga estancia en las islas, por introducir modelos clásicos que él interpreta en sus obras. La obra de Recto, al principio, parece no corresponder a sus declaraciones nacionalistas. Al estilo del héroe Rizal, Recto “re-escribe” en el lenguaje ajeno la situación actual de su país, que responde al movimiento nacionalista de la generación anterior.

Cabe destacar que Recto pertenece al grupo de escritores nacidos a finales del siglo XIX quienes promueven lo que los críticos de hoy llaman “la edad de oro” de la literatura fil-hispana. Para este grupo “[l]a exaltación prohispánica va pareja en los mismos autores a su radical nacionalismo, lo español no tiene para ellos un sentido imperialista sino de filipinidad" (Mariñas, La literatura filipina en castellano, 1974). Las personalidades influyentes como Trinidad Pardo de Tavera, Epifanio de los Santos, Rafael Palma, Fernando María Guerrero y Cecilio Apóstol llevan al crítico Luis Mariñas a afirmar con ironía, “En Filipinas se da el contrasentido de que la desaparición del poder político español viene a coincidir con la época de mayor florecimiento y utilización del idioma castellano” donde esta expresión subraya “[t]res temas [que] se repiten continuamente[:] Dios, Patria y España”.

Como notamos antes, la religión católica se propaga en las islas por medio de las obras teatrales. La literatura que surge a partir de la declaración de independencia abarca esta herencia española, incluso el catolicismo. Pero en este caso, las instrucciones de la Iglesia se transforman en instrumento de sentido nacionalista, en donde la independencia filipina llega a ser el verdadero deseo de Dios. En la obra de Recto se nota el proceso de apropiación religiosa no para debilitar los años bajo el imperio español sino para apoyar las posiciones radicales que el escritor toma. La religión, es decir, no está en desacuerdo con la independencia; según Recto, la salvación del alma por su fe y práctica es igual a la liberación del pueblo por los nacionalistas.

“Hay que confiar en la justicia de los hombres. Dios está con nosotros porque nuestra causa es la suya,” confirma Antonio, el director del periódico La Integridad (Recto, La ruta de Damasco). De hecho, la esperanza de Antonio y los otros periodistas que aparecen en la obra es la liberación del pueblo filipino, y este proceso de revelar a sus compatriotas la realidad grave de su tiempo bajo el gobierno americano la titula “la ruta de Damasco,” una referencia a uno de los mitos más fundamentales de la Biblia.

Caminando por la ruta hacia Damasco para castigar y abusar a los discípulos de Jesucristo, Saúl se queda ciego después de un destello de luz. La voz de Dios le aconseja que continúe el viaje y allí Ananías restaurará su vista. Saúl se da cuenta de que Dios le escoge para predicar sus enseñanzas y él decide dedicarse a la fe. En Hechos de los Apóstoles Saúl narra: “Prosiguió [Jesús]: El Dios de nuestros padres te ha elegido para que conocieras su voluntad y vieras al Justo y oyeras la voz de su boca; porque tú le serás testigo ante todos los hombres de que le has visto y oído. ¿Ahora, qué te detiene? Levántate, bautízate y lava tus pecados invocando su nombre” (Hechos 22: 14-16).

Recto traduce la conversión de Saúl en Damasco—ahora San Pablo—al mundo filipino de aquella época, y alegoriza el papel noble del periodista en seguir la lucha divina de liberación.

La obra presenta una familia de periodistas y políticos, y sus varias etapas de idealismo. La Señora Tomasa es viuda de un periodista, quien perdió toda su confianza en el trabajo de su marido por no ganar mucho dinero que ella necesita para su modo de vida. Su hija Mercedes está casada con otro periodista, Antonio, quien se niega a aceptar una posición como funcionario del gobierno. Mercedes parece estar desilusionada con su matrimonio y ella se preocupa del porvenir de sus hijos. Al mirar la vida austera de su madre y la suya, Mercedes le sugiere a su hermana menor Loling de no tener relaciones con su profesor de literatura, Jacinto Makaraig, también periodista que trabaja para Antonio en La Integridad. “Creo que es llegada la hora de abandonar toda esperanza…La idea de familia es superior a la idea de patria,” cuenta la cínica Mercedes.

La esperanza de progreso y reforma para el país carga con los jóvenes Loling y Jacinto. Las peticiones nacionalistas de Recto se destaca en la personalidad del escritor radical Jacinto, quien sabe que él va manejando por un mundo que no le aprecia, tal vez una sociedad que no le comprende. Doña Irene, la esposa conservadora de un político, le critica: “[E]n este país el periodista nunca pasará de la categoría de un desdichado entrometido, tijereteador de vida ajenas…[S]on unos pobres de espíritu, desordenados lo mismo en lo moral que en lo físico, infelices visionarios que van por el mismo camino…” “El que lucha por un ideal grande,” medita Jacinto sobre sus sueños, “ha de amar la lucha por el puro placer de luchar, no por el triunfo, no por el botín, ni siquiera por la gloria. El premio del esfuerzo es el esfuerzo”. De hecho, Jacinto sabe que hay riesgos para su desafío del gobierno americano y para promover su visión de gobernarse. Como explica Recto al tratarse del periodismo de aquella época: "American papers—Cablenews American, Manila Daily Bulletin, and Manila Times—[harassed] the national campaign for independence” (Vintage Recto: Memorable Speeches and Writings. Ed. Renato Constantino). En su obra, Jacinto fue procesado con los otros escritores de La Integridad por publicar un artículo incriminatorio contra un alto oficial americano. Pero también el personaje observa que a sus compatriotas no les interesa su clamor de independencia y prefieren olvidar los ideales de la Revolución de 1896. Dice él tristemente, “[N]uestra misión…es muy ingrata. La apatía del público y los excesos del régimen nos obligan a movernos dentro de un estrecho círculo de hierro, en una especie de sotabanco donde el aire y la luz de la vida se hallan estancados. Los periodistas filipinos estamos condenados…” (La ruta de Damasco). Aquí Jacinto anticipa su propio destino al final del drama y alude al encarcelamiento de San Pablo en la Biblia porque la gente no cree que él es un verdadero discípulo de Dios.

Recto no traza un retrato positivo del pueblo filipino en su obra tanto las mujeres desencantadas como los pesimistas periodistas que creen que ellos aspiran por algo imposible. El autor revela la desilusión de su mundo cuando Jacinto le dice a Don Florencio, “Los hombres de este siglo tienen mala memoria. El altruismo es un trasto inútil en esta época de ambiciones…Eso es lo que se echa de menos en esta convivencia: el sentido común. En las colonias no se le conoce”. Como Recto no puede hablar bien de los filipinos, él introduce un personaje español quien entiende mejor la situación política del país y Don Florencio observa bien la lucha de los periodistas y los alaba. Él, irónicamente, también es la voz de la esperanza y la independencia:

Los tiempos no pueden ser mejores...Cuando el dedo de Dios ha señalado en la historia el lugar y la hora en que ha de nacer un pueblo a la vida internacional, allí nacerá a despecho de todo el mundo.

Recto evoca de nuevo la escena bíblica que él toma como título de su drama, que él transforma para hablar de la crisis del gobierno, y una firme creencia por parte del joven reportero la cual Recto mismo mantendrá por el resto de su camino político.

Se debe considerar la cruzada de Recto y los periodistas de La Integridad de su obra dentro del ambiente político en que él vivía. Recto escribió su primer drama tras una década bajo el poder americano que formó un gobierno civil en las islas en 1901. Los Estados Unidos adquirieron las islas (también Cuba y Puerto Rico) como resultado de su intervención en la lucha de independencia de los pueblos. A pesar de la declaración de la independencia filipina en 1898 y la Constitución de Malolos de 1899, que estableció una República con el Presidente Aguinaldo, los Estados Unidos mantuvo la ocupación de Filipinas. En este sentido, Recto dramatiza su miedo de la pérdida del nacionalismo que el joven país llevaba bajo el control estadounidense.

Jacinto encarna la idea de que “la independencia se toma, no se pide,” pero como observa el protagonista del drama, “[T]odo cambia al correr de los tiempos: sentimientos, ideales, aspiraciones, cerebro, voluntad”. Así, Recto sobrevivió medio siglo de la época americana y fue testigo del logro de la independencia en 1946, tras la Segunda Guerra Mundial. El político fue responsable por continuar el entusiasmo nacionalista, tanto antes de la Guerra como después. Liberarse, según sus palabras anteriores, es sólo el comienzo hacia la salvación nacional y es, sobre todo, un proceso que dura por muchos años. En Ruta, Recto presenta los pasos del camino que él mismo toma para llegar a la escena histórica de la independencia. “No hay más realidad que la ruta de nuestros sueños,” exclama Jacinto. “Realizar un sueño, una ilusión de la vida, es…ser feliz”.

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Tomo XI, no.1,
Primavera/Verano 2007

Director: Edmundo Farolán



La historia de la escena filipina ,
(conclusión)
Cecilia Quiros Cañiza

La Pesca
Jesús Balmori

Amor Tirano
Enrique K. Laygo

El sombra del tiempo
(en chabacano)

Flora del Rosario

Conversación con
Elizabeth Medina
sobre su libro
Sampaguitas en la Cordillera
Andrea Gallo

Una excursión a Malolos
y Hagonoy, Bulacán
Guillermo Gómez Rivera
 
Olvidemos las elecciones,
completemos la revolución

inconclusa la de Bonifacio
Alejandro Lichauco
 
(Traducción:

Guilermo Gómez Rivera)

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